Ser valiente es recoger tus pedazos rotos para ser más fuerte

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La vida no siempre es fácil. De hecho, casi nunca es sencilla o al menos así nos lo parece. Lo que ocurre es que la mayor parte de nuestro sufrimiento lo escondemos en nuestro interior con la intención de disimularlo a los ojos de los demás. Solo nosotros sabemos la ubicación exacta de nuestras heridas y lo vulnerables que nos hacen; solo nosotros podemos hacer que estas sanen recogiendo cada uno de nuestros pedazos rotos para ser más fuertes.

Porque aunque vivir una experiencia que nos rompe por dentro es sin duda uno de los trances más duros a los que tenemos que enfrentarnos, también supone una oportunidad para tomar conciencia, reestructurar la forma en que entendemos el mundo y tras pasar un tiempo, reconstruirnos de nuevo. La cuestión es :¡¿cómo hacerlo?!

El peso del sufrimiento

Nadie está a salvo del sufrimiento. Ese inquilino extraño que de vez en cuando irrumpe en nuestra a vida  sin anuncio ni invitación previa. Y a pesar de que la mayoría de las veces intentemos huir de él o esconderlo en el sótano más oscuro para disimular su presencia, esto no impide que nos siga afectando… y es que incluso desde ese rincón tan oscuro al que lo hemos desterrado sigue ejerciendo su influencia. Una influencia que, por otro lado, ahora vemos menos, ya que la oscuridad nos impide identificar o anticipar sus movimientos.

Algunos maquillarán sus sentimientos negativos con falsas sonrisas, otros realizarán mil y una actividades para no dejar ni un minuto libre que les haga reflexionar y otros puede que se mientan a sí mismos con la intención de parchear su malestar. Y dentro de ese algunos o ese otros estamos también nosotros, ya sea de manera puntual o como abonados a la costumbre.

El problema está en que por muchos obstáculos que queramos poner, el sufrimiento tarde o temprano saldrá a escena con la intención de rompernos. Ya sea a través de un dolor físico o emocional.

Mujer triste mirando hacia abajo

Lo queramos o no, el sufrimiento forma parte de la vida. El peligro está cuando este se hace tan pesado y adopta tantas formas que se acaba prolongando en el tiempo y se termina experimentando como un estilo de vida, empañando nuestro alrededor de un color gris oscuro, casi negro.

De hecho, la mayor parte del sufrimiento que sentimos (no todo) se han desarrollado a partir de una experiencia de dolor, que no deja de ser la vivencia de la pérdida de algo o alguien a quien amamos. Así, cuando esta pérdida no la aceptamos, nos resistimos y nos empeñamos en que las cosas sean de otra forma estamos dando paso, sin saberlo, al sufrimiento; un sufrimiento que es al mismo tiempo dolor y refugio cuando se pone a llover en medio del duelo y el agua nos cala de tristeza hasta los huesos.

La muerte de un ser querido, la ruptura de nuestra relación, la decepción de un amigo o un despido son ejemplos de pérdidas que nos duelen y que a la larga nos hacen sufrir como si nos clavaran un puñal directo a nuestro corazón. Heridas que si no cuidamos nunca dejarán de sangrar, hasta llegar a convertirnos en pedazos rotos difíciles de pegar.

El amanecer de la resiliencia

Si bien es cierto que algunas personas desarrollan trastornos o verdaderas dificultades a raíz de su sufrimiento, en la mayoría de los casos esto no es así. Algunas incluso son capaces de salir fortalecidas tras esa vivencia traumática. Una experiencia que les causa dolor, pero que también les hace crecer y de la que de alguna manera sacan un beneficio.

Un estudio llevado a cabo por Wortman y Silver afirma que hay personas que resisten con insospechada fortaleza los embates de la vida. La razón se encuentra en su capacidad de resiliencia, a través de la cual consiguen mantener un equilibrio estable sin que la experiencia traumática y de dolor afecte demasiado a su rendimiento y vida cotidiana.

Esto nos lleva a pensar que somos más fuertes de lo que creemos. Que aun cuando nuestras fuerzas flaquean existe un pequeño rayo de luz que nos ilumina para que recojamos nuestros pedazos rotos y así podamos recomponernos. Es el amanecer de nuestra resiliencia, el momento exacto en el que nuestras tristezas y el peso del sufrimiento dan paso al poder sanador de nuestra fortaleza para resistir y rehacernos de nuevo.

