Soltar no es un adiós… es un “me quiero”

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Cuando decidimos soltar conscientemente algo, lo cual representa el primer paso para un proceso de desprendimiento y sanación, es porque nuestros ojos se han abierto a vernos a través de una mirada más compasiva y el dejar de hacernos daño a través de aquello a lo cual nos sentimos aferrados, es finalmente una alternativa.

A este punto de luz llegamos a través de varias vías, demasiado dolor, demasiado tiempo, demasiado cansancio, demasiada información o simplemente amor propio. El amor propio puede estar ligado a cualquiera de las vías anteriores y resultar en el impulso determinante para relajar cualquier parte de nosotros, que haya mantenido retenido algo que nos haya generado cualquier incomodidad.

Una vez que tomamos el camino a través del cual nos desprendemos de aquello que de alguna manera nos tortura, no importa cómo lo veamos, si como una despedida, como un nuevo comienzo, como un punto de inflexión, lo que realmente importa es que es una muestra de respeto a nosotros mismos y un entendimiento de la dinámica de la vida.

En la vida nos enfrentaremos a diversas situaciones, muchas de ellas nos marcarán de manera profunda, muchas de ellas robarán nuestra atención por largos periodos de tiempo. Muchas veces nuestra mente se sentirá cómoda buscando motivos que justifiquen que no estemos completamente bien y aun teniendo muchísimas opciones justo en frente, decantaremos por aquella que se convierta en una limitación para nuestra felicidad.

ojos tapados

Esto puede deberse a que nos sentimos un tanto más familiarizados con enfocarnos en nuestros problemas, que en centrar nuestra atención en lo que nos llena de paz, tranquilidad y satisfacción. Nuestra mente tiende a dirigir su atención a lo que nos mantiene de forma constante buscando una solución a algo que llamamos problema. Lo que no llegamos a entender es que es justo con soltarlo cuando deja de afectarnos e inclusive, deja de existir.

Entendamos que una de las maneras que tenemos más firmes y con mayores efectos positivos en nuestras vidas, de amarnos, es liberarnos de todo aquello que nos ate, de lo que nos haga daño, de lo que no nos permita avanzar y esto nos puede llevar algo de tiempo, pero mientras mejor manejemos la teoría, tendremos mayores herramientas para aplicar en nuestras vidas, lo que sabemos que nos conviene.

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Hagamos las paces con nuestro pasado, no perdamos nuestro presente arrastrando aquello que no nos hace bien, son energías malgastadas, que además nos colocan un telón que nos impide ver las múltiples opciones que constantemente manejamos.

Si algo te lastima, suéltalo y recuerda que solo tú tienes el poder de retener cualquier cosa en tu vida, si te vas a aferrar a algo que sean tus sueños, tus verdaderos afectos, tu pasión y tu propósito.

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Ten paciencia, algunos tiempos te harán preguntas y otros te darán respuestas

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El poder aclarar cada duda que se nos presenta, el tener a la mano toda la información que requerimos en un momento determinado, puede sin duda ser anhelado por muchos, especialmente cuando nos enfrentamos a una situación que de cierta manera nos roba la paz.

La paciencia es una facultad que debemos cultivar, la mayoría de nosotros somos impacientes por naturaleza, queremos resultados ya, queremos respuestas ya, esos tiempos desde que sembramos hasta que cosechamos se pueden hacer interminables. Pero el truco está en confiar, cuando confiamos en que los resultados que obtendremos serán positivos, dejamos de esperar desde el miedo y la incertidumbre y lo hacemos desde la esperanza, desde la emoción de que algo bueno está por ocurrir.

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En la vida pasamos por diferentes períodos, algunos de ellos nos invitan a actuar, otros nos invitan a esperar, otros nos hacen preguntas y otros nos dan respuestas, esto suena perfecto y lo sentiríamos así si tan solo supiésemos distinguir las diferencias entre esos tiempos. Pero no es tan complicado, solo debemos estar conscientes del proceso, debemos poder cerrar los ojos y sentir si lo que hemos hecho ha sido suficiente, si la pelota está del otro lado o si por el contrario podemos aun hacer o dar un poco más.

Solo nosotros podemos saber cuándo es suficiente, cuándo hemos dado demasiado, cuándo estamos arriesgando más de la cuenta. Pero el truco está en responder desde el corazón, no desde el ego cargado de prepotencia, de miedo, de necesidad de aprobación o ganas de demostrarle al mundo de lo que somos capaces. Por eso es crucial distinguir esas voces internas que nos hablan y saber cuál es su origen.

