El reto de volver a vivir después de un trauma

Mujer con paraguas pensando "no te rindas"

Accidentes domésticos, de coche o de avión, ser testigo de sucesos que amenazan la vida como huracanes o terremotos, violaciones o secuestros. Todas estas situaciones tienen algo en común: pueden convertirse en traumas duraderos e incapacitantes para las personas que las sufren. Pero, ¿cómo volver a vivir después de un trauma?

Estas experiencias pueden ser más o menos dolorosas dependiendo de la personalidad y de las circunstancias de cada uno. Mientras que para algunos un acontecimiento puede suponer shock muy grande, para otros el mismo acontecimiento no pasará de ser un hecho reseñable que olvidarán pronto. ¿Qué se puede hacer para evitar que nos paralicen y podamos seguir adelante?

¿Las experiencias traumáticas pueden cambiar nuestra personalidad?

Las situaciones traumáticas pueden producir cambios significativos en la personalidad y en la vida de las personas y sus efectos podrían rastrearse aunque hayan pasado un número elevado de años desde el incidente. Por un lado, requieren de un gran esfuerzo adaptativo por parte de la persona que las sufre; por otro, demandan un reajuste de sus capacidades, potencialidades y recursos desde los que seguirá haciendo frente a sus retos futuros.

En algunas ocasiones, estos reajustes pueden hacer que la persona gane en asertividad o capacidad de esfuerzo y autocontrol. Pero, en otros casos, pueden hacer que la persona se sienta insegura y vulnerable, lo cual dificultad la forma de vivir después de un trauma. Además, también pueden desencadenar estrategias de afrontamiento que, lejos de ayudarla, van a perjudicarla.

Mujer sufriendo

Un caso evidente en el que el trauma incide sobre la personalidad de la víctima es el de las víctimas de violencia de género. Estas mujeres son sometidas constantemente a situaciones potencialmente traumáticas: cuando la pareja llega a casa y la chilla, la golpea, la veja y la humilla. Por eso, ella solamente podrá encontrar algo de paz cuando su esposo abandona el hogar.

Sin duda, las agresiones dejarán huella en su personalidad. Además de las lesiones físicas, aludiendo a lo estrictamente psicológico, dichos ataques pueden hacer que una persona pase de ser la dominadora de sus miedos a víctima de ellos, de mostrarse segura en sus decisiones a dudar y temer las consecuencias de cada una de ellas, de extrovertida a introvertida, etc.

Otro ejemplo. Haber sufrido un accidente de avión requiere que cada uno de los pasajeros tenga que hacer frente a una nueva realidad o situación, aceptando y asumiendo el trauma subyacente a una posible pérdida de seres queridos, heridas o lesiones graves y crónicas.

De alguna manera, esa persona será más proclive en los meses o años siguientes a desarrollar nuevos miedos (a volar, claustrofobia, evitación de eventos sociales) o a verse afectada por algún trastorno obsesivo. Como vemos, vivir después de un trauma puede resultar demasiado complejo.

Cuando las experiencias traumáticas se ventilan, disminuye su impacto

Antes de los 6 años, las experiencias traumáticas son casi imborrables si no se tratan, porque se fijan en el inconsciente y en el subconsciente. Por ello, es importante tener ciertas nociones básicas sobre qué es recomendable hacer y qué es recomendable no hacer en este tipo de situaciones tan extremas.

En el caso de las emergencias o catástrofes, es recomendable no dormir durante las seis primeras horas posteriores a la crisis. Los sueños juegan un papel importante en la consolidación del recuerdo, por lo que es mejor mantenerse despierto u ocupado para evitar recordar imágenes impactantes o traumáticas.

Aunque los afectados deseen reposar o descansar, es conveniente no dejarles conciliar el sueño al menos durante ese período de tiempo. Tampoco conviene darles somníferos, sino dejar que su ciclo de vigilia y sueño sea el natural.

La autoayuda en el trauma

Como hemos dicho, la respuesta de una persona ante un suceso traumático puede variar. Por ello, es crucial que los especialistas entiendan que los síntomas son múltiples, todos igualmente aceptables y que hay que dar a cada persona un trato individualizado y particular.

En primer lugar, para volver a vivir después de un trauma, es recomendable que la persona mantenga su rutina diaria, que no cambie sus hábitos de la noche a la mañana tratando de evitar la situación vivida. No ha de escapar de los lugares o las personas que le recuerden al trauma, sino tratar su malestar con un profesional.

Para ello, el primer paso es reconocer que no podemos controlar todo lo que sucede a nuestro alrededor. Por otro lado, es recomendable no exponerse a más momentos o sucesos estresantes y tratar de reducir el malestar participando en actividades lúdicas, descansando y resolviendo los conflictos desde el sosiego.

