El aprendizaje que nace del sufrimiento (resiliencia)

difícil

“Es un privilegio haber vivido una vida difícil”

Indira Gandhi

Estudiar como las personas integran las experiencias de su vida y como estas se ven reflejadas con posterioridad es un trabajo que los psicólogos y científicos de todo el mundo se han preocupado por entender. Estos estudios han dado lugar al estudio de la resiliencia.

La resiliencia es la capacidad de las personas para sobreponerse al dolor y a situaciones adversas de la vida, en muchas ocasiones, bastante extremas. Se han hecho diversos estudios de esta capacidad en un gran número de sujetos que habían vivido una experiencia denominada por muchos como «traumática» (accidentes de tráfico, situaciones de abuso sexual, divorcios, abandono familiar, despidos laborales, etc. ).

¨Cuando mi sufrimiento se incrementó, pronto me dí cuenta de que había dos maneras con las que podía responder a la situación: reaccionar con amargura o transformar el sufrimiento en una fuerza creativa. Elegí esta última» Martin Luther King

Como ejemplo claro de resiliencia no queremos acabar este artículo sin nombrar al condenado más famoso del mundo: Nelson Mandela.

Su estancia de 27 años en la cárcel no le impidió ser un ejemplo de superación y lucha pacífica a su salida.

No puedes comenzar un nuevo capítulo si te dedicas a releer el último

No puedes comenzar un nuevo capítulo si te dedicas a releer el último

Pues es simple, no podemos avanzar si nos quedamos explorando, buscando y/o contemplando en lo que debemos dejar atrás.

Casi siempre sabemos cuándo algo dio lo suficiente, en ese “casi”, se va a esperanzar más de uno, para no dar cambio de hoja. Sabemos que no importa lo que leamos, lo que digamos, lo que escuchemos, somos proclives a quedarnos bastante más de lo que deberíamos en sitios que desde hace mucho sabíamos que resultaban inconvenientes.

Eventualmente algo se activa, parece un botón que nos dice: Hasta acá. Hasta que eso no pase, podremos hacer intentos, podremos alejarnos, podremos intentar darnos una oportunidad en otro lugar, pero vamos a recaer. Buscaremos ese sitio que por más incómodos que nos sintamos en él, lo sentimos nuestro.

Cabe resaltar que en todo ello hay una cantidad de tiempo invertida, que un poco más adelante podemos llamar, tiempo perdido. Porque a fin de cuentas sabemos lo que pasará, quizás por ese mismo convencimiento y la expectativa negativa de lo que ocurrirá es que no le damos paso a otra realidad.

Pero mientras cada quien no establezca su propia necesidad de cambio, para sí mismos y para el otro, los resultados serán predecibles y quedarnos releyendo una historia es una manera tonta y frecuente de limitar lo que podríamos vivir.

Dejar de mirar hacia el pasado comienza por una decisión

No importa lo que haya ocurrido, si lo dejamos en el pasado, quedamos libres de crear algo nuevo. Pero para ello es necesario deslastrar nuestra mente de todo lo que no nos hizo bien en ese pasado. Todo esto para comenzar a vibrar de una manera diferente y atraer a nuestras vidas experiencias distintas, que estarán siempre alineadas con lo que irradiamos.

Estás a una decisión, deja de mirar un pasado que ya te conoces de memoria, ya ocurrió, solo lo puedes distorsionar con los efectos especiales de tu mente. El pasado está allí para fines prácticos, para ver un mapa y mirar a dónde nos puede llevar, para hacernos fuertes y experimentados, pero no para verlo como si de una película se tratara.

La vida es corta, no le podemos dedicar una gran cantidad de tiempo a no avanzar. Sí podemos tomarnos una pausa, vivir un duelo, lamentarnos, culparnos, perdonar y perdonarnos, pero no engancharnos perpetuamente en alguna de nuestras experiencias. Ni siquiera si se trata de la que consideramos más trascendental en nuestras vidas.