Flor

De modo que no se trata de ignorar lo que sentimos, sino de aceptarlo como aprendizaje de vida y de atravesarlo con los ojos abiertos, de manera que pueda darse una habituación, al igual que pasa con la oscuridad. Aun cuando la vida nos golpea con gran intensidad y es capaz de rompernos, la capacidad de sentirnos fuertes nos ayuda a superar lo que estamos viviendo y recomponer nuestra identidad, recogiendo uno a uno nuestros pedazos rotos.

Esa es la resiliencia, una de las capacidades más bonitas que tenemos y que a todos deberían enseñarnos en la escuela. Aprender a sanar nuestras heridas, tratarlas con cariño y extraer de ellas su mayor aprendizaje. Pero, ¿cómo hacerlo?

Recoger nuestros pedazos rotos para reconstruirnos

Como hemos visto, florecer tras una tormenta de dolor es posible pero no sencillo. Se trata de un proceso complejo y dinámico que como señala el psiquiatra Boris Cyrulnik implica no solo la evolución de la persona sino también el proceso de vertebración de su propia historia vital. De este modo existen algunos factores que si los fomentamos potenciarán nuestra capacidad de resiliencia y nos ayudarán a recoger nuestros pedazos rotos para reconstruirnos como:

  • La seguridad en uno mismo y en nuestra capacidad de afrontamiento.
  • Aceptar nuestras emociones y sentimientos.
  • Tener un propósito significativo de vida.
  • Creer que se puede aprender no solo de las experiencias positivas, sino también de las negativas.
  • Tener apoyo social.

Chica triste mirando hacia abajo

Además, como señalan Calhoun y Tedeschi, dos de los autores que más han investigado sobre el crecimiento postraumático, el sufrimiento y el dolor hacen que experimentemos cambios no solo a nivel individual, sino también en nuestras relaciones y filosofía de vida.

Afrontar experiencias de dolor nos asusta, pero escapar de ellas lo único que hace es prolongar nuestro sufrimiento, que mute en una forma más peligrosa. La verdadera valentía consiste en continuar a pesar del miedo, en seguir adelante cuando nuestro cuerpo tiembla y se hace pedazos por dentro.

En la vida aunque necesitemos un tiempo para asimilar lo sucedido y estar a solas con nuestro sufrimiento. En esta soledad nace la pausa que nos permite comprenderlo, se trata de seguir caminando a grandes pasos o a pasos pequeños. Porque no es más fuerte la persona que menos cae sino aquella que es capaz de levantarse fortalecida tras sus caídas.

Si el pasado te llama no le respondas… No tiene nada nuevo que decir

 
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Algunas veces nos podemos ver tentados a traer a nuestro presente, cosas que por diversos motivos forman parte de nuestro pasado. Generalmente cuando decidimos abrir esa puerta terminamos por darnos cuenta de que no hay nada nuevo que podamos sacar de allí, que todo lo que vemos, ya lo conocemos y lo principal: que lo que hizo que eso formara parte nuestro pasado, generalmente permanece.

El abrir paso al pasado, generalmente ocurre cuando nuestros ciclos no están bien cerrados, cuando hemos ido por la vida dejando puntos suspensivos, en lugar de colocar puntos finales donde corresponda.

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Dejemos el miedo atrás, junto a ese pasado que no tiene nada nuevo que decirnos, pensemos que las nuevas oportunidades son las que deben captar nuestra atención. Puede ser que algo maravilloso nos haya ocurrido en el pasado, pero todo pasa, si eso no permaneció en nuestra vida es porque debía estar justo allí, porque era oportuno un cambio, un nuevo rumbo, nuevos proyectos.

Ciertamente hay casos puntuales en donde una segunda oportunidad da resultados muy positivos, donde las personas aprenden a lo largo del tiempo a valorar, a cuidar y el extrañar se hace tan doloroso que una nueva oportunidad es fuertemente abrazada. Sin embargo, la mayoría de los casos, son solo oportunidades para reforzar creencias, para repetir experiencias, para apreciar la poca posibilidad que existe de que algunas cosas cambien su esencia.

