Existe una gran diferencia entre rendirse y saber cuándo es suficiente

mujer que sabe cuándo algo es suficiente

Hay historias, relaciones y vínculos que ya no dan más de sí. Son como una cuerda que se ha tensado demasiado, como una cometa que quiere escaparse y no podemos sujetar, como un tren que debe partir a su hora y no podemos detener. Dejarlos ir no es ni mucho menos un acto de cobardía o de rendición, porque saber cuándo algo es suficiente es todo un acto de valentía.

Si hay algo para lo que no estamos preparados es para alejarnos de las personas significativas o para dejar de invertir tiempo y energías en un proyecto, en una ocupación o dinámica que hasta no hace mucho, era importante para nosotros. Decimos que “no estamos preparados” porque nuestro cerebro es muy resistente al cambio, porque para este órgano maravilloso y sofisticado toda ruptura con la rutina o el hábito supone un salto al vacío que genera miedos.

  ¡Es suficiente!-gritó el corazón- Y por una vez, él y el cerebro se pusieron de acuerdo en algo
 

Esta inclinación suya por mantenernos siempre en los mismos espacios, en las mismas ocupaciones y en compañía de las mismas personas, hace que nos sea tan complicado traspasar los límites de nuestra zona de confort. Este apego casi obsesivo a lo conocido provoca en nosotros que nos digamos cosas como “mejor aguanto un poco más” o “voy a esperar un poco más a ver si las cosas cambian”.

Sin embargo, si hay algo en lo que ya estamos doctorados es en saber que hay determinados cambios que no llegan nunca, y que aveces aguantar un poco más supone esperar demasiado. Nos han educado en la clásica e injustificable idea de que “lo que no te mata, te hace más fuerte” y en que quien abandona algo o a alguien lo hace porque se rinde y su fuerza de voluntad se doblega.

Ahora bien, más allá del “problema”, lo que hay es una infelicidad rotunda y aplastante. Tan física que, sencillamente, nos quita el aire y la vida. Dejar a un lado estas situaciones, al menos por un tiempo, es sin duda todo un acto de valentía y de salud.

Saber cuándo es suficiente no siempre es fácil

Cuando tropezamos, nos caemos y nos herimos, no dudamos en curarnos de inmediato y en comprender que es mejor evitar esa parte de la acera porque es peligrosa. ¿Por qué no hacemos lo mismo con nuestras relaciones y con cada uno de esos ámbitos donde también experimentamos dolor o sufrimiento? Esta pregunta sencilla tiene una respuesta que encierra matices tan complejos como delicados.

En primer lugar, y por mucho que nos digan, en la vida no hay aceras con agujeros ni caminos llenos de piedras. Sabemos que este tipo de metáforas son muy manidas, pero el problema está en que los peligros, en la vida real, nunca se pueden identificar con tanta precisión. Las personas no llevamos un cartel en el que advirtamos de cómo somos, cómo amamos o qué intenciones tenemos. En segundo lugar, cabe recordar que somos criaturas con múltiples necesidades: de apego, de afiliación, de comunidad, de ocio, de sexualidad, amistad, trabajo… Finalmente está el cambio: las personas somos dinámicas por naturaleza, mutantes.

Estas variables hacen que nos veamos obligados a hacer auténticos “saltos al vacío” para probar, para experimentar e incluso para sobrevivir. Así, en ocasiones hasta ofrecemos segundas y terceras oportunidades a las personas menos adecuadas porque nuestro cerebro es pro-social, y siempre dará más valor a la conexión que a la distancia, a lo conocido que a lo desconocido.

hombre con pájaros en la cabeza

Todo ello nos ayuda a comprender por qué nos cuesta tanto dilucidar cuándo algo ha sobrepasado el límite, cuándo los costes superan por mucho a los beneficios y cuándo la propia mente actúa como nuestro auténtico enemigo al susurrarnos una y otra vez aquello de “no te rindas, no te dejes vencer”. Sin embargo, es necesario integrar en nuestro cerebro algo básico y esencial: quien deja a un lado algo que es nocivo y que nos ofrece infelicidad no se rinde, SOBREVIVE.