Paz interior

Cuando el mensaje nos da paz, cuando nos sentimos a gusto con lo que oímos y a partir de ello tomamos acciones, entonces estamos colocándonos en el mejor lugar. Si por el contrario sentimos angustia, zozobra, tristeza, desesperanza o alguna otra emoción que se convierta en un factor perjudicial para nuestro bienestar, debemos revisar el mensaje y calmar la fuente.

 

Debemos evitar el drama en nuestras vidas y con drama entendemos ese contenido que coloca una nube negra sobre todo, que no es capaz de confiar, que no es capaz de esperar con buena actitud, que no es capaz de amar sin recelos, que no es capaz de dar sin egoísmo, que no es capaz de apreciar algo positivo en el otro sin envidia y que no es capaz de sentirse a gusto con la vida porque a todo encontrará un punto de quiebre.

paz

La vida es un regalo y es muy simple si decidimos mirarla de esa forma, no te apresures, no tienes que quedarte estático, fluye con cada uno de tus procesos, pero está consciente de que muchas veces no tendrás la respuesta que quieres en el tiempo que lo deseas y eso no está mal. Aprovecha ese tiempo y espacio para hacer otras cosas, ese período te da la oportunidad de prepararte para asumir un reto determinado, que quizás de haber obtenido respuestas antes no hubieses podido responder de la mejor manera.

 

Viva a plenitud y no presiones nada, los mejores resultados los obtendrás en estado de relajación y de confianza hacia la vida, ya verás que todo encaja, que todo tenía una respuesta y que todo parece formar parte de un plan perfecto que de no forzarlo nos conduce siempre al crecimiento y a la felicidad y si te preocupa… también nos conduce a las personas con quienes debemos estar.

Por: Sara Espejo

A las personas egoístas siempre les cuesta pedir perdón

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Las personas egoístas no suelen ser capaces de ver el daño que generan en los otros, para ellos siempre existe algo que justifique sus acciones cuando son las mismas son consideradas como negativas para quienes le rodean.

Una persona que solo está concentrada en el metro cuadrado en el cual se ubica, tendrá inconvenientes al momento de ofrecer algo de sí a los demás y nunca será relevante para ellos evaluar si aquello que da resulta perjudicial, si ha lastimado a alguien con sus acciones o palabras y si resulta necesario en algún caso pedir perdón.

Es complicado para alguien que no es capaz de percatarse de la existencia de nadie de su entorno, para otra cosa que no resulte un complemento a su vida, a sus intereses o a su exclusivo beneficio, darse cuenta de que sus acciones u omisiones pueden tener una consecuencia que dañe a otros y por lo tanto, no se le ve nunca preocupado por enmendar algo que ni siquiera están conscientes de que han roto.

“El egoísta tiene su corazón en la cabeza” ― Ovidio

 

Por lo general las personas egoístas no suelen tener relaciones profundas que puedan sostener en el tiempo, porque normalmente quienes le rodean y pretenden hacerle parte de sus vidas, terminan por decepcionarse y alejarse. En el mejor de los casos, reciben amores incondicionales, que no esperan absolutamente nada y que son capaces de justificar cada una de las acciones como si de un niño pequeño, que aprende a desenvolverse y a socializar se tratase.

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Las personas egoístas son especialistas evadiendo la responsabilidad de sus actos y no conforme con ello, siempre procuran entregar el bulto a la persona realmente afectada. Tienen un “don” para ajustar los escenarios a su conveniencia y una manera peculiar de culpar de la situación e inclusive de sus actos a quien mira con asombro su cinismo.

En algunos casos, menos favorables aun, se tropiezan con personas un tanto más maleables y pueden terminar convenciéndolas de que efectivamente ellas son las culpables y responsables de cualquier daño generado.

Las personas egoístas solo pedirán perdón en condiciones extremas, en las cuales tomen consciencia de que es mucho lo que pierden, donde efectivamente han podido tomar la responsabilidad que les corresponde, pero muy probablemente ese perdón ya está tasado y lo consideran una inversión, que le traerá algún beneficio o le evitará un mal mayor, porque sencillamente no tienen intenciones de pensar en nadie más que en ellos mismos.

