Los documentos internos de las tabacaleras

Mientras, habían manipulado el tabaco con suplementos químicos para potenciar y perpetuar la adicción. No es una locura compararlo con un envenenamiento: cuando entran en combustión, muchos de los aditivos usados, como el azúcar, se convierten en gases cancerígenos.

Un ejemplo entre miles es un memorando interno de 1988 de un ejecutivo de la tabacalera  R. J. Reynolds, exhibido durante el juicio del Estado de Minnesota contra la industria. Cuenta que entre 1964 y 1974 Philip Morris aplicó de manera gradual lo que llama la “tecnología del amoníaco”. Lo curioso, dice, es que ese período coincide con un “dramático aumento de ventas”.

Entonces, está claro que el director ejecutivo de British American Tobacco, Martin Broughton, mentía deliberadamente cuando en 1996 afirmaba: “Nunca hemos ocultado nada, así como no lo hacemos ahora ni lo haremos en el futuro. No tenemos ninguna  investigación interna que demuestre que fumar es una adicción.

Desde hacía décadas la actitud en privado había sido otra. “Estamos en el negocio de vender nicotina, una droga adictiva”, reconocía el consejero general de Brown & Williamson Addison Yeaman, en un documento “estrictamente privado y confidencial” firmado el 17 de julio de 1963. “La asociación del consumo del cigarro con el cáncer pulmonar es bien conocida”, agregaba.

La industria también financió estudios para ocultar las consecuencias del tabaquismo. Tal es así, que un artículo publicado en noviembre de 2004 en The Lancet demostró que a través de un intermediario suizo Philip Morris llegó a comprar la firma alemana de investigaciones INFIBO para contradecir lo que a esa altura era científicamente irrefutable.

La conspiración tendría fecha de inicio. Cuando el Gobierno estadounidense demandó a las tabacaleras en 2004 argumentó que el 15 de diciembre de 1953 se había llevado a cabo una cumbre en el Hotel Plaza de Nueva York en la que se diseñó la estrategia común de la industria. La Justicia concluyó dos años después que las demandadas habían ocultado investigaciones, destruido pruebas y manipulado niveles de nicotina.

Los acuerdos de confidencialidad fueron el arma preferida para mantener los secretos. El ex vicepresidente de investigación de Brown & Williamson Jeffrey Wigand fue un héroe en esta historia: en 1994 rompió su contrato para ayudar a interpretar los primeros 4 mil documentos filtrados por el abogado arrepentido Merrell Williams.

La tarea de Wigand fue vital para el avance de los juicios. Y su llegada al cine de la mano de Russell Crowe y Al Pacino en The Insider le dio visibilidad al contenido de los documentos.

 

La mayoría habían salido a la luz en 1998, un año antes del estreno del filme en los EEUU, luego de la firma del MSA, un acuerdo entre 46 estados y las tabacaleras más grandes del país.

Su divulgación dejó al desnudo otros aspectos de la industria, como las estrategias y el lobby desplegado contra la OMS y las leyes antitabaco, el rol casi protagónico del sector en el contrabando de cigarrillos o la publicidad engañosa para grandes y chicos.

La búsqueda y análisis no es sencilla. Se subieron en forma desordenada y la mayoría no tienen valor. Además, muchos no fueron digitalizados, sino ubicados en depósitos en los EEUU e InglaterraClasificarlos fue una tarea engorrosa.

No obstante, hoy la mayoría pueden ser consultados online en los sitios de las tabacaleras, como la de Philip Morris -una de los más sencillas de usar- o la de Brown & Williamson. También hay una suerte de buscador de esas páginas. Otra web importante es la de la Universidad de California. Y se destacan los comentarios de la investigadora Anne Landman sobre cada documento en el portal de la ONG Tobacco Documents Online.

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