Mujer en el campo intentando volver a vivir después de un trauma

La revelación emocional es una parte muy importante del proceso

Por último y no menos importante, apoyarse en los seres queridos. Siempre será positivo dar expresión a las emociones, sacar lo que nos produce dolor, verbalizarlo, ponerle nombre y apellidos. Piensa que enfrentarnos a algo es más fácil cuando sabemos qué es ese algo, también será más fácil que los demás ayuden cuando conocen ese algo. Pero no solo las emociones o el objeto que las causa, sino también el hilo que une a las dos entidades.

Puede parecer demasiado simple y sencillo, pero solo con el relato la persona puede encontrar una buena parte de la seguridad que ha perdido. Especialmente si este relato es aceptado y entendido como lógico por parte de los demás.

Se produce un alivio al decir un secreto o al escribirlo. Ambas son herramientas de autoconocimiento y de autoterapia y contribuyen positivamente a superar y volver a vivir después de un trauma. De hecho, no integrar los sucesos traumáticos, negativos o perturbadores en la historia personal puede producir problemas muy serios en forma de disociación.

El estrés postraumático

Después de un suceso traumático, es muy posible que la persona que lo ha sufrido se sienta muy condicionada por el mismo: la mayoría de su mundo interior y buena parte del exterior se ve contaminada por él. Por otro lado, si los problemas empeoran es posible que exista un trastorno por estrés postraumático, un caso masivo de estrés agudo cuyos efectos pueden durar años e incluso toda la vida.

Es habitual que las personas revivan la situación que causó el trauma en forma de flashbacks. También es habitual que tengan problemas con el sueño o la sensación de haber caído en una especie de insensibilidad emocional. Que estos síntomas se cronifiquen dependerá de la intensidad y/o gravedad del suceso. Además, no olvidemos que el estrés funciona de manera aditiva; dicho de otra manera, cualquier evento estresante que se produzca después del trauma añadirá más ansiedad a la que ya ha causado el mismo, su recuerdo o las limitaciones que produce.

Pensemos que nadie está a salvo de sufrir una situación traumática, inesperada e incontrolable. En cualquier caso, lo más recomendable será siempre consultar con un profesional. Este no solo nos dará indicaciones para proceder, sino que podrá en nuestras manos las herramientas que más nos pueden ayudar para volver a vivir después de un trauma.

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Personas que caen bien a la primera, personas con magia

Chico sonriendo

Hay personas así, de las que caen bien desde el “minuto cero”. No sabemos bien qué hay en ellas, pero en este mundo de grises y claroscuros su presencia es ese punto de color que nos atrae, nos alegra y nos reconcilia con la vida. Dice la ciencia que tal vez sea su sonrisa, su actitud o su aire acogedor pero para muchos sus virtudes naturales parecen más bien cosa de magia, algo inexplicable.

Es muy posible que el nombre de Dale Carnegie no nos suene de nada. Sin embargo, este empresario y prolífico escritor de los años 30 asentó las bases de todas esas publicaciones de autoayuda que hoy llenan nuestras librerías. Una de sus publicaciones más conocidas y de las más vendidas de la historia fue sin duda “Cómo ganar amigos e influir en las personas”.

En este libro se detallaba por primera vez una de las mayores aspiraciones (lo queramos o no) del ser humano, a saber: “caer bien a los demás”. Desde aquellos años 30 hasta la actualidad el interés por esta disciplina de la psicología no ha hecho más que expandirse. De hecho, a día de hoy y dentro del área del coaching, todo buen profesional de este campo que se precie debe saber entrenar a sus clientes en esas herramientas básicas y esenciales con las que crear un impacto positivo en sus entornos sociales.

Sin embargo, lo más curioso de todo esto es que hay personas que ya vienen de “fábrica” con esta capacidad, con esa habilidad natural para conectar casi al instante con quien tengan en frente para despertar emociones positivas, confianza y seguridad. Esa chispa a instantes mágica, espontánea y fructífera es casi como un diamante invisible que todo buen líder, por ejemplo, querría tener consigo para atraer a más gente.

Es también esa herramienta que toda persona con escasas habilidades sociales desearía poder desarrollar para disfrutar de unas mejores relaciones, de un mejor día a día donde poder hacer más amigos, encontrar pareja y sentirse, en esencia, más seguro de sí mismo. Tal y como vemos, estamos ante una dimensión psicológica con un gran atractivo para el campo del crecimiento personal que bien merece analizarse en detalle.

Amigos saltando felices

Personas que caen bien sin buscarlo ni necesitarlo, personas auténticas

Algo que todos sabemos es que querer caer bien a todos los que nos rodean es una fuente de inagotable sufrimiento. No tiene sentido, no es útil ni saludable. Sin embargo, ahí están esos perfiles que sin esfuerzo alguno, sin buscarlo ni pretenderlo, logran conectar casi al instante con el 80% de esas personas con las que se encuentran a diario.