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Todos tenemos la responsabilidad de amarnos y cuidarnos, pero el amor propio no debe confundirse con egoísmo. Recordemos que “nuestros derechos terminan, donde comienzan los de los demás”. Si estamos relacionados con una persona altamente egoísta, liberémonos de cualquier expectativa que esté asociada a algún esfuerzo o reconocimiento de su parte, que las cosas buenas nos tomen por sorpresa y no se genere en nosotros la clásica frustración al esperar lo que no llegará o llegará forzado.

La falsa imagen de felicidad mostrada en las redes sociales

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Hoy en día, cuando las redes sociales ocupan un lugar protagónico en nuestras vidas, es muy sencillo mostrar una imagen que proyecte exactamente lo que queremos, la cual no necesariamente coincide con nuestra realidad.

Si bien es cierto que puede resultar pesado compartir problemas personales a través de nuestras cuentas, a menos que el propósito sea obtener algún tipo de apoyo y se esté usando el poderoso medio de propagación, para generar algún efecto. También lo es el hecho de que muchas cosas, especialmente positivas, que publicamos no están asociadas a lo que fue el momento como tal.

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Luego, está resultando más importante para muchos obtener la aprobación de los demás a través de los likes, que hacer que el momento realmente valga la pena y esté sumergido en el ambiente en el cual lo proyectamos.

Las cosas más maravillosas no las podemos captar en una foto, lo que sentimos al abrazar, como late nuestro corazón al estar cerca de alguien, el sabor de una exquisita comida, el frío en el estómago al lanzarnos por una montaña rusa (real o metafórica), el amor que sentimos… Y esto no va en contra de que nos guste o no intentar capturar esos momentos en una foto e incluso compartirla con quienes hacemos vida social real y virtual.

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Lo que es prioritario rescatar es que la foto no sea lo importante, que publicarla no sea lo importante, que el momento como tal no quede de lado por darle protagonismo a lo que no debería tenerlo. No debemos convertirnos en una fachada que alimenta una vida virtual falsa con una vida real vacía. Lo que proyectamos debe ser congruente con lo que vivimos. No porque tengamos algún tipo de compromiso de honestidad con nuestros seguidores, sino por lo que implica a nivel psicológico y emocional estar haciendo lo contrario.

Si queremos enfocarlo desde otro punto de vista, más allá con lo que deseemos proyectar, sería prudente elegir qué tan pública o privada queremos que sea nuestra vida. A veces no sabemos qué tanto nos exponemos con una simple foto, con una ubicación, con una etiqueta. A veces pensamos que la mayoría solo ve nuestra vida a través de su móvil por curiosidad o en el mejor de los casos por aprecio. Pero esto no es necesariamente cierto, inclusive los que aparentan alegrarse por nuestra felicidad (sea real o no), pueden sentir envidia, frustración, celos, etc. Y a fin de cuentas esas energías cuentan y a veces influyen.

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Adicionalmente debemos protegernos de antisociales, de pedófilos, de estafadores, de secuestradores, de amantes celosos, de ladrones… Y estas cosas a veces muchas veces no las consideramos al momento de postear una foto o describir una maravillosa experiencia.

No perdamos el norte, ¿queremos compartir lo positivo de nuestras vidas, queremos dar mensajes inspiradores, queremos contagiar al mundo de cosas positivas?, ¡está muy bien! Pero si lo queremos es pretender proyectar una vida que no tenemos, generar envidia, generar conflictos, hacer sentir mal a las personas que nos siguen o preocuparlas sin motivos reales, entonces nos debemos una revisión profunda.

La vida es hermosa y podemos cargarnos de momentos maravillosos, independientemente de si son sometidos al gusto de nuestros seguidores. Que tu vida no se convierta en una divertida narración para quien la lee y en una triste historia para quien la interpreta. A fin de cuentas, ¡el único like que debe importante con relación a tu vida es el tuyo!

Los malos momentos pasan a ser cenizas solo cuando decidimos quemarlos

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 Es inevitable para todos tener malos momentos, bien sea por factores sobre los cuales no tenemos mucho alcance o por situaciones que nosotros mismos hemos generado, nos podemos haber visto expuestos a experiencias que no han resultado de nuestro agrado.

Los malos momentos pueden haber marcado nuestras vidas tanto como lo hayamos permitido, pudieron haber sido situaciones altamente demandantes a nivel emocional o simples episodios que decidimos engrandecer consciente o inconscientemente con el tratamiento que le propinamos.