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No permitas nunca que un pasado que dolió, tenga cabida en tu futuro. Aprende a distinguir a qué le dedicas tu atención, qué vale la pena tener en el presente y cómo ves proyectado tu futuro. No idealizar es fundamental, muchas veces tenemos la costumbre de recordar con demasiada benevolencia, restándole la cuota de realidad de la experiencia, solemos justificar cosas, solemos extrañar desde nuestra memoria, donde ni siquiera las cosas se almacenan como realmente ocurren, sino como nuestra mente decida guardarlas.

No se trata de alimentar rencores, de vivir resentidos, se trata de ver el pasado con cierta objetividad, sin sentirnos culpables o víctimas, solo reconociendo realidades, solo aprendiendo lecciones y haciéndonos más fuertes y mejores personas para darle nuestra mejor cara a cada una de las experiencias que se nos presenten.

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Un lugar pudo habernos enamorado, pero si tuvimos que salir de allí con el corazón lastimado, frustrados, huyendo o reprochando, es preferible conocer otro sitio, que podamos descubrir con mayores herramientas y recursos a invertir en ése que ya sabemos lo que tiene para ofrecernos.

Sara Espejo:Mujer Gurú

Podrán pasar muchas cosas fuera, pero al fin y al cabo el universo está en ti

Mujer con una flor en el corazón

La felicidad no viene dada como la vida, sino que hay que conquistarla. El principal requisito que necesitamos para ello se encuentra en lo que realmente necesitamos para conseguirla y lo podemos encontrar dentro de nuestro propio universo.

Partimos de la base de que el ser humano está hecho para sobrevivir, no para ser feliz. Para lo primero estamos programados; para lo segundo hay que hacer un pequeño “hackeo”. Quién quiera entrar en el desafío de la felicidad, debe asumir que lo más importante está en la creación de un sentido vital.

Ya lo decía José Luis Sampedro, escritor, humanista y economista español, estamos vivos para vivir, para hacernos, para realizarnos. La mayoría de nosotros, alguna vez en la vida nos hemos preguntado para qué estamos vivos. Saber contestar a esta pregunta nos dará un sentido a nuestra existencia. Un sentido propio y genuino.

Todo lo que vemos fuera es solo un reflejo de nuestro interior, de lo que pensamos y sentimos. Los defectos y las virtudes que vemos en los demás, de alguna manera los llevamos dentro. Por muchas dudas y preguntas que tengamos, la mayoría de las respuestas están ya en nuestro interior, porque el universo que habita dentro de nosotros ya es realmente interesante

Cuidarnos aporta paz a nuestro universo

Puede sonar un tanto irónico, pero nosotros somos los únicos capaces de perturbarnos a nosotros mismos, de consentir terremotos emocionales. La causa de nuestro sufrimiento no está fuera, sino dentro, en cómo afrontamos el dolor.

Los demás pueden matarnos físicamente, pero en un plano espiritual, solo nosotros tenemos el poder de hacernos daño y de imponer un orden. A pesar de librarse en nuestra propia mente, esta guerra ilusoria genera una serie de lastres emocionales, como la culpabilidad, el rencor, el resentimiento, el odio, el castigo y el deseo de venganza.

Mujer triste pensando en la gente tóxica

Nuestras interpretaciones ligadas a nuestras reacciones emocionales son las que nos llevan a sufrir y a entrar en conflicto con nosotros mismos. En última instancia nosotros somos los causantes de nuestro propio daño. Por eso, enfocarnos en nosotros y hacernos cargos de nuestras emociones nos acerca a un conocimiento más profundo de nuestro universo interior.

Al fin y al cabo, lo único que podemos cambiar en nuestra vida es a nosotros mismos. Todo lo demás, son conceptos ilusorios. Podemos perturbarnos por querer un mundo mejor, donde haya menos injusticias y más igualdad, pero todo eso escapa de nuestras manos. En cambio, cambiar y mejorar nuestro interior es solo trabajo nuestro, por eso alcanzarlo nos da una paz ilimitada y un nuevo concepto de afrontar las situaciones.