La aceptación como etapa fundamental del proceso de crecimiento

Nuevo capítulo

Debemos aceptar que no siempre las cosas resultan como quisimos o como planeamos y que debemos hacer un esfuerzo en dar pasos para alejarnos de aquello que resultó no siendo. Y no debemos lamentarnos, porque a veces esas experiencias de las que salimos frustrados, son las que nos preparan para aquellas con las que vale la pena terminar el resto del libro…

No importa lo que pase, tú siempre da lo mejor de ti, nunca sabes si esta es la experiencia que te prepara a las siguientes o si e}ésta es la que a veces llaman “para siempre”. Suena muy romántico, ¿verdad?, pero no deja de ser una recomendación práctica, que unida a: aprende a cerrar los capítulos en tu vida y no te tomes mucho tiempo releyéndolos, nos lleva por un camino con menos estancamientos y con mayor fluidez, donde seguro podremos sacar el mayor provecho a esta experiencia.

Hay mucho por escribir, como para ponernos a releer. Tenemos un montón de hojas en blanco, esperando ser llenadas de nuevas aventuras, sonrisas, encuentros, amores, soledades… Todo, todo lo que escribamos sumará a nuestra experiencia vital… solo cuando dejamos de escribir y nos dedicamos a leer es que dejamos de vivir.

Por: Sara Espejo

21 días para cambiar un hábito y cómo lograrlo

21 días para cambiar un hábito y cómo lograrlo


21 días es el tiempo que necesitas para cambiar un hábito. Sí de verdad lo deseas, repítelo cada día durante ese tiempo y se hará automático.

Este tema de los 21 días, a mí me ha dado muy buen resultado. Lo apliqué cuando empecé a meditar, comenzando con 5 minutos y cada día le iba agregando más hasta llegar a los 20. Mi meta fue meditar, al menos, 20 minutos diarios.

Si en el tiempo de los 21 días te salteas alguno, vuelves a empezar. ¡No hagas trampa! Tienen que ser 21 días seguidos.

¿Qué es un hábito?
Un hábito es algo que realizamos automáticamente, una acción que reproducimos sin prestar atención. Es una situación en la que nos sentimos cómodos.
Un acto que realizamos tantas veces por costumbre, se vuelve un hábito. Hay que tener cuidado porque, muchas veces, los hábitos pueden llegar a convertirse en obsesión.
Hay ciertas acciones de nuestra vida que requieren de un hábito, por ejemplo estudiar o hacer ejercicio, entre otros. En ocasiones nos resulta muy complicado cuando nos vemos en la necesidad de cambiar ciertos hábitos o adquirir nuevos.

21 días para cambiar un hábito

Pero, ¿de dónde viene esto de los 21 días? En 1887, William James, padre de la psicología científica, escribió un artículo titulado “El hábito” en el que contaba de la gran plasticidad que tiene el cerebro y de cómo son necesarios 21 días para formar un nuevo hábito.
Sin embargo, también hay más datos en favor de la teoría de los 21 días:
21 días es lo que tarda un paciente en recuperarse luego de una cirugía de amputación. Así lo describió, en los años 60, el cirujano plástico Maxwell Matz.
21 días es el tiempo que demoran las células madre en diferenciarse en nuevas neuronas en el cerebro.
21 días son los que dura el biorritmo emocional. En el año 2000 los investigadores Michael Smolensky, experto en cronobiología (Texas) y Zerrin Hodgkins (Londres) llegaron -por separado- a esta misma conclusión.
Se puede decir que este tiempo de los 21 días es como un período de prueba durante el cual adquirimos la capacidad de superar cualquier adversidad, adoptando nuevos hábitos.
El secreto del éxito
Para generar nuevos hábitos, independientemente de los estudios científicos que han establecido el tiempo promedio de 21 días, hay otros factores fundamentales a tener en cuenta.

Toma la decisión de dar el primer paso y sal de tu zona de confort, porque todo cambio genera ansiedad por la incertidumbre que produce. Así lograrás que tu cerebro funcione como tú quieras, sabiendo que es algo bueno para ti.
Dale motivación y coherencia a tus actos y esto hará que se conviertan en costumbre. Para tener éxito y convertirlo en un hábito es fundamental que le encuentres un sentido a tu propósito.
Cree en ti mismo. Mejora la percepción que tienes sobre ti y visualiza la persona que quieres ser. Aleja los pensamientos de derrota y declara que sí, puedes cambiar tus hábitos.
Piensa en positivo. El secreto está en cambiar la perspectiva que se tiene de la acción quieres realizar porque los pensamientos tienen mucho poder en el inconsciente. Necesitas que la mente te dé ese empujón.
Transformar nuestras acciones en hábitos nos permite llevar una vida más sana y feliz, sin ansiedades.
5 pasos para cambiar hábitos
Cuando empiezas algo nuevo es normal que no sepas por dónde comenzar. Generalmente existen cosas que puedes hacer, que quieres hacer y que tienes que hacer. Es importante que comiences por las cosas que tienes que hacer.
Identifica qué quieres cambiar: reconoce qué hábitos te están perjudicando y haz una lista para que no los olvides y, de esta manera, puedas visualizarlos.
Haz que tus metas sean muy específicas: sé muy puntual en lo que desees cambiar. Comienza con un tiempo breve para que tengas la seguridad de que lo vas a cumplir.
Crea un plan de acción: a esas metas ultraespecíficas que has creado les vas agregando un poco más cada día.
Hazte un recordatorio: esto es fundamental para crear nuevos hábitos en tu rutina con mayor facilidad. Puedes ponerte una alarma.
Celebra tus avances: cuando hayas logrado realizar correctamente tu acción diaria ¡no olvides felicitarte y darte una recompensa! Celebra que vas muy bien.