Muchos no dudarían en decir aquello de que la explicación está en el atractivo físico. Ahora bien, algo que sin duda saben bien quienes llevan a cabo la selección de comerciales o de captadores para alguna ONG es que hay algo más, algo presente en el lenguaje no verbal o incluso en eso que muchos llaman ya “el arte de la suavidad”. Es decir, la virtud de tener una actitud abierta y acogedora que nos ayude a llegar a los que están ante nosotros de manera afable, segura y eficaz.

Veamos ahora qué otras dimensiones comparten todas estas personas capaces de caer bien sin apenas pretenderlo.

La sonrisa Duchenne, la más sincera

Todos nosotros somos perfectamente capaces de fingir una sonrisa. Podemos regalar a los demás la más espectacular y cautivadora de las sonrisas, y sin embargo, lo que hay tras ella a veces es la más afilada de las falsedades.

  • Dicen de la sonrisa de Duchenne que es cautivadora por naturaleza, que inspira confianza y que es como una bisagra natural en todo escenario social.
  • Su expresión en el rostro es el resultado de la contracción de los músculos cigomático mayor y menor cerca de la boca. Ambos se elevan en la comisura de los labios, así como el músculo orbicular cerca de los ojos. También aparece una contracción que eleva las mejillas y produce pequeñas arruguitas alrededor de los ojos…

Mujer sonriendo

La humildad, la cualidad más atractiva

Hay una serie de dimensiones que causan tirantez inmediata. Son sin duda todas aquellas que vienen de esas personas que aparecen ante nosotros hablándonos de su vida privada de buenas a primeras, criticando a terceros no presentes, siendo indiscretos, excesivamente bromistas o haciendo un uso y abuso desmedido del pronombre personal “yo”.

Todos lo hemos experimentado alguna vez. Sin embargo, en el polo opuesto están quienes sin pretender nada, lo consiguen todo. Quienes mediante su humildad natural nos caen bien al instante por una serie de dimensiones, de pinceladas capaces de conformar un lienzo personal mágico y excepcional.

  • Lo decíamos hace un momento, algo que suelen practicar las personas que nos caen bien es el arte de la suavidad. Mediante una actitud siempre abierta logran establecer una confianza inmediata con nosotros para que podamos abrirnos a ellos con comodidad y naturalidad.
  • Su poses, sus lenguaje no verbal está exento de cualquier rasgo de poder. No se imponen, no hay rigidez en ellos, sino apertura y cercanía.
  • Asimismo, algo común en las personas que caen bien es que no se quejan, no demandan, no critican y su actitud siempre es exquisitamente humilde…

Amigos hablando al atardecer representando a las personas que caen bien

Para concluir, a pesar de que hay efectivamente infinidad de personas con estrella o luz propia que vienen con estos rasgos inscritos ya en su “disco duro”, cabe decir algo importante al respecto: todas estas cualidades pueden entrenarse. Si bien es cierto que no es necesario querer caer bien a todo el mundo, a todos nos agrada poder conectar mejor con determinadas personas.

Por tanto, trabajar día a día en estas dimensiones nos ayudará sin duda a llegar más allá de las miradas, a instalarnos casi sin pedir permiso en esos corazones ajenos que son de nuestro interés.

5 expresiones que es mejor no utilizar

hombre con caja guardando expresiones que no son correctas

Hay expresiones que están diseñadas por el odio. Son palabras o frases que se emplean casi siempre en momentos de ira y cuyo objetivo es destruir. Lo grave es que muchas veces logran su cometido: hieren, marcan y hasta devastan a una persona. Casi siempre son emitidas por alguien que detenta una falsa autoridad.

Por más que se tengan desavenencias con otros, hay expresiones que jamás deberíamos permitirnos. Y no deberíamos hacerlo porque se trata de mensajes violentos. Aquí ya no estamos hablando de esa agresividad nacida de contradicciones o diferencias, sino de actos violentos que solo engendran más violencia y destrucción.

Resulta aconsejable que quien utilice este tipo de expresiones haga una reflexión sobre aquello que lo motiva a emplearlas. Hay más que ira detrás de ellas. Lo cierto es que ganamos cuando se erradican esas palabras, porque hasta las ofensas tienen un límite razonable. Enseguida te mostramos cinco de esas expresiones que es mejor relegar al cajón del olvido.

Tonto… y sinónimos

Bien haríamos en cuidarnos de llamar a alguien “ tonto, o “bobo”, o “lento” o los diez mil sinónimos que tienen esas palabras. Son palabras insultantes cuando las decimos fuera de un contexto relajado y de broma; sobre todo lo son cuando este tipo de expresiones se dicen con ira o en un tono despectivo.

hombre con pipa huyendo de las malas expresiones

Se trata de una ofensa que se dirige a la esencia misma de la persona. Se califica, o más bien se descalifica, su capacidad mental. En ese sentido, estas etiquetas traspasan por mucho los límites de la crítica. Es un acto de violencia psicológica que destruye. Nunca deberíamos utilizar esas expresiones con nadie, pues nadie las merece.