Para construir un universo propio necesitamos ser valientes

La generalización es una amenaza para nosotros, que nos perdemos en ciudades de grandes edificios y con reglas que pocas veces se dicen, pero se imponen. En muchas ocasiones, sacrificamos actuar en coherencia con nuestros valores por proyectar una imagen mejor: esta es una de las formas que el sistema tiene para dominarnos, la recompensa que nos ofrece a cambio. Haz esto y hazlo de esta forma y te tendré en cuenta.

mujer corriendo con alas en las manos evocando una muerte tranquila

A veces, en función de con quién estemos y dónde nos permitimos ser de una u otra manera. Es decir, escoger qué queremos mostrar de nuestro universo y qué queremos ocultar. Esto en situaciones específicas puede ser adaptativo, en la búsqueda de empleo, en reuniones, en el trabajo, pero a la larga puede producir una gran disonancia con nuestro propio yo.

Quizá, el mayor reto que tenemos por delante es el de encontrarnos a nosotros mismos, conectar con nuestra esencia y ser auténticos más tiempo. Este es un reto, nunca una amenaza: aunque en el camino haya dificultades, la sensación que va a dejar nuestro paso siempre va a ser de paz y de recogimiento; la de ser actores y no meros reactores a merced de las corrientes que generan lo que nos rodea.

Aprender a renunciar para asumir el pasado

confianza

Aceptar que una etapa de nuestra vida ha finalizado, no es fácil. Y no todo el mundo sabe renunciar. ¿Cómo hacerlo? Las personas somos mayoritariamente criaturas de férreos hábitos sobre los cuales, edificamos nuestra seguridad personal.

Nuestra vida con una pareja determinada. Ese trabajo que tanto nos identificaba. Nuestra existencia tranquila en esa ciudad, en esa casa…¿Cómo arrancar así, sin más, esas raíces que hasta no hace mucho nos nutrían y nos hacían feliz? No es sencillo.

Pero hay una cosa que debemos tener clara. Saber renunciar no es perderlo todo. En absoluto. Quien renuncia a algo es porque cierra una puerta y emprende otro camino.

Vivir es saber elegir no uno, sino varias opciones. Se trata, sencillamente, de renunciar para poder avanzar.

Hablemos hoy sobre ello.

Mujer rubia con reloj

Las vivencias que nos anclan en el pasado

Quien vive en una nostalgia continua, vive amarrado a un castillo de débiles estructuras. En un momento u otro acabaremos derrumbándonos.

Los recuerdos, las vivencias del pasado son un libro personal muy hermoso al que merece la pena volver de vez en cuando. Pero no siempre, no cada día.

Si fijas tu mirada interior en el ayer, te pierdes el presente y dejas de tener perspectivas de futuro, y eso, no es tener calidad de vida. Vale la pena tener claros los siguientes aspectos:

  • Todas las personas, en un momento u otro de nuestra vida, nos veremos obligados a renunciar a algo. Forma parte de nuestro ciclo vital.
  • La palabra “renunciar” no se centra únicamente en dejar atrás a determinadas personas, escenarios o cosas. Es también renunciar a muchas de nuestras ideas, prejuicios o esquemas de pensamiento. Esto sería simplemente, aprender de la experiencia: madurar.
  • No te “ancles” en la idea de que el pasado siempre fue mucho mejor. De que el ayer fue ese paraíso que nunca más volverás a encontrar. Este enfoque de pensamiento supone poner muros invisibles a nuestras propias perspectivas.

 

Aprender a renunciar para reconciliarnos con el pasado… y AVANZAR

Cabe señalar un aspecto igual de importante. Hay quien vive “anclado” en la felicidad de ese pasado que ya se ha roto. Pero también hay quien mantiene su existencia lamentando los errores cometidos del ayer. Todo lo invertido, por ejemplo, en esa persona por la que lo dimos todo y que nos hizo tanto daño.

Los recuerdos tal vez, con ese familiar por quienes nos esforzamos tanto para ayudarlo y que al final, no hizo más que buscar su propio beneficio y engañarnos. Todo es posible. Pero en esencia,  siguen siendo dos caras de una misma moneda: fijar nuestro mundo interior en ese pasado que nos trajo dicha o infelicidad.

Chica paraguas

Pero entonces ¿Cómo lograr avanzar y desprendernos de esas cadenas que nos unen a esos hechos?