He dejado de esperar trenes: ahora yo soy el movimiento

mujer con flores que decide esperar su felicidad

He dejado de esperar trenes que lleven mi nombre, atrás queda ya el andén de las ilusiones rotas y de los sueños que nunca llegan, porque ahora, soy yo la que lleva el movimiento, yo quien crea el camino. Así pues, quien quiera puede hacer este viaje de descubrimientos conmigo, pero quien no lo desee, puede también bajar en la próxima estación.

Asumir esta sencilla pero valiente actitud sería sin duda un gran paso en nuestro crecimiento personal y en ese bienestar emocional a veces tan fluctuante. Sin embargo, hemos de admitirlo, si hay algo a lo que estamos acostumbrados es a esperar, y aún más, a alimentar esa espera con la filigrana de sueños anhelantes y con el cincel de una perfección a veces inalcanzable.

Ahora bien, en ocasiones, y esto es importante matizarlo, es la propia sociedad quien con sus tentáculos, sus filtros y sus embudos, nos aboca a esa antesala en la que solo se espera. El complejo mundo laboral y sus intrincados recovecos hace que tengamos que postergar muchas cosas, que estemos obligados a tener un nuevo título, una nueva competencia, un contrato o un “contrato más digno”, para permitir que lleguen los cambios y ese ansiado movimiento donde se inscribe la vida.

Sin embargo, a pesar de que el actual contexto socioeconómico nos haga cautivos de esas salas de espera interminable, lo que nada ni nadie puede arrebatarnos es nuestra actitud. El movimiento está en nuestro interior. Por tanto, no importa que a simple vista todos los trenes vayan en contra de dirección, porque quien tiene claro su camino, sus sueños e ideales, está obligado a no esperar, a no detenerse jamás.

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Cuando “esperar” nos hace creer que nuestra vida está en pausa

Hay muchas realidades por las que una persona puede tener la clara sensación de que alguien le ha dado al “pause”. Quedarse sin pareja, estar sin trabajo, haber fracasado en un proyecto personal o ser rechazos a nivel profesional o emocional son sin duda algunos de esos ejemplos que horadan nuestros rincones más internos, los más profundos de nuestro ser hasta inmovilizarnos.

Ahora bien, es necesario entender que la vida jamás está en pausa, ella siempre discurre, brota, sucede y vibra. Sin embargo, quien sí se ha detenido somos nosotros, es nuestro ánimo, son nuestras ganas y es nuestra motivación. Bernice Neugarten fue una de las primeras psicólogas en estudiar el desarrollo adulto y esas épocas tan complejas de nuestro ciclo vital donde las personas, tenemos la clara percepción de que nuestra realidad se ha detenido, congelado en fotograma de cariz triste, apático y sin brillo.

Neurgarten estableció la teoría de “life on Hold” (vida en espera) como una transición que debemos saber encarar. El mayor problema reside en que a menudo, tenemos una visión del futuro demasiado ambigua, incierta o hasta pesimista. Pensamientos como “mi tren ya ha pasado, no voy a encontrar la pareja ideal” o “está claro que no voy a encontrar un buen trabajo”, perfila un estilo de pensamiento que estancará aún más esa etapa de espera dificultando la propia transición hacia algo mejor.

Mujer mirando el tren pasar

Cómo salir del andén de los sueños que nunca llegan

Vivimos en el mundo del “vuelva usted mañana”, del “ya te llamaré” y del “cuando consigas esto tendrás lo otro”. Habitamos en las estaciones de las esperas eternas preguntándonos si eso de la felicidad es un fraude o un premio que uno gana cuando reúne los suficientes puntos. Los trenes pasan, las oportunidades vienen y van pero ninguna parece llevar nuestro nombre. ¿Cómo podemos entonces sobrevivir en medio de este escenario de “incertezas” donde las crisis, por instantes, no parecen tener fecha de caducidad?