Fracasado

Es una de las expresiones más utilizadas, especialmente después de que buena parte de las películas comerciales comenzaron a utilizar el término “perdedor” o “loser” como la ofensa favorita. En las sociedades altamente competitivas, y sobre todo consumistas, el éxito tiene unos límites muy precisos y una connotación absoluta.

Una perspectiva menos obtusa nos lleva a ver que rara vez, por no decir nunca, esta etiqueta tiene un sentido. Los tiempos de logros se alternan con los tiempos de pérdidas. Todos evolucionamos y todos también caemos alguna vez. Nadie es categóricamente fracasado, como tampoco nadie es absolutamente exitoso. Sin embrago, designar a otros con ese tipo de etiquetas supone un intento de marcarlos con una denominación que las despoje de su valor personal y para la sociedad.

Eres un inútil

Este tipo de expresiones se vuelven genuinamente violentas cuando son expresadas dese un poder, sea cual sea: un padre, un maestro, un gobernante, etc. Es en esas condiciones cuando revelan su mayor poder destructivo. De todos modos, en cualquier circunstancia es deplorable que un ser humano se refiera a otro en esos términos.

hombre que se cubre la cabeza huyendo de las malas expresiones

Calificar a alguien de “inútil” significa poner en tela de juicio todas sus acciones. Es un calificativo absolutista: apunta a la globalidad de la persona. Está destinado a anular al otro, a buscar que desaparezca dentro de una categoría de los valores humanos. No existe una forma constructiva de emplear esta palabra con otra persona.

No puedes o no vas a poder

Es otra de esas expresiones categóricas, que no solamente resultan profundamente ofensivas, sino que también son falsas. ¿Quién tiene la “bola de cristal” para determinar que alguien no puede, o no podrá hacer algo? La historia está llena de muchos que dijeron “no podrás” y luego tuvieron que retractarse.

Lo que no sabemos es cuántos intentos se malograron por esa falta de confianza inducida por otros. El ser humano es cambiante y la vida es dinámica. Lo que no pudiste hacer hoy, quizás se vuelve muy fácil de realizar mañana. Por el contrario: nadie tiene el derecho de decirle a otro que no lo logrará.

Raro o rarito

Es una de las expresiones más mezquinas porque ni siquiera se trata de un insulto directo. Alguien es “raro” o “rarito”, ¿con respecto a qué? ¿Cuál es el parámetro que se toma como base para definir a alguien como extraño a ello? En últimas, ¿qué es lo malo de ser “raro”? ¿Dónde está el problema por serlo?

mujer arlequin

Este tipo de expresiones buscan horadar, carcomer la dignidad del otro. La rareza es, en principio, una virtud. ¿No tiene muchas veces más valor lo escaso que lo común? Así que el problema no está en esa particularidad. Esas palabras se usan para marcar y excluir. Para hacer que el otro se sienta “fuera” de la norma o de lo aceptable.

Si eres una de esas personas que tiene accesos de ira incontrolables, es importante que revises qué pasa. Recuerda que las palabras, una vez dichas, no tienen vuelta atrás y repara el daño que pueda resultar de su eco será poco menos que una misión imposible. Así, las expresiones destructivas pueden dar origen a conflictos más serios, para los que la solución es complicada.

A veces decimos estar cansados, cuando en realidad nos sentimos tristes

 
mujer con hilos y flores representando cuando estamos cansados

A veces nos sentimos desafinados, envueltos en una cotidianidad de grises y blancos, vacía y sin sentido. Cuando nos preguntan qué nos pasa decimos que estamos cansados, solo eso y nada más. Sin embargo, bajo ese agotamiento sin forma ni razón se esconde la tristeza, esa amiga cenicienta que se instala sin permiso en la mente y el corazón para inocularnos la apatía y el recogimiento.

Admitámoslo, todos hemos vivido en algún momento esta misma situación. Cuando al cansancio se le añade esa emoción pegajosa, lánguida y profunda como es la tristeza, uno no duda en ocasiones en acudir al “doctor Google” en busca de un posible diagnóstico. Al instante nos aparecen términos como “ depresión“, “anemia”, “hipotirodismo”, etc.

Cuando la tristeza se instala en nosotros la concebimos al instante como algo equivocado, como algo patológico de lo que liberarnos al instante como quien se sacude el polvo o la suciedad de la ropa. No nos gusta y queremos defendernos de ella sin detenernos siquiera a entender su anatomía, a profundizar en sus melancólicos recovecos para adquirir un aprendizaje mucho más profundo de nosotros mismos.

De hecho, se nos olvida a veces que la tristeza no es un trastorno, que tristeza y depresión no son lo mismo. Mientras esta emoción no se prolongue en el tiempo y no interfiera de manera continuada nuestro estilo de vida, tenemos una buena oportunidad, por paradójico que resulte, para avanzar y crecer como personas.