Podemos decir que en todas las experiencias de nuestras vidas, la diferencia no la marca la vivencia como tal, sino la actitud y lo que hacemos con aquello que vivimos. Si “queremos” anclarnos a aquello que nos limitará nuestros pasos, podemos tomar cualquier mal momento de nuestras vidas y colocarlo en un lugar visible, accesible y tangible, para nuestra mente, para justificar en ese hecho del pasado acciones y evasiones del presente, sin permitirnos avanzar con libertad, sino con miedo o en el mejor de los casos con prudencia.

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Somos nosotros los únicos responsables de llevar a cuestas cualquier cosa que nos genere peso al andar. Y somos los únicos que podemos liberarnos de ese innecesario equipaje y esto solo lo hacemos cuando tomamos todo aquello que ha generado una marca en nuestro ser y la volvemos cenizas, cuando tomamos todo aquello que no nos genera beneficio y le restamos valor, importancia y presencia en nuestras vidas.

Cuando nos enfocamos en las lecciones de nuestras experiencias, nos estamos permitiendo avanzar, mientras que si nos enfocamos en los hechos dolorosos, solo conseguiremos sumergirnos en un sufrimiento latente y quizás constante.

Toma tus experiencias del pasado, filtra aquellas que te generan emociones negativas al traerlas al presente y trabaja en ellas. Trata de traer a tu mente lo que ocurrió, pero sin ser un participante de la historia, sino un espectador, que solo puede observar e intenta sin juzgar tratar de entender la situación, más allá de lo que nos hubiese gustado que pasara, solo con los elementos que estén presentes. Esto nos permitirá ser objetivos y desligarnos de las emociones, así como nos permitirá comprender las diversas posiciones y evaluar de forma más conveniente para nuestra salud emocional, cada aspecto involucrado.

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Una vez que aprendemos a tratar nuestro pasado, nos será más sencillo perdonar, liberarnos de penas y culpas, dejar ir, aprender y seguir adelante, esto es lo que llamamos volver cenizas lo que no nos nutre, lo que nos hace sufrir y nos ata a un pasado que nos duele, esto es lo que llamamos quemar nuestros malos momentos y darle un papel protagónico a las cosas positivas presentes y por venir en nuestras vidas.

Aprende a sanar desde tu interior

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La verdadera sanación que puede ocurrir en nuestras vidas se da desde el interior. Todos nuestros males y enfermedades no son más que manifestaciones de nuestro cuerpo como respuesta a nuestros pensamientos y sentimientos, son la forma en la cual afrontamos realidades y nos adaptamos a nuestro mundo.

Evidentemente hay maneras más amables de adaptarnos a nuestros escenarios, pero a veces nos resulta “más sencillo” enfermar que afrontar algo en particular que nos perturba, pero no encontramos recursos suficientes para darle la cara.

Las heridas que no llegamos a sanar, nos hacen vulnerables a diversas dolencias físicas y enfermedades. Todo aquello que al pensar nos duele es un factor potencial de riesgo de padecimiento físico. Aquello que no nos atrevemos a decir, ese “no” que no llegamos a pronunciar, esa sensación de abandono que arrastramos desde la infancia o la poca disposición que tenemos de perdonar algún agravio, son factores que hacen estragos en nuestro organismo.

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Tenemos una mente muy poderosa, que se encarga de manejar toda la información que entra a nuestro sistema y a veces resulta tan arbitrario su comportamiento, que podríamos pensar que pasa a ser nuestra enemiga al momento de procesar la información.

Podemos enfermar por sentir que es la única manera en la que podemos ser merecedores de descanso o de afecto, podemos enfermar para evadir alguna realidad. Las dolencias pueden ser ligeras, un sencillo dolor de garganta, que lo podemos asociar a cosas que no podemos decir, hasta enfermedades capaces de arrebatarnos la vida, donde hemos canalizado heridas que no podemos sanar.

No importa lo que nos ocurra a nivel físico, tenemos la posibilidad de sanarnos a nosotros mismos, yendo adentro, trabajando en nuestro interior, limpiando cargas negativas que vengamos asumiendo, desechando los pensamientos que no nos aportan algo positivo.

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Un mecanismo de sanación universal consiste en aceptar, perdonar y dejar ir.

Cuando dejamos de luchar internamente, de resistirnos y negarnos y abrimos paso a la aceptación, se produce una sensación similar a la que pudiésemos sentir al estar una piscina con riesgo de ahogarnos, sin poder alcanzar el fondo, luchando desesperadamente con cada parte de nuestro cuerpo y de pronto decidimos relajarnos tomamos lo que podemos de aire y soltar nuestra musculatura.