  • Racionaliza. Lo que ocurrió ya pasó, no está más que en tu propia mente y ya no hay necesidad de pensar en ello tantas veces al día. Es solo parte del pasado. Fantasmas del ayer.
  • Nadie puede “borrar” de su mente el pasado, eso está claro. No hay pastilla para el olvido total. La vida siempre tiene efectos secundarios, y como tales, hay que aceptarlos pero no obsesionarse con ellos.
  • Acepta lo vivido como un aprendizaje que debe enseñarte a crecer como persona. Haz un lugar en tu mente para todo lo acontecido y archívalo como un material vital importante. Pero nada más, ante ti tienes ahora muchas más puertas que abrir, otros caminos que elegir.
  • No culpes a nadie de lo ocurrido. Eso genera más ira, más rabia y será difícil pasar página. Perdona, perdónate y avanza. No te permitas ser esclavo de nadie.
  • No idealices el pasado ni tampoco te obsesiones con todo lo malo de esos días, si lo hacemos, corremos el riesgo de que esos días “se enquisten” en nuestro pensamiento. Y será entonces más difícil aún poder renunciar. Racionaliza todo lo sucedido, acepta, perdona, coge aire… y déjalo ir.
  • Vive tu presente con la máxima intensidad, es la única forma de liberarte del pasado. Renuncia a esa etapa del ayer, acéptala como lo que fue y busca una ilusión cotidiana con la cual crecer, con la cual ser mejor persona. Más feliz.

Cortesía imagen: Emily Fy, Scenes

No te lamentes de envejecer, es un privilegio negado a muchos

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Envejecer es un privilegio, un arte, un regalo. Sumar canas, arrancar hojas en el calendario y cumplir años debería ser siempre un motivo de alegría. De alegría por la vida y por lo que estar aquí supone.

Y es que vivir tiene la peculiaridad de que va de la mano con el tiempo, que hace que en nuestro rostro aparezcan arrugas y que de vez en cuando tengamos achaques. Pero todo eso es el reflejo de la vida, algo de lo que nos podemos sentir muy orgullosos.

Tenemos que agradecer la oportunidad de cumplir años, pues gracias a ella cada día podemos compartir momentos con aquellas personas que más queremos, podemos disfrutar de los placeres de la vida, dibujar sonrisas y construir con nuestra presencia un mundo mejor…

Madre-hija-abrazadas

Las arrugas nos recuerdan dónde han estado las sonrisas

Las arrugas son un sincero y bonito reflejo de la edad contada con las sonrisas de nuestros rostros. Pero cuando empiezan a aparecer nos hacen darnos cuenta de lo efímera y fugaz que es la vida.

Como consecuencia con frecuencia esto nos hace sentir molestos e incómodos cuando en realidad debería ser un motivo de alegría. ¿Cómo es posible que nos entristezca tener la oportunidad de cumplir años?

Porque tenemos miedo de que al envejecer perdamos capacidades, porque pensamos en la vejez como un castigo, de manera peyorativa e humillante. Del mismo modo cumplir años nos hace mirar hacia atrás y plantearnos qué hemos hecho durante nuestra vida.

Abrazo de madre e hija

Dar gracias por cada año cumplido

Deberíamos agradecer a la vida la oportunidad de permanecer y de tener la capacidad y la conciencia de disfrutar. ¿Qué sentido tiene lamentarnos y quejarnos por tener posibilidades? ¿No es verdad que daríamos lo que fuese por tener a aquellos que perdimos a nuestro lado? ¿Por qué no le ponemos ganas a la vida y dejamos de disimular nuestro caminar?

 

Cumplir años debería ser un motivo de alegría. Cada día significan 1440 minutos de nuevas opciones, de maravillosos pensamientos, de cientos de matices en nuestros sentimientos. Cada segundo nos hace más capaces de experimentar y de aprovechar todas las opciones que nos brinda nuestro alrededor.

Cada año es una medalla, una oportunidad para atesorar recuerdos, para hacer nuestros los instantes, para soplar las velas con fuerza y orgullo. Desea seguir cumpliendo sueños, segundos, minutos, horas, días, meses y años… Y, sobre todo, poder celebrarlo con la vida y la gente que te rodea. Que os veáis y os sintáis plenos, arrugados y felices.

¿QUE CUÁNTOS AÑOS TENGO?