A continuación, te ofrecemos unas sencillas claves en las que reflexionar.

tren que cruza un lago donde hay un farol representando dejar de esperar

3 claves para ser el movimiento de nuestras vidas

La primera clave es sencilla: hay que tener claro nuestro objetivo, nuestro punto en el horizonte. Sin embargo, eso sí, es bueno que sea una meta clara y realista, acorde a nuestras posibilidades pero sin desestimar nunca el propio potencial.

  • El segundo aspecto que Bernice Neugarten nos dejó en sus teorías sobre las transiciones vitales, es la necesidad de ensayar día a día nuestro futuro. No basta con soñarlo. Si yo ansío tener una buena pareja me preocuparé primero en cuidarme yo como persona, en crecer, en ser lo que ansío hallar en los demás. Si deseo aspirar a tener un buen trabajo, invertiré día a día en ese propósito formándome profesional y mentalmente.
  • La tercera parte en este plan es igual de interesante. Debemos sentirnos protagonistas activos, proactivos y creativos. Es necesario dejar de sentirnos subordinados a algo o alguien. Si la sociedad no me hace un hueco, tal vez deba ser yo quien esté obligado a crear “ese espacio” para mí. Tal vez deba innovar, ofrecer algo nuevo al mercado laboral que genere interés, ser yo el tren en movimiento en un entorno de quietud…

Para concluir, alguien dijo una vez que la vida no se trata solo de engañar a la muerte, sino de disfrutar nuestra existencia cada día, sin limitarnos solo a respirar y de dejar que las cosas sucedan sin más. Seamos la locomotora de nuestro propio crecimiento, seamos seres activos, ilusionados, realistas pero optimistas, poseedores de esa fuerza increíble capaz de dar al mundo cosas maravillosas y a su vez, de generarnos la felicidad que de verdad merecemos.

Misteriosos trastornos mentales que pueden estar en nuestro cerebro

1. Síndrome de Cuasimodo

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El síndrome de Cuasimodo (o dismorfofobia, como se llamaba antiguamente), es un trastorno mental muy peligroso conocido por aquellos pensamientos intrusivos sobre un defecto físico muy sobrevalorado por el individuo e incluso imaginario. Los pacientes se ven constantemente en el espejo, tratando de encontrar una perspectiva en la que el supuesto defecto no sea visible; negándose a ser fotografiado con el único fin de que no salga ese desperfecto en la imagen; cuidan en exceso su apariencia; tienen problemas en su vida personal a causa de este defecto; tienen una baja autoestima; se sienten incómodos en sociedad porque sospechan que otros notan ese “defecto“ y se ríen de él. ¿Te resulta familiar?

Lo absurdo de este síndrome se revela en el cortometraje mudo ”Contracuerpo”.

2. Erotomanía

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Los que sufren de erotomanía están convencidos de que alguien está enamorado de ellos y, con frecuencia, alguien con un estatus social más elevado (por ejemplo, una celebridad). El sujeto cree que su admirador imaginario muestra su actitud hacia él por medio de señales especiales, secretas, telepatía, mensajes cifrados en medios de comunicación. Superar este trastorno es muy difícil; incluso si el supuesto enamorado dice claramente “no“, la persona que sufre erotomanía lo interpretará como parte de una estrategia secreta para ocultar sus relaciones clandestinas al público.

Este síndrome se menciona en la película ”Mal de pierres (Mal de piedras)”, que cuenta con la interpretación estelar de Marion Cotillard.

3. Síndrome de Capgras

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En este síndrome, el afectado cree que alguien de su familia o él mismo ha sido sustituido por un doble. El paciente puede afirmar que las malas acciones, cuya autoría se atribuyen a él, no las hizo él y sí su doble, que es exactamente igual físicamente. Este trastorno viene acompañado a menudo por la esquizofrenia.

La película “El doble”, basada en la novela de Fiódor Dostoyevski, revela la esencia de este trastorno.