La importancia de comprender que todo es pasajero

Cuando te encuentres atravesando un periodo de dificultad, recuerda que todo es pasajero. Esto te ayudará a mantener la calma y el optimismo.

A lo largo de nuestra vida, experimentamos una gran diversidad de estados emocionales. Cuando todo sucede acorde a nuestras expectativas, por norma nos sentimos eufóricos y exitosos. Pero, cuando hemos de hacer frente a desafíos y frustraciones nos vemos, con mucha frecuencia, embargados por el pánico. Si lográsemos comprender que todo es pasajero, podríamos relacionarnos con nuestras emociones desde una perspectiva más sana.

Por lo general, tenemos una concepción extremadamente dicotómica del mundo que nos rodea. Todo es blanco o negro, bueno o malo. De tal forma, las emociones positivas se convierten en deseables y las negativas en algo que tratamos de evitar a toda costa. 

A pesar de que resulta mucho más prudente dar espacio a ambas en nuestro interior, esto nos resulta verdaderamente complicado. ¿Por qué? Porque sentimos que estas se quedarán con nosotros para siempre.

Mujer observando el atardecer

La exigencia de la felicidad constante

Debido a nuestra tendencia a etiquetar, hemos condenado a las emociones negativas al destierro. Nos negamos a mirarlas, a escucharlas, a aceptarlas. Nos exigimos a nosotros mismos vivir en un perpetuo estado de felicidad.

Esta es una expectativa completamente irrealizable que nos lleva a comportamientos insanos y dañinos. Reprimimos nuestras emociones, las ocultamos, hacemos todo lo posible por distraer nuestra mente cuando estas aparecen. Pero es necesario comprender que no son más que reacciones naturales de nuestro cuerpo ante lo que acontece, que cumplen una función.

Igual que no todo lo que sucede es positivo, tampoco podemos pretender que todas nuestras emociones lo sean. Las circunstancias son cambiantes y, por ende, las emociones también. Generar la obligación de mantener un estado de ánimo elevado de manera constante solo nos aleja de ese sentimiento de plenitud que buscamos.

El temor a la tristeza infinita

El cambio forma parte del camino. Sea cual sea nuestra edad, habremos podido comprobar que ni la euforia ni la tristeza son eternas -aunque en alguna ocasión pueda darnos la sensación de serlo-. Una realidad que nos cuesta aceptar cuando nuestra mirada se ve contaminada por expectativas de futuro negativas o circunstancias adversas.

Cuando la vida nos golpea, las emociones negativas hacen su consecuente aparición. A la mayoría de nosotros no nos han enseñado a lidiar con ellas y continuamos viéndolas como el enemigo, por lo que en ese mismo instante comenzamos a desear deshacernos cuanto antes de ese incómodo sentimiento.

Así, ponemos en marcha todo nuestro arsenal de estrategias para evitar mirar de frente ese dolor. Salimos con amigos, reordenamos el armario, nos distraemos con libros y películas.

Hasta que, inevitablemente, llega el momento en que no queda otro remedio que hacer frente a la realidad y comprobamos que esas emociones no se han ido. Siguen ahí, creando nudos en la garganta y haciéndonos percibir el dolor de una forma casi física. Es entonces cuando el pánico se apodera de nosotros: nunca lograremos volver a sentirnos bien.

La agonía que experimentamos no proviene ya de lo ocurrido ni del sentimiento negativo que nos acecha. Ahora nuestro mayor temor es que estas emociones no desaparezcan.

