El corazón necesita vitaminas A, B, C: Abrazos, Bondad y Cariño

El corazón necesita vitaminas A, B, C: Abrazos, Bondad y Cariño

El corazón exige nutrientes y, aunque suene un poco cursi, yo sé que el mío necesita sobre todo vitaminas. Estas no son vitaminas cualquiera, sino que son del tipo A, B, C. Es decir, yo para sobrevivir preciso abrazos, bondad y cariño.

Humanamente hablando no creo que haya alguien en el mundo que no lo necesite también. Las emociones que nos invaden se alimentan del contacto directo con los demás y nos llenan cuando llegan en nombre del amor. Son tan necesarias como el respirar.

Cualquier tipo de amor siempre incluye esas tres vitaminas. De hecho, si piensas en alguno que no cuente con ellas probablemente no estés hablando de amor, sino de algo que quizás se le parece pero que en ese estado nunca te va a completar tanto como el sentimiento verdadero y compartido.

 

Mi vitamina A: abrazos, sin medida

Así que bien, una de las vitaminas más importantes que ha de recibir todo cuerpo es aquella que absorbemos a través de los abrazos. Sí, esos que unen hasta las partes más rotas del alma y ayudan a que se rehaga de nuevo, a que nunca se parta del todo. Ya sabes, los que te hacen sentir menos sola o tener menos frío porque acompañan y reconfortan.

 

A ese tipo de abrazos los busco sin medida, cercanos y sin frenos, porque los que más valen son espontáneos y, a veces, tímidos. Estoy segura de que tanto tú como yo no queremos abrazos premeditados o calculados, por muy bonitos que parezcan desde fuera.

Lo bonito es lo se siente al recibirlos, ya que son vitaminas que nos aportan muchos beneficios saludables. Por ejemplo, mejoran nuestro estado de ánimo, elevan la serotonina del cuerpo, relajan los músculos, disminuyen la presión arterial, luchan contra la tensión nerviosa, etc.

Mi vitamina B: bondad, de corazón

De la misma manera que las anteriores, las vitaminas B son necesarias: las que provienen de aquellas personas que practican la cualidad del bien. Cuando el cuerpo se rodea de gente buena de corazón logra que el nuestro también sea un poquito más generoso, que lata con menos temor.

Alguien bondadoso resulta agradable y compasivo, dispuesto a ayudar sin pedir nada a cambio: amable y generoso. Por tanto yo -que busco en mi vida un poco de todo esto- me enamoro con facilidad de aquellos que con empatía practican la bondad.

Ellos hacen mejor a todo mi ser y por eso reconozco que les quiero y les aprecio en mi vida. Les elijo siempre como fuente de aprendizaje, gracias al cual puedo crecer cada día.

Mi vitamina C: cariño, con sinceridad

Por último, de nada valdrían las vitaminas A y B si no aparecieran de la mano de una pequeña dosis de cariño. El afecto y la ternura son capaces de dar aliento de diferentes maneras: una caricia, una sonrisa, unas palabras oportunas…

 

El cariño de los demás nos da felicidad y nos hace sentir queridos, por eso es indispensable para mi cuerpo. Esta expresión de afecto y reconocimiento consigue que nos veamos especiales entre la multitud y nos ofrece la vitalidad suficiente para no caer ante las adversidades.

La personalidad se rejuvenece con el cariño porque nos vemos valorados, apreciados y cargados de confianza. Esta vitamina es un bálsamo para la autoestima, tanto si sale de nosotros como si entra. El caso es que esté en el aire que nos rodea.

Por todas estas razones, no dejes de cuidar la alimentación del corazón. Es cierto que necesitamos otras muchas cosas para avanzar en la vida pero, si el alma muere, el resto pierde su utilidad. Vamos a intentar darle las vitaminas suficientes para que eso no ocurra nunca.

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Hay un juez llamado tiempo que pone a todos en su lugar

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Todos nosotros somos libres de nuestros actos pero no de las consecuencias. Un gesto, una palabra o una mala acción ocasionan siempre un impacto más o menos perceptible, y aunque no lo creamos, el tiempo es un juez muy sabio. A pesar de no dar sentencia de inmediato, siempre suele dar la razón a quien la tiene.

