¿A qué da derecho la mucha edad?

 

Últimamente me está dando por fijarme con interés y tesón en las peculiaridades de las personas mayores que se cruzan en mi camino. No es que me hayan encargado un estudio sociológico, pero sí que es cierto que se me ha despertado una especie de necesidad por estudiar de alguna manera el comportamiento social cotidiano de las personas mayores, de los ancianos (o de los viejos que dirán otros).

En tan sólo un par de días, llego a la primera conclusión, sin escarbar demasiado, que me lleva a constatar que una gran cantidad de personas mayores avasallan. No es un axioma, obviamente, pero se parece tanto a la realidad como un bocadillo de jamón a otro. Cierto es que las generalidades no son convenientes para su uso en la cocina del entendimiento porque pueden distorsionar el concepto de la cosa; no obstante se está forjando en mi mente la maldita constancia de que ‘muchas’ personas mayores abusan y avasallan amparándose en la fecha que pone en su D.N.I. y que se refleja en su cara, su porte y sus maneras.

Cuál es el motivo que induce a estas personas que han alcanzado una edad provecta a tener el convencimiento de que tienen más derechos que el resto de los humanos tan sólo por el hecho de tener menos pelo y más enfermedades, menos vida por delante y más tiempo por detrás, se me escapa. Pero lo veo en el autobús en la hora punta, en la cola del súper, en los bancos del parque, en la conferencia de la casa de cultura.

Es una actitud fácilmente identificable: ellos te miran y tú sientes que les debes algo. Y entonces les cedes el asiento, el puesto en la caja o el mejor sitio al solecito (o a la sombra). A veces te darán las gracias con una sonrisa y otras escucharás una especie de gruñido intraducible al idioma de las relaciones humanas. Y tan sólo hablo del comportamiento “social” sin ahondar en esquemas mentales aferrados a su propia razón y necesidad de que no se les lleve la contraria bajo ningún concepto. 

¿Por qué? –me pregunto en cada ocasión en que me toca ser sujeto paciente de alguna actitud avasalladora-, y no encuentro ninguna respuesta que tenga algo que ver con el raciocinio común y corriente.

Los mayores son respetados suficientemente en nuestra sociedad; de hecho, tienen una serie de ventajas añadidas a la edad que no son nada desdeñables. Es por eso precisamente que me sigo haciendo la pregunta del principio aunque, dedicándole tiempo, llego a la terrible conclusión de que el mal humor, los modos airados, el egoísmo como algo inherente a su condición, tienen relación directa con esa incapacidad de envejecer con dignidad que se inventó alguien que se creía más listo que los demás. La dignidad es otra cosa bien distinta que el mal carácter y las faltas de respeto.

Personalmente estoy ya en la línea de salida hacia esa carrera con final mortal que es la vejez. Podré contarme mil historias a mí misma acerca de que sigo siendo joven de espíritu y todos esos cuentos chinos que vienen muy bien los días en que no te duele nada. Pero cuando nos empecemos a ver reflejados precisamente en aquellas personas que ahora estamos criticando, querrá decir que no somos tan diferentes unos de otros.

Creo honradamente que la edad no me da derecho a nada, como no sea a los beneficios para jubilados a los que obliga la ley en general. El resto, seguiré teniendo que ganármelo con amabilidad y sonrisas, como así ha sido durante toda mi vida. Y si sustituyo la sonrisa por un mal gesto, si cambio la palabra amable por un exabrupto, no me va a servir de nada quejarme y enarbolar mi provecta edad para hacer creer a los demás que, por el hecho de ser una “persona mayor”, los demás tienen la obligación de aguantar unos malos modos.

Supongo que la edad, a la vez que nos da ciertos derechos, también conlleva la “obligación” de dar ejemplo a los demás. Un buen ejemplo, por supuesto.

En fin.

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Me llegó, como siempre, en formato powerpoint. Desconozco el autor o autora.

Si pudiésemos reducir la población de la Tierra a una pequeña aldea de exactamente 100 habitantes, manteniendo las proporciones existentes actualmente, sería algo así:

Habría:

  • 57 asiáticos
  • 21 europeos
  • 8 africanos
  • 4 americanos
Y
  • 52 mujeres
  • 48 hombres
  • 70 no serían blancos
  • 30 serían blancos
  • 70 no cristianos
  • 30 cristianos
  • 89 heterosexuales
  • 11 homosexuales
6 personas poseerían el 59% de toda la riqueza  y  2 (sí, solamente 2) serían norteamericanos.
De las 100 personas,  
80 vivirían en  condiciones infrahumanas.
70 no sabrían leer
50 sufrirían de desnutrición
1 persona estaría a punto de morir
1 bebé estaría próximo a nacer
Sólo una (sí, sólo una) tendría educación universitaria.
En esta aldea, habría apenas una  persona que posee computadora…
Al analizar nuestro mundo desde esta perspectiva tan reducida, se hace más presente
la necesidad de aceptación, entendimiento, educación y, sobre todo, TOLERANCIA.

Ahora piense…
Si usted se levantó esta mañana con  más salud que enfermedades, entonces usted tiene más suerte que millones de personas que no alcanzarán a sobrevivir esta semana.

Si usted nunca experimentó los peligros de la guerra,
la soledad de estar preso,
la agonía de ser torturado,
o la aflicción del hambre,
entonces, usted está mejor que 500 millones de personas.

Si usted puede ir a su iglesia sin miedo de ser humillado, preso, torturado o muerto, entonces usted es más afortunado que  3 mil millones de personas en el mundo.

Si usted tiene
comida en el refrigerador,
ropa en el armario,
un techo sobre su cabeza
y un lugar dónde dormir,
usted es más rico que el 75% de la población mundial.

Si usted
guarda dinero en el banco,
en la cartera,
y tiene algunas monedas   guardadas en una caja fuerte…, entonces
ya está entre los 8% más ricos de este mundo.

Si sus padres aún están vivos y unidos, usted es una persona  muy rara.