4. Síndrome de Frégoli

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Con este síndrome, el paciente piensa exactamente lo contrario: bajo la apariencia de los demás, desconocidos para él realmente, se esconde algún familiar o conocido que se maquilla y cambia de apariencia con el fin de perseguirlo.

El síndrome fue descrito por primera vez en 1927: una chica joven aseguraba que la perseguían dos actores del teatro a donde iba a menudo, tomando la apariencia de personas que ya conocía o había visto alguna vez.

Este tema se trata parcialmente en la película animada “Anomalisa”.

5. Síndrome de Adele

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El síndrome de Adele responde a un estado compulsivo en el que una persona experimenta un trastorno mental grave que se acompaña de una fuerte atracción irresistible del amor. Los médicos han reconocido recientemente el síndrome como trastorno mental, que pone en serio peligro la salud y la vida; similar a la ludopatía, el alcoholismo y la cleptomanía.

Los síntomas de la enfermedad se parecen a una depresión profunda, pero pueden ser mucho más peligrosos: perseguir a otra persona, autoengaño, esperanzas ilusorias, sacrificios voluntarios de sí mismo en un plano de victimismo, haciendo caso omiso de los consejos de amigos y familiares, comportamientos imprudentes y la consecuente pérdida de interés en otros temas y actividades.
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Este síndrome, y la chica por la cual recibe este nombre, se puede ver en la película “El diario íntimo de Adela H.”.

6. Criptomnesia

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La criptomnesia es una especie de trastorno de la memoria, cuando la persona no puede recordar cuándo fue uno u otro acontecimiento, si fue en un sueño o en realidad, si escribió un poema, o simplemente lo memorizó una vez lo leyó. En otras palabras, se olvida la fuente de cualquier información y la persona no puede determinar si la idea le pertenece a ella o a otro.

Con este síndrome a menudo se produce el fenómeno de “jamais vu“, lo contrario de ”déjà vu“, cuando de repente viene la sensación de que algún lugar o persona bien conocido parecen completamente nuevos, raros o poco comunes, como si fueran vistos en este momento por primera vez.

En la foto, un fragmento de la película “La ciencia de los sueños”.

7. Síndrome de Alicia en el país de las maravillas

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Con este síndrome, el paciente cambia su percepción de los objetos y el espacio que lo rodea: puede percibirlos tanto en dimesiones pequeñas como mayores de su tamaño original, percibir que están lejos pero de un modo extraño también cerca. El caso más grave se produce cuando la persona percibe su propio cuerpo de modo incorrecto, sin entender su forma y tamaño. Sin embargo, ni sus ojos u otros sentidos están dañados, los cambios vienen derivados de la presencia de este síndrome en la mente.

8. Trastorno obsesivo-compulsivo

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Con el TOC, trastorno obsesivo-compulsivo en términos científicos, los pacientes albergarán pensamientos obsesivos con ansiedad que no pueden quitarse de su mente, o “rituales“ entendidos como acciones especiales, que según la versión de la persona, se ve obligada a llevarlas a cabo. Llama la atención que aquel que lo padece es consciente de lo absurdo de sus acciones, pero su incumplimiento lo lleva a una ansiedad elevada y, finalmente, termina en un cumplimiento rutinario de estos rituales.

Un buen ejemplo de una persona que sufre de este trastorno es el héroe Leonardo di Caprio en ”El aviador”.

9. Síndrome parafrénico

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El síndrome parafrénico es una mezcla de un delirio fantástico combinado con aires de grandeza. Las ideas delirantes del paciente vienen acompañadas constantemente con seudoalucinaciones y “falsos recuerdos”. Los pacientes se consideran los señores del mundo, se atribuyen a sí mismos la inmortalidad, el origen divino, afirman que escribieron (bajo pseudónimos) libros de grandes escritores, y otras cosas de este tipo. Las personas con este diagnóstico, aparentemente, se vuelven muy arrogantes y misteriosas.