La simple calma nos permite idear una solución, el sentir nuestro cuerpo flotar sin mayor esfuerzo nos permite descansar y nos resulta viable salir o permanecer más tiempo sin ahogarnos. Lo mismo ocurre cuando aceptamos y fluimos a través de cada uno de nuestros procesos.

El perdonar lo podemos comparar con soltar el grillete que nos mantiene sin que el avanzar resulte en un problema, el tener esa carga allí no nos aventaja en absolutamente nada. Si se trata de alguien más a quien nos cuesta perdonar, esa persona ni se entera de nuestro sufrimiento y si hablamos de nosotros mismos, la culpa nos puede consumir. No podemos hacer algo para cambiar el pasado, pero sí podemos decidir cómo reaccionar ante lo que hoy sentimos.

El dejar ir todo lo que duela y pese, el aligerarnos de todo el equipaje que no nos aporta nada positivo, es sin duda el cierre para nuestra liberación.

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Tenemos la oportunidad de sanar y ello requiere un trabajo interno, un proceso de autoconocimiento y de limpieza, que sí que valdrá la pena, porque es desde la raíz desde donde realmente se atacan los problemas.

Todo lo que necesitas está dentro de ti, el mejor antídoto, la mejor medicina, el mayor alimento. Comienza a dosificarte con mucho amor, aceptación, perdón y respeto y comienza a ver los cambios poderosos en tu vida.

Que todas tus relaciones sanen.

Las heridas se cosen con las agujas del reloj

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El tiempo con su solo transcurrir es el elemento perfecto para ubicar las cosas en su lugar, para sanar las heridas y para que lo que una vez dolió, lo podamos recordar y salir ilesos.

Cuando algo nos ha lastimado, muchas veces no tenemos la paciencia suficiente como para esperar con la mejor actitud el tiempo necesario para que nuestras heridas sanen. Quisiéramos poder accionar un interruptor que nos permita dejar de sentir, a veces inclusive quisiéramos no haber vivido alguna experiencia o tener la capacidad de borrarla de nuestras vidas.

Pero en mutilar nuestra vida no estaría nunca la solución, mucho menos el aprendizaje y el crecimiento. La vida tendrá momentos que queramos atesorar y nos traerán felicidad al recordarlos, pero también estaremos expuestos a muchos tránsitos dolorosos.

mujer con reloj en mano

Cada pérdida, cada herida, cada caída, nos marcará de determinada manera y cada una de ellas demandará un tiempo para que la sanación llegue, para que nos adaptemos a una nueva realidad, para que drenemos la rabia, para que nos resistamos y eventualmente aceptemos y dejemos de aferrarnos a aquello que de una manera u otra nos lastima.

No podemos acelerar los procesos de curación, pero sí que podemos poner de nuestra parte para no anclarnos tenazmente a lo que no nos hace bien. Cuando concientizamos nuestros procesos podremos ayudarnos a nosotros mismos a fluir en el proceso y no retrasarnos en el camino.

  • Colaboramos con la sanación cuando:
  • Nos permitimos pensar en cosas diferentes a aquello que nos duele.
  • Nos dedicamos a hacer cosas que disfrutamos y nos hacen sentir a gusto.
  • Soltamos la necesidad de tener razón.
  • Decidimos perdonar y liberarnos de rabias, culpas y rencores.
  • Dejamos de responsabilizar a los demás por lo que sentimos.
  • No pretendemos ignorar lo ocurrido, pero nos limitamos a sacarle algún provecho.
  • Nos cuidamos en el proceso, no nos recriminamos, nos criticamos o juzgamos.
  • Pedimos apoyo cuando lo necesitamos.
  • Valoramos las cosas positivas que nos ocurren.
  • Ayudamos a personas que han sufrido por causas similares a las nuestras.
  • No intentamos protegernos con una coraza impenetrable.
  • No generalizamos y somos capaces de diferenciar y aislar las diferentes experiencias.
  • Pensamos de manera positiva en relación a nuestro futuro.
  • Agradecemos el crecimiento.
  • Nos fortalecemos en el proceso.

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Como vemos, podemos encontrar muchas maneras de ayudarnos a nosotros mismos mientras el tiempo transcurre. Evidentemente para cada quien los lapsos de tiempo necesarios para sanar son diferentes a los del resto, pero todos podemos hacer de ese proceso algo más o menos traumático.

Tengamos presente que a la larga por lo general deja de doler o nos deja de importar.

Por: Sara Espejo