Siempre estamos cansados, pero bajo ese cansancio puede haber algo más

A veces pasamos épocas así, esas en las que nos acostamos cansados y nos levantamos de igual modo. Podemos ir al médico, y sin embargo, los análisis nos dirán que no hay desajuste hormonal, ni déficit de hierro ni ninguna otra patología de origen orgánico. Es muy posible que el profesional de la salud nos indique que tal vez sea el cambio de estación, una pequeña distimia típica del otoño o la primavera. Algo muy leve y que se podrá resolver con un tratamiento farmacológico puntual y limitado en el tiempo.

Ahora bien, hay estados emocionales que no requieren en absoluto del auxilio de la farmacopea para ser resueltos. Sin embargo, al experimentar su impacto psicosomático en nuestro cuerpo es normal que nos asustemos, y cometamos el error de tratar el síntoma sin aborda primero el foco del problema: la tristeza.

¿Por qué nos sentimos cansados cuando estamos tristes?

Los mecanismos cerebrales que rigen nuestros estados emocionales se diferencian bastante entre sí. Mientras la alegría o la efusividad originan toda una serie de conexiones e hiperactividad en nuestras células y regiones cerebrales, la tristeza es mucho más austera y prefiere economizar en recursos. Sin embargo, lo hace por un fin muy concreto.

  • Es interesante saber además que la estructura que asume el control en nuestro cerebro es la amígdala, pero cuidado, solo una parte de ella, en concreto, la parte derecha.
  • Esta pequeña región cerebral es la que nos induce esa sensación de recogimiento, de inactividad, de cansancio físico… Toda esta bajada de energía tienen en sí mismo un fin: favorecer la introspección.

Asimismo, los estados de tristeza reducen nuestra capacidad de atención en todos esos estímulos exteriores que nos rodean. Esto es así por una razón más que evidente: el cerebro nos intenta decir que es momento de detenernos y pensar, de reflexionar en ciertos aspectos de nuestra vida.

Cosas que debemos aprender sobre estos estados ocasionales asociados a la tristeza

La tristeza ocasional, esa que nos abraza durante unos días y que nos hace sentirnos cansados, apesadumbrados y desconectados de nuestra realidad es algo que no podemos desatender. Tratar los síntomas, resolver nuestro cansancio con vitaminas o nuestra cefalea con analgésicos no sirve de nada si no llegamos a la auténtica raíz del problema.

En caso de no hacerlo, en caso de no detenernos y atender qué es lo que nos enturbia, molesta o nos preocupa, es posible que ese ovillo se haga más grande y la tristeza más extensa. Por lo tanto, nos puede ser de utilidad reflexionar en una serie de dimensiones sobre esta emoción que sin duda nos aclararán algunos pequeños detalles.

Rostro con hilera de flores

Tres “virtudes” sobre la tristeza que debemos comprender

  • La tristeza es una advertencia. Lo señalábamos antes, la pérdida de energía, el estar cansados y faltos de recursos mentales para desenvolvernos en el día a día son solo síntomas de un problema evidente que debemos resolver.
  • La tristeza como resultado del desapego. En ocasiones, nuestro propio cerebro ya nos está avisando de algo que nuestra mente consciente no termina de asumir: “es momento de dejar esa relación”, “ese objetivo que tienes en mente no va a cumplirse”, “no eres feliz en ese trabajo, te estás quemando, te están vulnerando: tal vez debas dejarlo”…
  • La tristeza como instinto de conservación. Este dato es curioso y debemos recordarlo: en ocasiones la tristeza nos invita a “hibernar”, a desconectar temporalmente de nuestra realidad para conservar recursos… Es algo común cuando por ejemplo sufrimos una decepción, ahí donde siempre será más saludable reflexionar unos días en íntimo recogimiento con el fin de salvaguardar nuestra autoestima, nuestra integridad…

Para concluir, tal y como podemos ver, hay épocas en nuestra vida donde el cansancio tiene poco de físico y sí mucho de emocional. Lejos de ver la tristeza como un trastorno a tratar, debemos verla como una voz interna a la que escuchar, como una emoción valiosa y útil que se constituye como esencial para el crecimiento del ser humano.

Querida vida, voy a vivirte hasta dejarte sin aliento

bailarina con luces alrededor disfrutando de la vida

Querida vida, quiero pedirte perdón por todas esas veces en que te descuidé y no saqué el máximo partido de todo lo que me ofrecías. Ahora que han caído mis miedos, mi timidez y mis prejuicios, prometo bailarte hasta el amanecer, prometo quererte, escucharte y hacerte reír hasta que te duela la tripa, hasta que quedes sin aliento. Porque tú y yo nos entendemos, porque valemos la alegría.

Decirnos esto mismo en algún momento de nuestro ciclo vital puede suponer sin duda todo un punto de inflexión, o como diría cualquier amante de la espiritualidad, un “despertar”. Sin embargo, no siempre logramos desplegar todos nuestros recursos y actitudes para iniciar un compromiso tan firme con nosotros mismos como para permitirnos disfrutar de todos esos días que nos quedan por delante.