10. Trastorno de identidad disociativo

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El trastorno de personalidad múltiple, llamado así al principio, es un trastorno mental muy raro en el que se divide la identidad de una persona, se multiplica su personalidad y se alcanza la impresión de que en una sola conviven varias muy distintas. Estas personalidades pueden tener diferente sexo, edad, nacionalidad, temperamento, inteligencia, filosofía e, incluso, enfermedades. Las causas de este trastorno son graves traumas emocionales en la infancia: con el fin de protegerse psicológicamente, el niño empieza a percibir lo que está sucediendo con él como si estuviera sucediendo con un ajeno.

La historia más sorprendente con personalidades múltiples se produjo en los EE.UU. a finales de 1970. Cuando fue detenido el violador Billy Milligan, entonces se descubrió que en su cabeza vivían al menos 24 personas. Puedes leer más sobre esta historia en el libro de Daniel Keyes.

El protagonista de la película “Fragmentado” también sufre de estos trastornos.

Antes cincuentonas, ahora cincuentañeras: ¡Viva la mediana edad!

Mujer feliz de mediana edad

 

7 habilidades para que enseñes a tus hijos y siempre tengan éxito

Cuando nuestros padres crecieron era casi seguro que con solo contar con estudios universitarios lograban conseguir un excelente empleo o abrir un negocio rentable y duradero; pero con el tiempo las cosas han ido cambiando.

 
Si bien la globalización ha traído consigo más y mejores oportunidades, productos y servicios, es gracias a ella que la competencia ha dejado de ser local para convertirse en internacional; los equipos de trabajo suelen ser globales y los puestos de trabajo en las grandes empresas se pelean ya no solo con gente de tu localidad, sino con personas alrededor del mundo.
 
Ya no basta con terminar una carrera en una buena universidad o poner tu pequeño negocio para poder alcanzar el éxito financiero que seguro tus padres lograron. Si las cosas se complicaron para nosotros, imagina cómo será dentro de quince o veinte años cuando nuestros hijos estén en edad productiva y su búsqueda por la estabilidad económica comience.

La educación comienza en casa, nada más cierto que esto. Los valores aprendidos en el hogar son la base fundamental, ya no sólo para la sana convivencia con los demás, sino para el éxito en la vida profesional. Todo padre de familia desea lo mejor para sus hijos y procura de una u otro manera ayudarles a lograrlo, lo mejor es, sin duda, darles las herramientas necesarias para que ellos lo logren con sus propios esfuerzos y capacidades.

A continuación una lista de habilidades que tus hijos necesitan para lograr el éxito deseado.

Tener un excelente trato

No es sólo cuestión de aparentar o tratar de quedar bien con las otras personas para poder hacer negocios. La importancia de ser una persona recta es básica para poder guiar las decisiones de negocio dentro de la legalidad, y darle a los demás el lugar que les corresponde como personas.
 

Concentración

 
La concentración es poder enfocarse en el aquí y el ahora. La solución de problemas requiere de mentes concentradas y enfocadas en un objetivo determinado. Sin esta habilidad no es posible hacer las cosas de manera precisa.

 

Dominar mínimo dos idiomas.

La realidad es que el castellano y el inglés parece que ya no bastan, pero menos asegúrate de dar una educación bilingüe a tus hijos. No es sólo por la posibilidad de mejorar sus

oportunidades de negocio, sino de ampliar sus horizontes culturales e interpersonales; nada mejor para comunicarse con un extranjero y aprender de ellos que en su idioma natal.

 

Saber vender

Vender un producto o servicio, o venderse a sí mismo es una habilidad esencial en un mundo en donde tendrán que competir con decenas o cientos de otras opciones No olvides que siempre debe venderse lo que se tiene o planea lograr y que no es válido mentir, en ninguna circunstancia, para hacer que los otros te compren.

 

Trabajo en equipo

 
Si se puede trabajar de manera efectiva en equipo puede hacerse en cualquier trabajo. Inscribe y lleva a tus hijos a actividades en equipo como un un grupo de danza, teatro o un equipo deportivo; ahí aprenderán a trabajar con los demás de manera ordenada y eficaz.