El célebre psicólogo e investigador Howard Gardner, por ejemplo, nos sorprendió hace poco con uno de sus razonamientos: “una mala persona nunca llega a ser un buen profesional”. Para el “padre de las inteligencias múltiples” alguien guiado únicamente por el interés propio nunca alcanza la excelencia y esta es una realidad que también suele revelarse en el espejo del tiempo.

Cada uno cosecha lo que siembra y, aunque muchos sean libres de sus actos, no lo son de las consecuencias porque, tarde o temprano, ese juez llamado tiempo dará la razón al que la tiene.

 

Es importante tener en cuenta que aspectos tan comunes, como un tono de voz despectivo o el uso excesivo de burlas e ironías en el lenguaje, suelen traer serias consecuencias en el mundo afectivo y personal de las víctimas que lo reciben. El no ser capaz de asumir la responsabilidad de dichos actos responde a la falta de madurez que, tarde o temprano, trae consecuencias.

Te invitamos a reflexionar sobre ello.

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El tiempo, ese juez tan sabio

Pongamos un ejemplo: visualicemos a un padre educando con severidad y ausencia de afecto a sus hijos. Sabemos que ese estilo de crianza y educación traerá consecuencias, sin embargo, lo peor de todo, es que este padre busca con estas acciones ofrecer al mundo personas fuertes y con un determinado estilo de conducta. No obstante, lo que conseguirá probablemente es algo muy diferente de lo que pretendía: infelicidad, miedo y baja autoestima.

Con el tiempo, esos niños convertidos en adultos, dictaran sentencia: alejarse o evitar a ese padre,algo que tal vez, esta persona no llegue a entender. La razón de ello está en que muchas veces quien hace daño “no se siente responsable de sus actos”, carece de una adecuada cercanía emocional y prefiere hacer uso de la culpa (mis hijos son desagradecidos, mis hijos no me quieren).

Una forma básica y esencial de tener en cuenta que todo acto, por pequeño que sea, tiene consecuencias, es hacer uso de lo que se conoce como “responsabilidad plena”. Ser responsable no significa solo asumir la culpa de nuestras acciones, es entender que tenemos una obligada capacidad de respuesta hacia los demás, que la madurez humana empieza haciéndonos responsables de cada una de nuestras palabras, actos o pensamientos que generamos para propiciar nuestro bienestar y el de los demás.

La responsabilidad, un acto de valentía

Entender que, por ejemplo, la soledad de ahora es consecuencia de una mala acción del pasado es sin duda un buen paso para descubrir, que todos estamos unidos por un finísimo hilo donde un movimiento negativo o disruptivo, trae un como consecuencia un nudo o la ruptura de ese hilo. De ese vínculo.

Procura que tus actos hablen más que tus palabras, que tu responsabilidad sea el reflejo de un alma; para ello, procura tener siempre buenos pensamientos. Entonces, ten por seguro que el tiempo te tratará como mereces.

 

Es necesario tener en cuenta que somos “propietarios” de gran parte de nuestras circunstancias vitales, y que una forma de propiciar nuestro bienestar y de aquellos que nos rodean es mediante la responsabilidad personal: todo un acto de valentía que te invitamos a poner en práctica a través de estos sencillos principio.

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Claves para tomar conciencia de nuestra responsabilidad

El primer paso para tomar conciencia de “la responsabilidad plena” es abandonar nuestras islas de recogimiento en las que focalizamos gran parte de lo que acontece en el exterior en base a nuestras necesidades. Por ello, esta serie de constructos son adecuados también para los niños. Utilizándolos con ellos podemos enseñarles que que sus actos, tienen consecuencias.