Ya hemos agotado todos nuestros recursos de afrontamiento y ni siquiera hemos conseguido paliar su intensidad. Por lo que, ahora, la preocupación se suma a nuestra situación de vulnerabilidad.

Árbol en mitad del campo

Todo es pasajero

Es en esos momentos, cuando más necesitamos recordar aquello que ya sabemos y tantas veces hemos comprobado: todo es pasajero. La tristeza se irá, el miedo comenzará a aflojar; un día, cuando menos lo esperes, te encontrarás sonriendo de nuevo.

El único método para acelerar el proceso de sanación es atreverte a vivirlo. Atreverte a sentir, acoger la incomodidad y acompañarte a ti mismo. Si logras recordar que todo pasará, podrás mirar tu situación desde una nueva perspectiva. Te darás el permiso para aceptar esa natural reacción de tu cuerpo y aprender de ella.

La seguridad de que nada es eterno te permitirá mantener la calma durante la tormenta, y esperar con optimismo la llegada del sol. La vida no siempre es perfecta -de hecho, rara vez frisa este adjetivo-, y no necesitas que lo sea. Cada experiencia, a su manera, nos ayuda a crecer. Por ello, si tus fuerzas flaquean y te asaltan las dudas, recuerda que todo pasa.

Lo que otras personas piensen de ti es su realidad, no la tuya

Lo que otras personas piensen de ti es su realidad, no la tuya. Ellos saben tu nombre, pero no tu historia, no han vivido en tu piel, ni han calzado tus zapatos. Lo único que los demás saben de ti es lo que tú les has contado o lo que han podido intuir, pero no conocen ni a tus ángeles ni a tus demonios.

Con frecuencia nos cuesta entendernos a nosotros mismos pero nos aventuramos valientes a descifrar el código del sentir ajeno. No se puede tener ningún tipo de certeza de lo que otros sienten. De la misma forma, no podemos saber lo que han vivido y lo que han aprendido o no.

Por lo tanto, no deberíamos darle importancia a lo que los demás dicen de nosotros, pues sus palabras obedecen a una realidad ilusoria que su mente ha creado con el afán de saberlo todo sobre nuestra vida…

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Las personas que critican

Hay personas que dan su opinión sobre ti, sobre tu vida y sobre tus decisiones aunque nadie se la haya pedido. Suelen ser opiniones malintencionadas o carentes de todo criterio cuyo único objetivo es hacer daño, menospreciar y disfrutar del pesar ajeno.

Generalmente, es gente con baja autoestima que no se acepta a sí misma, por lo que difícilmente puede aceptar a los demás. Estas personas ponen etiquetas que reflejan la realidad de cómo se sienten ellas mismas, proyectando así sus dificultades emocionales.

Somos los únicos que podemos recorrer nuestro camino

Es probable que si nos pudiésemos meter en el cuerpo y la mente de los demás, no nos atreviésemos a juzgar. No obstante, valdría la pena el ofrecimiento para poder valorar nuestra valentía. Sería una verdadera prueba de fuego.

Vive tu vida de la forma que quieras,

 no de la que los demás quieren que vivas

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Fantasías aparte, debemos asumir como única la responsabilidad de valorarnos y dejar de condenarnos. Lo que los demás piensen de nosotros no nos pone un precio. Es decir, del mismo modo que no dejamos que nos digan qué ropas tenemos que ponernos o cómo debemos vestirnos, no tenemos que permitir que los demás elijan nuestro armario emocional.

Si vivimos conforme a lo que los demás piensen de nosotros, perderemos nuestro estilo y nuestra personalidad. Nos veremos obligados a colocarnos una máscara y nuestra imagen en el espejo solo reflejará nuestra inseguridad y la inexistencia de una autoestima saludable.

Curar nuestra parte dañada por la crítica

Para sanar las heridas emocionales que nos causa la crítica, debemos de tener claro, en primer lugar, que somos personas únicas y excepcionales. Conforme a esto, debemos perderle el miedo a sentir y a pensar por nosotros mismos.

Son los demás los que están juzgando y criticando, no tú. La crítica no constructiva lleva consigo gran pobreza emocional en el mundo interno de quien la realiza. Por lo tanto, si la persona no se deja enriquecer, en estas ocasiones te conviene ser emocionalmente egoísta y “que cada palo aguante su vela”.

Las personas más infelices en este mundo son las personas que se preocupan demasiado por lo que piensen los demás.