 

Organización

El orden es y la organización son básicos para que tus hijos logren sus objetivos de manera eficaz y eficiente. Enséñales a mantener ordenadas sus cosas y su habitación, esto creará en ellos este hábito tan importante.

Enfrentar el fracaso

No eres perfecto, así que no esperes que tu hijo lo sea, nadie lo es. Ellos se encontrarán con situaciones en las que seguro no lograrán su cometido; enséñales desde pequeños que eso no significa una derrota, sino una oportunidad de aprender de sus errores y de mejorar habilidades y destrezas.

 

Si consideras que esta información es valiosa para todos los padres de familia, compártela para que sea de gran ayuda.

Un clavo no quita otro clavo: lo retira el martillo que lo clavó

Por mucho que lo creamos, un clavo nunca quitará otro clavo. Iniciar una nueva relación afectiva como quien busca un analgésico para el dolor ante esa ruptura reciente, no es lo más acertado. Ese clavo hendido en nuestro corazón solo podrá retirarse con el propio martillo que lo clavó: poner otro supondría hacer el agujero más grande.

Sobrevivir a una ruptura sentimental es algo para lo que nadie nos ha preparado. Tal y como nos explica el doctor Vicente Garrido, a menudo solemos desesperarnos intentando buscar un porqué. Nos cuesta comprender que a veces las relaciones naufragan porque las personas tenemos libre albedrío, porque el amor se acaba o porque sencillamente la otra persona no es lo bastante madura como para librar tal responsabilidad.

Asumir el adiós definitivo, la distancia y el tener que empezar una nueva vida con un vacío al otro lado de la cama y otro más en el corazón, desespera. Nuestro cerebro entra en estado de “alarma”, interpreta ese dolor como algo real, como un impacto muy similar al de una quemadura. Necesitamos aliviar esa quemazón con una buena dosis de dopaminas, con algo fácil y rápido que anestesie el dolor del alma.

 

Hay quien logra evitar estos procesos llevando a cabo un adecuado proceso de aceptación, un proceso lento y delicado, donde ir reparando una a una las piezas rotas. Otros, en cambio, se niegan a asumir el final y buscan a la desesperada una reconciliación con la pareja, y finalmente están los que inician un camino que no siempre funciona: el de las relaciones de paso.

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El clavo que habita en tu corazón

La clásica expresión de que “un clavo quita otro clavo” aparece por primera vez en  el libro de Marco Tulio Cicerón “Disputaciones Tusculanas” sobre el año 44 a.C. Este texto iba dirigido a Marco Bruto y, en un momento dado, al hablar del mal de amores escribe lo siguiente:“Novo amore, veteram amorem, tamquam clavo clavum, eficiendum putant” (‘el nuevo amor saca al viejo amor, como un clavo a otro”).

 

Queda claro, sin duda, que no hay nada como volver a iniciar una relación estable, feliz y madura para darnos una nueva oportunidad, siempre y cuando, eso sí, estemos verdaderamente preparados para ello. Porque si bien es cierto que nadie es insustituible, lo que no somos es intercambiables. Nadie tiene por qué servir de tirita para la angustia, de analgésico momentáneo para la melancolía del desamor no superado.

La ruptura, un naufragio químico

Lucy Brown, neurocientífica de la Universidad de Medicina Einstein y experta en las respuestas del cerebro en el amor, nos explica que por término medio, superar una ruptura emocional puede costarnos entre 6 meses y dos años. Hay muchas diferencias individuales; sin embargo, según diversos estudios, son los hombres los que tardan más en recuperarse. Las mujeres, por su parte, sufren un impacto emocional más fuerte, pero superan antes las rupturas.

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El final de una relación se experimenta como un acto traumático porque nuestro cerebro está programado para conectarnos con otras personas, y cuando construímos ese tendón psíquico basado en el afecto y el amor, pocas cosas pueden ser tan gratificantes. Romper este vínculo es un auténtico naufragio químico.