Tengo la edad en que las cosas se miran con más calma, pero con el interés de seguir creciendo.

Tengo los años en que los sueños se empiezan a acariciar con los dedos y las ilusiones se convierten en esperanza.

Tengo los años en que el amor, a veces es una loca llamarada, ansiosa de consumirse en el fuego de una pasión deseada. Y otras un remanso de paz, como el atardecer en la playa.

¿Qué cuántos años tengo? No necesito con un número marcar, pues mis anhelos alcanzados, las lágrimas que por el camino derramé al ver mis ilusiones rotas…
Valen mucho más que eso.

 

Atrévete a ser tú mismo cada día de tu vida

 

¡Qué importa si cumplo veinte, cuarenta, o sesenta!
Lo que importa es la edad que siento.

Tengo los años que necesito para vivir libre y sin miedos.
Para seguir sin temor por el sendero, pues llevo conmigo la experiencia adquirida y la fuerza de mis anhelos.

¿Qué cuantos años tengo? ¡Eso a quién le importa!
Tengo los años necesarios para perder el miedo y hacer lo que quiero y siento.

-José Saramago-

Entre la niñez y la vejez hay un instante llamado vida

No te lamentes de envejecer. La vida es un regalo que no todos tenemos el privilegio de disfrutar. Es un frasco de suspiros, de tropiezos, de aprendizajes, de placeres y de sufrimientos. Por eso, en sí misma, es maravillosa.

Y también por eso es imprescindible aprovechar cada momento, hacerlo nuestro, sentirnos afortunados. Acumular juventud es un arte que consiste en hacer que importe la vida de los años más que los años de vida. En definitiva, hacer que nuestra existencia tenga sentido.No resulta tan esencial si sumamos canas, arrugas o si nuestro cuerpo nos pide tregua cada mañana. Lo que verdaderamente es relevante es crecer porque, al fin y al cabo, cumplir años es inevitable, pero envejecer es opcional.

La actitud es contagiosa: rodéate de quien saque lo mejor de ti

Niña con tigre

Si la actitud es lo más importante que llevamos puesto, entonces cuida bien de que nadie desnude tus propósitos y que nadie desgaste de “imposibles” tus puntos fuertes y tus ribetes de esperanzas. No permitas que desabrochen tus anhelos al hacerte creer que “tú no vales, tú no puedes o tú no mereces”. Nuestra actitud representa un porcentaje muy importante de la capacidad de influencia que tenemos sobre lo que nos sucede, así que no lo hagas, no permitas que te roben tu mejor vestido.

Algo que llama sin duda la atención de muchos de los libros de autoayuda que encontramos en la actualidad, es que intentan orientarnos hacia el éxito, hacia ese triunfo exterior donde tarde o temprano seamos reconocidos por los demás por nuestra valía, por nuestras aptitudes y capacidades. Ahora bien, cabría matizar: más que “éxito externo” lo que ansiamos alcanzar es calma interna.

La aptitudes suman, no hay duda, demostrar que podemos hacer bien una tarea concreta es muy gratificante, es cierto. Sin embargo, lo que “multiplica” son las actitudes, porque son ellas las que marcan la diferencia entre un buen día y un mal día, son ellas las que nos confieren optimismo cuando todo está en nuestra contra, ellas las que nos permiten creer en nosotros mismos cuando otros osan empequeñecernos como personajes de Lilliput.

“Yo Sí valgo, yo SÍ sé hacerlo y yo Sí merezco” son sin duda esas tres raíces que deben nutrir nuestra actitud cotidiana, esa con la que deberíamos desayunarnos cada mañana con nuestro café y nuestras tostadas. Sin embargo, hay veces en que la mentalidad negativa, derrotista o incluso tóxica de algunas personas que nos rodean pueden sin duda debilitar ese enfoque dorado hasta volverlo tormentoso…

nube sonriente que se escapa por su buena actitud

Tu actitud: una decisión personal

La oferta editorial sobre libros de felicidad y crecimiento personal se duplica cada año. Sin embargo, la OMS ya nos advierte de que en poco tiempo, la depresión será el primer problema de salud y discapacidad en todo el mundo. Asimismo, educamos a nuestros niños para que sean competentes en ciencias, en matemáticas, en el uso de la tecnología e incluso en el lenguaje de la programación, pero se nos olvida enseñarles a tolerar la frustración, a gestionar sus universos emocionales, sus rabias, sus tristezas…

Nadie nos explica qué es eso de las actitudes, o cómo se hace aquello otro de “creer en nosotros mismos”. No lo sabemos porque lo único que nos han enseñado en el colegio es a saber identificar el sujeto y el predicado de una frase, a sacar el mínimo común múltiplo o a creer que basta con ser bueno, respetuoso y sacar buenas notas para que la felicidad aparezca por sí misma, como la promesa a un contrato que firmamos desde bien pequeños.