  • Lo que piensas, lo que expresas, lo que haces, lo que callas. Toda nuestra persona genera un tipo de lenguaje y un impacto en los demás, hasta el punto de crear una emocionalidad positiva o negativa. Hemos de ser capaces de intuir y ante todo, de empatizar ante quien tenemos delante. 
  • Anticipa las consecuencias de tus actos: sé tu propio juez. Con esta clave no nos estamos refiriendo a caer en una especie de “autocontrol” por el cual llegaremos a ser nuestros propios verdugos antes de haber dicho o hecho nada. Se trata solo de intentar anticipar qué impacto puede tener una acción determinada en los demás y, en consecuencia, también en nosotros mismos.
  • Ser responsable implica comprender que no somos “libres” del todo. La persona que no ve límite alguno en sus actos, en sus deseos y sus necesidades, practica ese libertinaje que, tarde o temprano, también trae consecuencias. La recurrida frase de “mi libertad termina donde empieza la tuya” adquiere aquí su sentido. No obstante, también es interesante intentar propiciar la libertad y el crecimiento ajeno, para de este modo, alimentar un círculo de enriquecimiento mutuo.

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Vale la pena ponerlo en práctica.

Vía: La Mente es Maravillosa

Lo que es molesto y no se repara, se repite

Mariposa sobre un hombro desnudo

No existe ninguna fórmula que podamos utilizar para evitar que algo que nos desagrada y que se ha vuelto molesto no suceda, puesto que tanto las experiencias felices como las que no lo son están destinadas a ocurrir en algún momento concreto de nuestra vida.

Resulta imposible y poco viable querer estar bien siempre o que los acontecimientos nos sonrían continuamente, dado que la realidad es que esos sucesos que nos han hecho lamentarnos también nos han enseñado: somos capaces de levantarnos una y otra vez porque, al mismo tiempo, estamos provistos de las herramientas para soportar las caídas.

“No hay ninguna felicidad, y de eso estoy seguro, que se pueda obtener de escapar, y mucho menos de huir hacia el pasado”.
-Jorge Bucay-

Justamente, por esta última razón, necesitamos afrontar siempre aquello que nos molesta y buscar la manera de repararlo. No olvidemos que si tenemos dentro la fuerza suficiente para soportar lo malo somos igualmente resistentes para hacerle frente y cerrarlo por completo: recuerda que lo que no se ata bien, se escapa siempre de donde está y eso tiene sus consecuencias.

Es normal que quieras evadirte de lo molesto

La tentación de escapar de aquellos que nos resulta molesto casi siempre es grande. Como seres humanos tenemos ciertos instintos y estos dictan que, ante la percepción de una amenaza, las respuestas son dos: o la huida o la lucha. Sin embargo, la mayoría de amenazas a las que nos enfrentamos ya no son leones o serpientes y requieren, por lo tanto, de una respuesta más compleja.

Mujer con un corazón en las manos

Es totalmente entendible que, si nos hemos roto por dentro, sintamos que la solución más factible es la de salir corriendo, mientras deseamos que el tiempo se encargue de dejar que las cosas vuelvan a su cauce. En casos así lo único que queremos es volver a estar emocionalmente bien, sin correr el riesgo de rompernos más.

“Cuando las cosas se rompen, no es el hecho de que se rompan lo que impide que vuelvan a repararse. Es porque pequeñas piezas se han perdido, toda la forma ahora es deforme, todo ha cambiado”.
-Anónimo-

Derrumbarse implica necesariamente un cambio interior que inicialmente no entendemos y que nos descoloca por completo. Dicho cambio se vuelve molesto si, además, no conseguimos darle la importancia y el tiempo que merece: tenemos que volver a reconstruirnos y eso lleva un proceso que estamos obligados a seguir para que el dolor no se repita al mirar hacia atrás.

Aquello de lo que escapas, te acompaña

Estamos obligados a seguir el proceso porque, si pretendemos huir de él, tarde o tempranos nos daremos cuenta de que nos ha acompañado al lugar donde hemos ido. Incluso, si hemos tratado de evadirnos de él pensando en otra cosa, no lo habremos eliminado y todavía estará ahí.

Probablemente, salir corriendo nos dé la perspectiva idónea para poder mirar lo que nos sucede de otra manera y eso es bueno. Lo que ocurre es que al final siempre llegaremos al mismo punto: decir adiós al dolor, encontrar la voluntad para escucharnos detenidamente y decidir ser valientes ante la situación que no nos permite continuar.