Si durante la primera fase de la relación la pasión se vincula a la parte más primitiva de nuestro cerebro, también la pérdida y  ese estado donde nos sumimos en la amargura del duelo, emerge de esa área más antigua. Durante un tiempo, la emoción domina a la razón. Aunque poco a poco, emergemos de estas brumas con sabor a lágrimas y soledad.

 

Tiempo de llorar, tiempo de amar

El iniciar una nueva relación, al poco tiempo de haber terminado una de forma compleja y dolorosa, no significa que no pueda aliviarnos, distraernos, hacernos reír y disfrutar. Ahora bien, el no hacer el duelo de forma adecuada puede generar que nos “lancemos” al vacío con todos nuestros sentidos al máximo: tenemos hambre de amor, de ser consolados, buscamos la intensidad y no esa calma que, seguramente, nos haría recordar a quien ya no nos quiere.

No queremos términos medios, y algo así puede provocar serios efectos colaterales: que la otra persona, por ejemplo, se enamore cuando nosotros solo buscamos un tibio sucedáneo, un anestésico emocional. Queda claro, no obstante, que cada persona es un mundo y que tal vez, hasta ese acto arriesgado pueda salir bien; sin embargo, el destino de todo clavo es recibir martillazos. Así que, antes de hacer un agujero más grande, conviene hacer una reflexión en este sentido.

La experiencia de duelo

Iniciar una relación solo para nutrir las carencias, las necesidades y las frustraciones supone “coger” del otro lo que se necesita, como el ladrón que entra en la noche a robar a un hogar. No es algo lícito.

  • Las personas vivimos en una actualidad donde se lleva mucho eso de “tirar hacia delante”. Cuando nos preguntamos unos a otros aquello de “¿cómo vas?” solemos responder siempre “muy bien, tirando”. Es como si nuestra obligación fuera seguir siempre en pie en esta frenética carrera donde quien se detiene, pierde.
  • Sin embargo, detenernos de vez en cuando es una necesidad vital. No vivimos en el país de Alicia en el País de las Maravillas, ahí donde la Reina Roja instaba a los suyos a correr más rápido para sobrevivir. Nuestro cerebro también necesita la calma y esos momentos de introspección donde recoger pedazos, donde cerrar heridas y reconstruirse.

Hay un tiempo para llorar y un tiempo para volver a amar, pero no para amar a otros, sino para querernos de nuevo a nosotros mismos. Porque la mente que carga resentimientos y sueños rotos alimenta la baja autoestima en el corazón, y nadie, absolutamente nadie, puede volver a ser feliz con este tipo de equipaje.

Lo que los demás piensen de ti refleja quiénes son ellos, no quién eres tú

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Los Sioux tenían un proverbio muy interesante: “antes de juzgar a una persona, camina tres lunas con sus zapatos”. Se referían al hecho de que juzgar es muy fácil, entender es un poco más difícil y ser empáticos es muchísimo más complicado. Y solo se logra si hemos vivido experiencias similares.

Sin embargo, a menudo pretendemos que los demás nos entiendan, que comprendan nuestras decisiones y las compartan o que, al menos, nos apoyen. Cuando no lo hacen, nos sentimos mal, nos sentimos incomprendidos y hasta rechazados.

Por supuesto, no es culpa nuestra, todos necesitamos en algunas situaciones que alguien valide nuestras emociones y decisiones, es perfectamente comprensible. No obstante, supeditar nuestra felicidad a la aceptación de los demás o tomar decisiones basándonos en el miedo a que los otros no nos entiendan es un gran error.

Porque lo que los demás piensen sobre ti, en realidad dice más sobre ellos que sobre tu persona, refleja quiénes son ellos, no quién eres tú.

Cuando una persona critica a alguien sin haber sido capaz de ponerse en su lugar, sin mostrar una pizca de empatía y sin intentar comprender su punto de vista, en realidad está exponiendo su forma de ser. Con sus palabras puede estar gritándole al mundo lo mala persona que piensa que eres, pero con su actitud está desvelando que es una persona insegura, con un pensamiento rígido y llena de estereotipos.