Sin embargo, tarde o temprano descubrimos que nuestras buenas intenciones no bastan para que llegue el éxito. Nos damos cuenta de que si alguien no cree en nosotros nos apagamos como una vela vencida por un viento frío.

Percibimos también que la sociedad nos ofrece una buena educación, pero posterga nuestras oportunidades sumiéndonos en una sala de espera donde nada llega. Y allí, nos juntamos con otros que también aguardan, otros que nos contagian sus esperanzas desnutridas, su derrotismo, su vacía autoestima de corta y pega.

chica triste con actitud derrotista

Tarde o temprano, nos damos cuenta de que estamos “enfermos”, infectados por el desánimo y la pasividad, nublados por una mente que se ha dejado llevar por el piloto automático de la negatividad ajena.

Al final, percibimos que la actitud no es más que una decisión personal, esa que nos arranca de unos jardines yermos y desolados donde nada crece, para recordar que no merecemos estar ahí, que toca aunar valor, energía y ánimo para hallar aquello que necesitamos de verdad.

Los tres componentes de la actitud fuerte y valiente

A menudo suele decirse aquello de que una actitud positiva no resolverá todos nuestros problemas, pero lo que sí hará es molestar a más de una persona, a esas que con su mentalidad cuadrada y sus enfoques llenos de aristas, no hacen más que poner alambradas a nuestros sueños, tormentas a nuestros días soleados.

Sea como sea, lo que sí debemos tener claro es que la actitud es un valor personal en el que trabajar a diario. Porque cuando menos lo esperemos, puede flaquear o lo que es peor, puede debilitarse por la influencia nociva de esas terceras personas.

Así, nunca está de más recordar qué tres componentes sustentan, conforman y alimentan las actitudes fuertes:

  • Compromiso: una buena actitud requiere un firme compromiso en nosotros mismos y en nuestros propósitos, en esas metas, valores u objetivos que nos son valiosos.
  • Auto-control: para alcanzar un sueño, para lograr ese propósito preciado debemos asumir el control sobre nuestra propia realidad, sobre cada cosa que acontece. Si nos equivocamos la obligación por rectificar es nuestra. No pondremos sobre otras personas responsabilidad alguna, asumiremos siempre una actitud activa, positiva y valiente.

niño tumbado con un tigre blanco representando la fuerza de la actitud

El último eslabón que conforma nuestras actitudes es el desafío. Es un aspecto que no podemos descuidar, porque la vida siempre pondrá ante nosotros diez, cien, doscientos retos cotidianos… Hay que ver estas pruebas como desafíos de los que aprender para invertir en nuestro crecimiento personal, en nuestro equipaje de vida, ahí donde sentirnos auténticos protagonistas del propio bienestar logrado.

Me gusta la gente que cuida los detalles: esa que regala momentos, no cosas

niña que abre un regalo del que salen mariposas con muchos detalles

El corazón sabio se alimenta de pequeños detalles, de esos que están hechos con atención, amor del bueno y dedicación de la auténtica. Detalles de esos que además no valen dinero y se ofrecen a cambio de nada. Porque… admitámoslo, es increíble cómo los detalles más simples tienen el poder de cambiar por completo un día que amaneció gris.

Quien admire el impresionismo, conocerá sin duda la famosa obra de Monet “Impresión, sol naciente”. En este lienzo, que dio nombre al revolucionario movimiento pictórico en 1874, llaman la atención unas pinceladas un tanto libres, rápidas y hasta desordenadas. El cuadro visto desde muy cerca apenas tiene sentido, todo parece confuso y hasta caótico; sin embargo, cuando el espectador se aleja aparece la magia y con ella el sentido de la obra.