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Así pues, despréndete de la negatividad y piensa que tu vida es mucho más fácil sin meterte en la vida de los demás. Te damos algunas claves para que te reclames a ti mismo:

  1. Como hemos comentado, la consecuencia directa de dar crédito a lo que los demás piensen y digan es que acabamos convirtiéndonos en alguien que no somos. Y, por supuesto, querer complacer a otros a costa de nuestra identidad no es para nada saludable.
  2. ¿Eres una buena madre? ¿Eres una persona con éxito? ¿Eres inteligente? ¿Realizas bien tu trabajo? ¿Les gustas a los demás? Date cuenta de toda la energía que pierdes preocupándote por estas cuestiones.
  3. De todas maneras, los demás piensan sobre nosotros mucho menos de lo que creemos. Es decir, solemos sentirnos el centro de las miradas del resto de la gente cuando, en realidad, puede que lo que hagamos no sea relevante para muchos de los de nuestro alrededor. Quítate ese miedo, es en gran parte producto de tu imaginación.
  4. Da igual lo que hagas y como lo hagas, siempre habrá alguien que lo malinterprete. Así que intenta vivir y actuar con naturalidad. Lo que tú haces porque lo sientes siempre será lo correcto. No solo no te podrás justificar, sino que te sentirás falso si no sintonizas contigo mismo.

No esperes que los demás comprendan tu viaje, especialmente si nunca han tenido que recorrer tu camino.

Hay puertas que es mejor cerrar para siempre

¿Te suena? ¿Aquello de no dejar de una «tacada» una relación y mantener esta no-decisión en el tiempo? No dejarla a la primera si no ir dejando a plazos. No cerrar la puerta del todo, manteniéndola abierta. Algo así como tener una herida a medio curar y no hacer nada por remediarlo. Dejar a la primera implica tener muy clara la decisión. Pero sobre todo implica no alargar un sufrimiento en el tiempo.

Implica ser valiente, asumir las consecuencias que van a venir una vez tomes la decisión. A veces no tomamos esa decisión porque no somos conscientes plenamente del daño que hemos recibido en una relación. O no la tomamos porque no somos muy conscientes de la dependencia emocional que nos está anclando a nuestra pareja. A costa de todo.

La dependencia emocional arrastra con su corriente nuestro amor propio. Puede con todo. Es como un tsunami que tiene una fuerza bruta y poderosa. Arrasa absolutamente con todo lo que queda a su paso, con los pilares que sostienen las casas…. Con nuestra propia «casa».

La dependencia emocional nos encadena a aquello que nos hace daño

Nuestra propia casa siempre debería estar construida sobre unos pilares sólidos. Unos pilares de autorrespeto, amor propio y autocuidado. Si no tenemos estos pilares, los buscaremos fuera. Quedaremos vendidos, por tanto, a cualquier persona que nos muestre un poco de amor. Algo así como «te quiero más que a mí misma». Una frase preciosa para una canción pero demoledora para cualquier corazón.

La dependencia emocional y la falta de amor hacia nuestra propia persona son las cadenas con las que cargamos y nos impiden movernos libremente. Nos ciegan y nos convierten en un títere del autoengaño en el que nos hemos sumergido.

mujer amanecer

Amar al otro es algo bellísimo, pero jamás hemos de perder el amor que debemos sentir hacia nosotros. Nunca el amor hacia otra persona puede justificar que nos pisoteemos una y otra vez.  Que los límites que nos salvaguardan del daño sean traspasados. Y con amor hacia nosotros no nos referimos a un amor narcisista en el que uno no ve más que a sí mismo. Nos referimos a esos límites sanos que nos hacen huir de lo que nos daña en vez de abalanzarnos sobre ello.

La negación es el mecanismo que nos ayuda a seguir en una relación dañina

Muchas veces el mecanismo de defensa que está detrás de este comportamiento de dejar a plazos, de alargar la ruptura, o simplemente de aplazar la verbalización de esta es el de la negación. Me tapo los ojos. No veo lo que está delante de mí. Me creo mil y una excusas con tal de no ver la realidad y no tomar la decisión final.

mujer fragmentada

Probablemente conozcas personas que se ayudaban de la negación para no tener que asumir las consecuencias de la ruptura. Estar solo, transitar el duelo que supone dejar a alguien a quien se amaba, asumir que el amor no lo justifica todo… Son consecuencias inevitables que hemos de vivir.