Lo que no aprendes, se repite

Cuando llegue el momento y hayamos sabido cómo enmendar lo que era molesto, habremos aprendido mucho más de lo que podemos pensar en un primer instante: en cualquier caso saldremos fortalecidos de estas circunstancias que nos han puesto de cara a la vida en toda su profundidad.

Mujer con el cabello azul

Si, por el contrario, permitimos que aquello que nos bloquea siga estando ahí tendremos las manos y los pies atados al suelo y aunque creamos movernos, no lo haremos. La cobardía, en este caso, no es tenerle miedo al problema, sino no hacer nada para que no te supere, pues el valiente es aquel que se decide a plantarle cara a sus monstruos.

“Qué esperamos de una vida con las manos atadas a la espalda,

con una cobardía disimulada,

con una sonrisa de oreja a oreja a cada desliz

con la esperanza puesta toda en la suerte.”

-Pablo Benavente-

Se repetirá aquello que dejemos abandonado a su suerte, esperando a que tome su propia forma y nos vuelva a hacer sentir bien. Nos seguirá llamando cuando nos sintamos más débiles y no se irá hasta que no nos despidamos por completo: algo que implica llorar si es necesario y detrás un puedo.

Cuando se acaban tus sueños

A veces pienso lo difícil que parece la vida cuando la miramos con el prisma de la humanidad que nos acompaña y no nos deja verla con los ojos de Dios.

Allí, a muchas personas se les acaban los sueños, porque ven cómo se les escapan los años como el agua entre los dedos, y cuando quieren alcanzarlos es como querer alcanzar el viento; y sin darse uno cuenta, pasa un año más, y otro se va detrás de este, y todo parece igual y nada cambia.

Al principio, sostenemos la bandera esperando que el viento sople y la haga ondear, pero cuando pasa el tiempo y nada sucede, se nos arruga la tela y con ella se nos desmoronan los sueños y la esperanza se hace cada vez más pequeña … hasta que al final da paso a la decepción y por fin a la desilusión, de lo que hubiéramos querido ser o lograr y no llegamos.

Yo soy una soñadora y a veces, a mí también me parece que se me acaban los sueños, porque me veo y siento que muchas cosas se pasaron de tiempo y que tal vez no las alcancé y cometo el error de la comparación, es decir me comparo con otros y digo: “no llego, no alcanzo o no voy a poder porque se me pasó el tiempo del vigor”.


No cometas ese error, nunca mires la obra que Dios está haciendo en otros, “Él es el alfarero” de tu vida y la obra que tiene pensada formar en ti la va a formar, no importa cuánto le lleve.

Cuando no tengas sueños; detente y duerme, tómate un tiempo para la ilusión.
Algunas cosas se tardan; tal vez Él necesita prepararnos y fortalecernos, o capacitarnos para lograr los sueños.

Pero “Aunque la visión se tarde, no te desalientes porque llegará”
Algunas personas dicen que soñar no cuesta nada, pero yo no lo creo.

Yo creo que soñar te cuesta todo, porque soñar te impulsa, te exige, te obliga y muchas veces te alienta o te desalienta.

Porque vivir es soñar; porque una vida sin sueños no existe, es sólo un recuerdo, una sombra; creo que por eso hay muchas personas que caminan por las calles con rostros de sombras… porque se les escaparon los sueños y creen que ya no tienen tiempo de volver a empezar.

No te detengas, todavía hay tiempo para seguir soñando…

 

SER PARIENTES NO NOS CONVIERTE EN FAMILIA

 