Cada pincelada, cada detalle de ese magnífico cuadro adquiere importancia hasta configurar una atmósfera casi en movimiento, un amanecer donde el sol parece estallar en las tranquilas aguas del mar. Cada pincelada nos trae la luz, la humedad, el contraste, la vaporización, los barcos del fondo y la viveza de la superficie del cielo fundiéndose en la serenidad del agua.

Son cientos de precisos detalles, delicadamente estudiados, dando vida a una obra. Algo muy parecido ocurre en nuestro día a día: esas atenciones que otros nos dedican… esas palabras, preferencias, esos momentos especiales, junto a todos esos pequeños detalles que nos regalan y que salen del corazón configuran también esa luz que nos alimenta y que nos guía. Es el lienzo vital sobre el que construimos una realidad auténtica y significativa.

Pintura el sol naciente de Monet

Para apreciar los detalles necesitamos de un corazón dispuesto

La magia existe. No hay que buscarla en la aplicación de un móvil de última generación ni en esa serie que está a punto de estrenarse en Netflix ni en el placer de ahorrar lo suficiente para comprarnos ese coche, para pagar ese viaje o ese ordenador con un logotipo tan preciado. Al menos, no se encuentra necesariamente en esos lugares. La auténtica belleza se esconde en los detalles más cotidianos y a la vez sorprendentes.

La tela de una araña al amanecer, por ejemplo, deja de ser oscura para orlarse de pequeñísimas gotas de rocío hasta conformar un espectáculo natural fascinante. Un niño que atiende con admiración a su padre mientras este le cuenta una historia o dos personas que se descubren por primera vez y se sonríen en el metro al ver que ambas están leyendo el mismo libro, son otros ejemplos de esos detalles cotidianos de los que a veces somos felices testigos. Son matices de nuestra realidad que nos inspiran, y que suelen quedarse en la memoria.

Ahora bien, para ser receptivos a todos estos detalles del día a día, debemos estar plenamente conectados al momento presente. Hablábamos al inicio de Claude Monet. Este pintor -al igual que muchos otros- podía pasarse horas admirando la naturaleza: campos en flor al atardecer, lirios del agua en un estanque…

Esa conexión con lo que acontece a nuestro alrededor es algo que sin duda estamos perdiendo. Vivimos en una sociedad rica en estímulos (demasiado incluso), donde se observa poco pero se comparte mucho, donde el detalle carece de importancia porque lo que cuenta es el impacto, la noticia rápida y el “clickbait”.

corazón cogido por manos

Por otro lado, y como detalle interesante, señalar que el tálamo es esa estructura que nos permite aplicar un filtro adecuado de atención cuando observamos. Un área del cerebro asociada de manera íntima a la conciencia.

Por tanto, podríamos decir que una buena forma de ampliar nuestra conciencia tiene que ver con manifestar una actitud receptiva; amplicando esa mirada sabia y curiosa, que guiada por las emociones es capaz de advertir esas belleza que cada día surge de la naturaleza y también en nuestro mundo social, con las interacciones.

La gente detallista, la que regala momentos, no cosas

Los científicos de la Universidad de Rochester realizaron un estudio hace unos años que se publicó en la revista “Current Biology” donde se concluía lo siguiente: las personas detallistas son más inteligentes. Su método natural de observación suele focalizarse en pequeños aspectos de la realidad que no todos advierten, matices que no todo el mundo percibe. A su vez, algo que también se suele poner en evidencia es que las personas altamente sensibles (PAS) muestran esa misma capacidad.

Todo ello nos invita casi a concluir que las personas que saben apreciar los detalles, son también los que más los cuidan y los que a su vez, saben regalarlos a otros. Así, quien es capaz de atender a esos aspectos diminutos que conforman el tejido que da sentido a las relaciones, donde se halla el respeto, el reconocimiento y el aprecio por ese vínculo, construyen lazos más sólidos y felices.

niña sujetando corazón bajo una nube llena de detalles

Saber regalar momentos y no objetos intercambiables es un arte. Con ellos logramos poner esa pincelada de luz en el momento preciso, elegir el color adecuado en el instante que más lo añora. Una labor en la que todos deberíamos invertir tiempo y esfuerzo para construir relaciones más auténticas…