Tal vez, dicho propósito, el de vivir de forma intensa hasta quedar sin aliento nos parezca algo demasiado hedonista. Sin embargo, tras esta visión se encuentra algo muy simple en lo que coinciden desde antropólogos hasta sociólogos, pasando por los psicólogos positivistas. Cada una de las acciones que llevamos a cabo las personas responden a dos pulsiones muy básicas: sobrevivir, y mientas lo logramos, ser felices.

Existir, abrir los ojos cada día, poner los pies en la calle y relacionarnos son dimensiones que responden a un proceso continuado de “ensayo-error” del cual aprender para poco a poco lograr aquello que tanto deseamos: la estabilidad, la calma interior, el bienestar y en esencia… la felicidad. Ahora bien, para alcanzar este fin es necesario que añadamos un ingrediente en esta receta: la pasión.

Chica bailando

Una vida con pasión, ese es el secreto

La psicología humanista sigue siendo una de las corrientes de pensamiento más importantes y útiles de la psicología. A su vez, no podríamos entenderla sin dos grandes personalidades como fueron Carl Rogers y Abraham Maslow. Fueron ellos quienes nos indicaron por primera vez que somos nosotros los únicos dueños de nuestra realización, nosotros quienes estamos en la obligación de trabajar cada día en nuestro crecimiento y en nuestra felicida

mujer pintando estrellas

A partir de hoy voy a vivirte con ganas, con todo mi ser y todo mi aliento

Podríamos decir casi sin equivocarnos que la actual sociedad de consumo nos ha querido convencer de que la felicidad es un estado del ser momentáneo y fugaz, asociado casi siempre al ocio o a la posesión de determinados productos. Un buen coche, un teléfono de una marca determinado, ciertas comodidades en el hogar, un estilo de ropa particular asociado también a una firma muy concreta… Todo ello nos confiere una felicidad desechable, un falso bienestar que nos convierte en auténticos adictos.

Tal vez convendría asumir ahora otra perspectiva diferente y mucho más lógica. Aceptemos por una vez que la felicidad no tiene por qué ser momentánea ni fugaz. Para lograr una vida acorde a lo que queremos, necesitamos y que a su vez puede darnos un bienestar permanente, necesitamos trabajar a diario en una serie de dimensiones que sin duda, nos serán de gran utilidad.

Te proponemos reflexionar sobre ellas.

Pareja con bicis disfrutando de la vida en el campo

Claves para una vida más plena

  • El propósito apasionado. Hablábamos de él hace un momento: para llevar una día a día más feliz y garantizar que el bienestar sea permanente y satisfactorio debemos hallar esas pasiones internas que nos definen y que a su vez pueden dar forma a nuestro estilo de vida. Debemos por tanto concienciarnos de que cada cosa que llevemos a cabo, debe satisfacernos, debe estar en sintonía con nuestros valores, identidad e intereses personales.
  • Pensamiento racional. Sabemos que en la actualidad el tema de las emociones y las intuiciones tienen un peso relevante a la hora de entender nuestro comportamiento. Sin embargo, debemos tenerlo claro: en nuestro propósito por ser felices debemos tomar decisiones racionales, firmes y objetivas. Ello implicaría por ejemplo, decidir alejarnos de ciertas personas, dejar el trabajo para iniciar nuevos proyectos… Todas estas decisiones implican un pensamiento lógico y racional que no podemos descuidar y que a su vez, requieren de otra dimensión: valentía.
  • Auto-disciplina. Para vivir la vida al máximo, más allá de lo que muchos puedan creer, se requiere de cierta disciplina. Porque a veces, por ejemplo, es necesario dejar a un lado la gratificación inmediata para obtener mayores recompensas a largo plazo.

Para concluir, tal y como podemos ver para dar forma a una existencia mucho más significativa y positiva hace falta una buena fuerza de voluntad, disciplina y algo de coraje. Porque en ocasiones, y eso lo sabemos todos, es necesario tomar una serie de decisiones bastante serias con las cuales alcanzar aquello que tanto estábamos esperando.

Hacerlo, atrevernos a ello, puede abrirnos esa puerta con la que empezar a ser nosotros mismos por primera vez desde hace mucho…

Hay gente que te inspira y hay personas que te agotan

mujer con lobo

Hay personas que agotan, que engullen tu tiempo, la paciencia y tu energía. Son presencias sibilinas doctoradas en promesas incumplidas que nunca están en paz y siembran guerras con el mundo entero. Por eso, hemos de ser selectos y sabios en nuestras relaciones y rodearnos solo de ellas: de las personas que inspiran.