Se critica lo que no se comprende o no se quiere aceptar

Lo cierto es que detrás de una crítica destructiva casi siempre se esconde el desconocimiento o la negación. De hecho, muchas personas te criticarán porque no comprenden tus decisiones, no han caminado con tus zapatos, no conocen tu historia y no entienden qué te ha impulsado a tomar ese camino. Muchas personas te criticarán desde el desconocimiento más profundo y, sobre todo, desde una postura arrogante que les hace pensar que son dueños de la verdad absoluta.

En otros casos las personas te criticarán porque verán reflejadas en ti ciertas características o deseos propios que no desean reconocer. De hecho, el escritor francés Jules Renard afirmó: “nuestra crítica consiste en reprochar a los demás el no tener las cualidades que nosotros creemos tener”. Por ejemplo, una mujer que es maltratada por su pareja puede criticar duramente el divorcio, de esta forma reafirma su posición: se dice a sí misma que debe seguir soportando esa situación. Y lo curioso es que mientras más dura sea la crítica, más fuerte suele ser la negación que se encuentra en su base.

En práctica, en algunas ocasiones la crítica destructiva no es más que un mecanismo de defensa conocido como proyección. En este caso, la persona proyecta en los demás esos sentimientos, deseos o impulsos que son demasiado dolorosos o que no es capaz de aceptar, de manera que los percibe como algo ajeno y punible.

¿Cómo sobrevivir a las críticas?

A nadie le gusta ser criticado, sobre todo si las críticas se convierten en auténticos ataques verbales. Desgraciadamente, no siempre podemos evitar estas situaciones, por lo que debemos aprender a lidiar con ellas sin que nos afecten demasiado.

¿Cómo lograrlo? He aquí algunas estrategias poco comunes pero muy eficaces:

1. Ponte en el lugar de quien te critica. La empatía es un poderoso antídoto contra la rabia y el enojo. No podemos enojarnos con alguien cuando comprendemos cómo se siente. Por eso, la próxima vez que alguien te critique, intenta ponerte en su lugar, aunque esa persona no sea capaz de ponerse en el tuyo. Así verás que probablemente se trata de alguien corto de miras, que no ha tenido tus mismas experiencias de vida o que acumula mucha amargura y resentimiento. Te darás cuenta de que no vale la pena molestarse por sus palabras.

2. Asume que es solo una opinión. Lo que los demás piensen sobre ti es su realidad, no la tuya. Esas personas te están juzgando según sus experiencias, valores y criterios, no según los tuyos. Si hubiesen caminado con tus zapatos y recorrido tu camino, es probable que pensaran de una manera muy diferente. Por tanto, asume que esas críticas en realidad son solo opiniones, ni más ni menos, y están bastante sesgadas. Puedes valorarlas y ver si les puedes sacar provecho, o puedes desestimarlas y no dejar que te arruinen el día.

3. Devuelve el golpe con gracia. Cuando se trata de críticas destructivas, lo más conveniente suele ser hacer oídos sordos ya que normalmente esa persona no está abierta al diálogo, si lo estuviera, en vez de juzgar y atacar, mostraría una actitud más respetuosa y comprensiva. No obstante, hay casos en los que es necesario ponerle freno a la situación. Después de todo, cuando tenemos que enfrentar males extremos, hay que recurrir a soluciones extremas. En esos casos, responde sin alterarte y con frases escuetas que no den pie a réplicas. Por ejemplo, puedes decir: “No acepto que me des tu opinión sobre algo que no conoces” o “Creo que no me entiendes, y tampoco quieres hacerlo, así que no acepto que me critiques”.

No critiques sin antes pensar

“En general, los hombres juzgan más por los ojos que por la inteligencia, pues todos pueden ver, pero pocos comprenden lo que ven”, dijo Nicolás Maquiavelo hace ya varios siglos. Podemos hacer nuestra esta frase que mantiene plenamente su vigencia y asegurarnos de que nuestras críticas contengan la semilla del cambio, que sean constructivas. Criticar por criticar solo significa que tenemos la lengua desconectada del cerebro 🙂