La sangre nos hace parientes pero el amor nos convierte en familia… 

Llegamos a este mundo como caídos del cielo.
Al instante, nos vemos unidos a una serie de personas con las que compartimos su sangre y sus genes.
Una familia que nos mostrará su mundo particular, sus modelos educativos, sus valores, más o menos acertados…
Todo el mundo tiene familia.
No obstante, el mantenerla y saber cómo construirla, alimentando el vínculo día a día, ya es cosa de otro nivel.
En ocasiones hay grandes núcleos parentales con miembros que posiblemente, hayamos dejado de ver y tratar. ¿Hemos de sentirnos culpables por ello?
La verdad es que a veces sentimos casi una obligación “moral” de llevarnos bien con ese primo o tío con quien tan pocos intereses compartimos. Puede que nos una la sangre, pero encajar las piezas, alejarnos o mantenernos juntos, no debe suponernos ningún trauma.
Ahora bien ¿qué ocurre cuando hablamos de la familia más cercana? ¿De nuestros padres o hermanos?… El vínculo va más allá.
Hay quien de modo inconsciente, cree que un hijo debe tener los mismos valores que los padres, compartir una misma ideología y tener un patrón de conducta semejante….
Hay padres y madres que se sorprenden de lo diferentes que son los hermanos entre sí… ¿Cómo puede ser si son todos hijos de un mismo vientre?
Es como si dentro del núcleo familiar tuviera que existir una armonía explícita, donde no hayan excesivas diferencias, donde nadie deba salirse del “patrón” y todo esté controlado y en orden.
Ahora bien, algo que debemos tener claro es que nuestra personalidad no se trasmite genéticamente al 100%, se pueden heredar algunos rasgos.
Pero los hijos no son moldes de los padres, ni éstos van a conseguir nunca que los niños sean como ansían sus expectativas.
La personalidad es dinámica, se construye día a día y no atiende a las barreras que en ocasiones, intenten alzar los padres o las madres. De ahí que en ocasiones aparezcan las desilusiones, los encontronazos, las desavenencias…. Para crear un vínculo fuerte y seguro a nivel familiar, deben respetarse las diferencias, promover la independencia a la vez que la seguridad.
Hay que respetar la esencia de cada persona en su maravillosa individualidad, sin sancionar cada palabra y cada comportamiento……
En ocasiones, muchos padres ven cómo sus hijos se alejan del hogar familiar sin tener más contacto. Hay hermanos que dejan de hablarse y familias que ven muchas sillas vacías en el salón del hogar. ¿A qué se debe?
Está claro que cada familia es un mundo, con sus pautas y sus creencias.
– La educación tiene como finalidad dar al mundo personas seguras de sí mismas,capaces e independientes para que puedan alcanzar su felicidad, y a su vez sepan ofrecerla a los demás.
¿Cómo se consigue esto?
Ofreciendo un amor sincero que no impone y que no controla.
Un cariño que no sanciona.
– Sin responsabilizar siempre a los demás de lo que nos ocurre.
Sin culpar a la madre o al padre, o al hermano que tal vez, fue mejor atendido o cuidado que nosotros. Nosotros, debemos tomar el control de nuestra vida,  tener voz y saber decir no, saber que somos capaces de emprender con seguridad y madurez nuevos proyectos, nuevos sueños sin ser esclavos de los recuerdos familiares.
Ser familia NO supone compartir siempre las mismas opiniones y los mismos puntos de vista y no por ello, hemos de juzgar o sancionar.
Comportamientos como estos crean distancias y hacen sufrir.
En ocasiones, sentimos “obligación moral” de tener que seguir manteniendo contacto con familiares cuya relación hace daño,  nos incomoda y juzgan.
La mayor virtud de una familia es aceptarse unos y otros tal y como son, en armonía, con cariño y con respeto…

Así es Ella

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Nada más paradójico que ser mujer…

Que piensa con el corazón, actúa por la emoción y vence por el amor.

Que experimenta miles de emociones en un solo día, y transmite cada una de ellas con una sola mirada.

Que anda buscando la perfección y vive tratando de buscar disculpas para los errores de aquellos a quienes ama.

Que hospeda en el vientre otras almas, los ofrece al mundo y después queda ciega, ante la belleza de los hijos que engendró.

Que da las alas y enseña a volar, pero no quiere verlos partir, aún sabiendo que no son su propiedad.

Que se arregla y perfuma la cama, aunque su amor no perciba más esos detalles.

Que como alquimista transforma en luz y sonrisas los dolores que siente en el alma, …solo para que nadie lo note, y aún tiene fuerzas para dar consuelo a quien se acerca a llorar sobre su hombro.

Felices aquellos que tan solo por un día sepan entender el alma de la mujer!