En un interesante estudio sobre interacción social llevado a cabo en la Universidad de Rochester (Nueva York) se concluyó con un dato curioso: 1 de cada 10 personas presentaría un estilo de personalidad que los expertos definieron como “saboteadores de la felicidad”. Las personas que agotan son quizá las más comunes, porque despliegan, a veces sin saberlo, conductas estresantes que condicionan de forma directa aquellos entornos donde se mueven.

Algo que muchos de nosotros podemos pensar al definir a este tipo de perfiles, es que estamos hablando una vez más, de personas tóxicas. No es lo adecuado. No debemos caer tan rápidamente en el uso de estas etiquetas que poco tienen de científico y sí mucho de popular, porque generalmente, pasamos por alto conductas y actitudes particulares de una persona o de un estilo de personalidad en concreto.

Si una persona nos agota es porque nosotros somos permeables. Te invitamos a reflexionar sobre ello.

chica con vestido azul

Personas que agotan: mecanismos psicológicos

Hay personas que agotan en nuestra familia, en nuestros trabajos, entre las amistades e incluso por qué no, en nuestras relaciones afectivas. Nos agotan cuando somos prisioneros de los afectos y el ser amado se convierte en un comerciante que apunta nuestras faltas y luego se las cobra. Nos cansan los discursos egoístas, los prejuicios y los campos minados por el victimismo y el chantaje.

El impacto emocional de las personas que sabotean nuestra calma

Podríamos decir que el término “quemar” adquiere aquí una connotación casi real. Las personas que agotan nos usan a menudo como “contenedores emocionales” donde volcar sus pensamientos, miedos y oscuridades, hasta el punto de desgastar lentamente esa arquitectura tan íntima y poderosa que forma nuestro cerebro.

cerebro

  • Las personas que agotan nos ocasionan un alto nivel de estrés. Cuando esta emoción negativa se vuelve crónica, las dendritas neuronales (los “bracitos” con los que se unen nuestras células nerviosas) se rompen a causa de esta sobreexcitación tan dañina y estresante. El área donde más se sucede esta alteración es en nuestro hipocampo, ahí donde se localiza la memoria y las emociones.
  • El sentirnos agotados, el ser “permeables” a este tipo de conductas, lejos de apagarnos o de conferirnos cierto cansancio, nos mantiene siempre en alerta. Es la clara e instintiva sensación de querer defendernos de “algo” o “alguien”, de vivir siempre a la defensiva pero al mismo tiempo sintiéndonos cautivos.

Estamos seguros que ante estas mismas situaciones muchos te habrán dicho aquello de ” pues aprende a poner límites de una vez”. Ahora bien, en realidad, se trataría de algo mucho más sencillo que todo esto.

Basta con tomar plena conciencia de algo esencial: nadie tiene derecho a quemar todas tus naves de la felicidad, nadie debe traerte tormentas cuando tú habitas en un océano en calma. Nadie debe llevarte a esa deriva donde se esconden tus demonios internos. Busca gente que te inspire, no que prenda la chispa de tus incendios internos hasta el punto de “quemarte”.

Me gustan las personas que me inspiran

A menudo, suele decirse que cuando uno es muy-muy joven no elige a sus amistades o a sus primeros amores, acogemos lo que nos viene con pasión y sin filtro alguno, llevándonos por una ceguera momentánea que se curará, seguramente, con los años. Ahora bien, con el tiempo nos volvemos mucho más selectos, más hábiles y menos permeables a lo que no sirve, a lo que agota, a lo que desea robarnos lo que nos es legítimo: la felicidad.

pareja bailando en la luna

Buscar o mejor dicho, permitirnos encontrar personas que nos inspiran es una necesidad vital en la que deberíamos invertir cada día. Porque quien inspira abre las ventanas del alma y enciende además el faro de nuestra mente para permitirnos emerger de nuestras noches de apatía, de miedos y soledades.

Tener madres, padres o hermanos que nos inspiren, por ejemplo, es algo que nos confiere también fortalezas excepcionales para crecer en madurez y libertad. Disponer de amigos que no agotan, sino que se alzan como figuras en las que inspirarnos para ser mejores personas, es sin duda un privilegio al que nunca deberíamos renunciar.

Por su parte, ningún amor puede ser tan pleno y auténtico como el que se construye con las raíces del respeto y con las hojas relucientes de la admiración y la inspiración mutua. Porque para inspirar a alguien no es necesario ser perfecto, en realidad, basta con que los demás vean cómo superas tus propias imperfecciones para dar siempre lo mejor de ti en cada momento.

Vale la pena tenerlo en cuenta.

Reconocer nuestros errores nos brinda la oportunidad de aprender de ellos

 
Hombre con árbol en el rostro que sufre de impaciencia pensando en sus errores

Dijo Confucio que “cometer un error y no corregirlo es otro error”. Siguiendo este razonamiento, ¿es cierto que dejamos de aprender de nuestros errores al negarlos? Es decir, ¿negar un error es el primer obstáculo para reparar las consecuencias de un error que hayamos cometido?