Hay personas que por no asumir esta realidad del amor propio siguen en relaciones complicadas que acaban con su paz mental. Mantienen el daño antes que estar solas y cerrar su puerta a esa relación que tanto daño les hace. Otra vez el tsunami arrasa con ellas. Nos convertimos en marionetas guiadas por la dependencia y la negación.

¡Cierra la puerta a todo aquello que te daña y no te deja vivir tranquilo!

Por ello hay relaciones que es mejor dejar de un plumazo. Cerrar la puerta sin tenerla semanas, meses o incluso años entreabierta. Mantenerla entreabierta mantiene la dependencia y nuestra ceguera. Ciérrala sin miedo. (Y si tienes miedo compártelo con las personas que más te quieren o si necesitas recurrir a una terapia… ¡hazlo!).

mujer ventana

Todo el aprendizaje que vas a obtener una vez tomes esta decisión va a ser inmenso y te va a servir para todos los momentos difíciles que enfrentes a partir de entonces. De esta manera, los pilares de tu vida se verán reforzados con este nuevo movimiento que vas a hacer.

Mucho ánimo a todas esas personas que se encuentran con esta puerta a medio cerrar y que en el fondo saben que es una de las mejores decisiones que puedan tomar. Y es que como dijo San Agustín: “La felicidad consiste en tomar con alegría lo que la vida nos da y en soltar con la misma alegría lo que la vida nos quita”.

No tan joven… pero sí más bella

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La lucha por mantener la eterna juventud es una de las mayores batallas de la mujer. La sociedad nos convierte en adictas, necesitando estar siempre bellas y jóvenes, midiendo nuestra valía en función de la tersura de nuestra piel.

Mejor sería madurar con dignidad y estilo. La mujer madura es más fuerte, segura e interesante y, por lo tanto, más atractiva.

 

No tan joven, pero sí una mujer más bella

La juventud es una etapa maravillosa por la que todas pasamos y disfrutamos. Sin embargo, la juventud es una etapa más de la vida:  no es la única, ni la mejor.

Bella juventud, bella madurez.

La vida es perfecta tal y como es.
Cuando disfrutamos de la juventud, solemos también sufrir de la inseguridad que la caracteriza, y no nos valoramos ni conocemos como debiéramos. Cuando el tiempo pasa y no somos tan jóvenes, es cuando verdaderamente sabemos quiénes somos y lo que queremos.

La juventud está para compensar las inseguridades y los errores. La madurez, para afrontar los cambios de la vida y de nuestro cuerpo. Aprovechemos la madurez para convertirnos en una gran mujer, más fuerte, más valiente, más segura y mucho más atractiva.

 

 

Cada edad tiene sus ventajas

 

Cuando aprendes que la autenticidad, el carisma, la seguridad, y el ocuparse de una misma es lo más atractivo de una mujer,Mayor, vieja, madura, o lo que quiras llamarme... soy mujer bella. te darás cuenta de que no habrá piel, por tersa que sea, que pueda competir contigo.  Una mujer con ganas de comerse el mundo es la más interesante de todas. La juventud puede ser embriagadora y deseable, pero en el medio plazo, si sólo es eso, aburre.

Por muy atractivas y jóvenes que podamos ser, si no cultivamos nuestra personalidad, sólo seremos como la bonita portada de un libro, que una vez ojeado, no apetece leer. Sustituyamos nuestras preocupaciones más banales y ocupémonos de equilibrar nuestra vida con nuevos y apasionantes retos.

La mujer valiosa es aquella que sabe madurar con dignidad, la que se siente hermosa por dentro y por fuera, la que toma las riendas de su vida, y que sabe adaptarse a los cambios. Sus arruguitas sólo le recuerdan las experiencias vividas, sus risas y sueños cumplidos.

Mujer madura, mayor, más bella que nunca

 

Mujer valiosa, madura y digna

Suspirar por quienes fuimos o compararnos con las demás es darnos muy poco valor a nosotras mismas. La vida no es un concurso: No hay ninguna mujer en el mundo que pueda compararse contigo. Como tú, no hay ninguna. Explota siempre lo mejor de ti, sin compararte con nadie más.

No importa tu edad, ni tu altura, ni tus medidas.
Si tú te sientes bella, así te verán

Puede que con los años perdamos juventud... pero no por ello belleza. La juventud no es la única forma de belleza.

No tan joven, pero sí una mujer más bella