Al fin y al cabo, cuando decimos la célebre frase “yo no he sido”, la cual entraña en muchos casos una negación evidente de nuestra posible responsabilidad, ¿no estamos intentando en el fondo justificar un error? Y el hecho de justificarlo, ¿no es una forma de no reconocer algo mal hecho? Así que, al fin y al cabo, ¿no estaríamos ante una negación?

¿Qué sucede al negar un error?

Es decir, al no entonar “el mea culpa” ante nuestros errores, muchas veces lo que intentamos es poner distancia entre lo que ha ocurrido y sus consecuencias. Sin embargo, no es menos cierto que esta misma distancia dificulta la posibilidad de aprender de lo que ha ocurrido. Aleja así la posibilidad de revisar el proceso e identificar los fallos.

Mujer tapándose los ojos

Por otra parte, esta distancia también puede producir que en un primer momento suspiremos de alivio. Un alivio que se trasformará en ansiedad en el caso de que tengamos que volver a afrontar el mismo reto, cuando nos tiremos de los pelos por no haber puesto los medios suficientes para subsanar nuestras carencias.

Por ejemplo, si el departamento de la empresa en el que trabajamos se tiene que comunicar con un país de otro idioma y nosotros como máximos responsables no asumimos que debería haber alguien (o nosotros mismos) que estuviera en disposición de hacer tal comunicación, difícilmente lo asumiremos como nuestra responsabilidad, difícilmente se hará la comunicación en esa ocasión y difícilmente se hará en las siguientes ocasiones.

Además de imposibilitarnos para el futuro, renunciar a la tarea de explorar nuestros fallos, por no reconocerlos, es una actitud que supone un obstáculo para el autoconocimiento. Al renunciar a este proceso, también renunciamos a aceptar la responsabilidad de los aciertos que también se han dado, ignorando así nuestras capacidades más destacadas y evitando que las potenciemos.

Formas en que la negación provoca no aprender de nuestros errores

Llegados a este punto, merece la pena recordar un estudio llevado en equipo entre investigadores de la Universidad de California y Nueva York. En el mismo, se desveló que el hecho de no asumir nuestros propios errores se relaciona con nuestra personalidad, y hace disminuir nuestro potencial de crecimientos.

Para llegar a estas conclusiones, analizaron miles de perfiles. En ellos, trataban de identificar los tipos de personalidad dominantes según las reacciones que adoptaban ante los errores.

Definitivamente, el estudio arrojó curiosos resultados. Dentro de los mismos, se estimaba que el 70% de la población podía ser perfectamente catalogada dentro de tres grandes grupos según sus reacciones al error:

La culpa es de otra persona

Una frase tan recurrida en niños, el clásico “yo no he sido”, sigue siendo muy usada por un gran número de adultos. Es decir, al cometer el error, deciden obviar su responsabilidad y la atribuyen a una segunda persona.

Mujer culpando a otra

O sea, que, al culpar a otros de sus propios errores, en cierto modo los están negando. De esta forma, al no tener la madurez necesaria para reconocerlos, tampoco la tienen para mejorar en su propio conocimiento interior cualitativo. Suelen optar por actitudes victimistas, incapaces de asumir culpas, y sin un criterio constructivo sobre el hecho en sí.

Aquí no ha pasado nada

Otro grupo de personas se engloba entre aquellos que no es que culpen a otro, es que no ven error alguno. Es decir, que por más que le muestres en evidencia, son incapaces de ver que ellos tenga culpa alguna.

Así que este grupo de personas negarán sobre todas las cosas haber hecho algo mal. Directamente no son capaces de lidiar con la culpa, ya que no la ven. Es decir, que para ellos, es imposible aprender de algo que no existe, o que directamente no están dispuestos a reconocer bajo ningún concepto.

Asumir una responsabilidad más allá de la que a uno le corresponde

Aprender de nuestros errores requiere admitir que hemos fallado, y entonar frases como “la responsabilidad ha sido mía”. Por fortuna, otra buena parte de la población sí es capaz de reconocer que se ha equivocado, por lo que está dispuesta a corregir, reparar, enmendar y mejorar.

No obstante, hay que tener cuidado, ya que a veces nos encontramos con personas con una actitud que se sitúa en el otro extremo, asumiendo su responsabilidad y la de los demás. Por lo tanto, los recursos que pueden llegar a destinar a la reparación son muchos y el castigo que se pueden llegar a imponer a ellas mismas por los errores que se atribuyen, al ser proporcional a esta atribución, también puede ser muy grande.

Hombre con puntos de luz en el rostro

Dicho esto, fallar es humano. Pero aprender de nuestros errores una vez cometidos, en lugar de negarlos, también lo es. De hecho, es una oportunidad genial para mejorar y conocernos mejor. No significa que haya que estar todo el día errando, pero si surge la oportunidad, no la desperdicies negando la mayor a capa y espada.