Ser valiente es recoger tus pedazos rotos para ser más fuerte

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La vida no siempre es fácil. De hecho, casi nunca es sencilla o al menos así nos lo parece. Lo que ocurre es que la mayor parte de nuestro sufrimiento lo escondemos en nuestro interior con la intención de disimularlo a los ojos de los demás. Solo nosotros sabemos la ubicación exacta de nuestras heridas y lo vulnerables que nos hacen; solo nosotros podemos hacer que estas sanen recogiendo cada uno de nuestros pedazos rotos para ser más fuertes.

Porque aunque vivir una experiencia que nos rompe por dentro es sin duda uno de los trances más duros a los que tenemos que enfrentarnos, también supone una oportunidad para tomar conciencia, reestructurar la forma en que entendemos el mundo y tras pasar un tiempo, reconstruirnos de nuevo. La cuestión es :¡¿cómo hacerlo?!

El peso del sufrimiento

Nadie está a salvo del sufrimiento. Ese inquilino extraño que de vez en cuando irrumpe en nuestra a vida  sin anuncio ni invitación previa. Y a pesar de que la mayoría de las veces intentemos huir de él o esconderlo en el sótano más oscuro para disimular su presencia, esto no impide que nos siga afectando… y es que incluso desde ese rincón tan oscuro al que lo hemos desterrado sigue ejerciendo su influencia. Una influencia que, por otro lado, ahora vemos menos, ya que la oscuridad nos impide identificar o anticipar sus movimientos.

Algunos maquillarán sus sentimientos negativos con falsas sonrisas, otros realizarán mil y una actividades para no dejar ni un minuto libre que les haga reflexionar y otros puede que se mientan a sí mismos con la intención de parchear su malestar. Y dentro de ese algunos o ese otros estamos también nosotros, ya sea de manera puntual o como abonados a la costumbre.

El problema está en que por muchos obstáculos que queramos poner, el sufrimiento tarde o temprano saldrá a escena con la intención de rompernos. Ya sea a través de un dolor físico o emocional.

Mujer triste mirando hacia abajo

Lo queramos o no, el sufrimiento forma parte de la vida. El peligro está cuando este se hace tan pesado y adopta tantas formas que se acaba prolongando en el tiempo y se termina experimentando como un estilo de vida, empañando nuestro alrededor de un color gris oscuro, casi negro.

De hecho, la mayor parte del sufrimiento que sentimos (no todo) se han desarrollado a partir de una experiencia de dolor, que no deja de ser la vivencia de la pérdida de algo o alguien a quien amamos. Así, cuando esta pérdida no la aceptamos, nos resistimos y nos empeñamos en que las cosas sean de otra forma estamos dando paso, sin saberlo, al sufrimiento; un sufrimiento que es al mismo tiempo dolor y refugio cuando se pone a llover en medio del duelo y el agua nos cala de tristeza hasta los huesos.

La muerte de un ser querido, la ruptura de nuestra relación, la decepción de un amigo o un despido son ejemplos de pérdidas que nos duelen y que a la larga nos hacen sufrir como si nos clavaran un puñal directo a nuestro corazón. Heridas que si no cuidamos nunca dejarán de sangrar, hasta llegar a convertirnos en pedazos rotos difíciles de pegar.

El amanecer de la resiliencia

Si bien es cierto que algunas personas desarrollan trastornos o verdaderas dificultades a raíz de su sufrimiento, en la mayoría de los casos esto no es así. Algunas incluso son capaces de salir fortalecidas tras esa vivencia traumática. Una experiencia que les causa dolor, pero que también les hace crecer y de la que de alguna manera sacan un beneficio.

Un estudio llevado a cabo por Wortman y Silver afirma que hay personas que resisten con insospechada fortaleza los embates de la vida. La razón se encuentra en su capacidad de resiliencia, a través de la cual consiguen mantener un equilibrio estable sin que la experiencia traumática y de dolor afecte demasiado a su rendimiento y vida cotidiana.

Esto nos lleva a pensar que somos más fuertes de lo que creemos. Que aun cuando nuestras fuerzas flaquean existe un pequeño rayo de luz que nos ilumina para que recojamos nuestros pedazos rotos y así podamos recomponernos. Es el amanecer de nuestra resiliencia, el momento exacto en el que nuestras tristezas y el peso del sufrimiento dan paso al poder sanador de nuestra fortaleza para resistir y rehacernos de nuevo.

Flor

De modo que no se trata de ignorar lo que sentimos, sino de aceptarlo como aprendizaje de vida y de atravesarlo con los ojos abiertos, de manera que pueda darse una habituación, al igual que pasa con la oscuridad. Aun cuando la vida nos golpea con gran intensidad y es capaz de rompernos, la capacidad de sentirnos fuertes nos ayuda a superar lo que estamos viviendo y recomponer nuestra identidad, recogiendo uno a uno nuestros pedazos rotos.

Esa es la resiliencia, una de las capacidades más bonitas que tenemos y que a todos deberían enseñarnos en la escuela. Aprender a sanar nuestras heridas, tratarlas con cariño y extraer de ellas su mayor aprendizaje. Pero, ¿cómo hacerlo?

Recoger nuestros pedazos rotos para reconstruirnos

Como hemos visto, florecer tras una tormenta de dolor es posible pero no sencillo. Se trata de un proceso complejo y dinámico que como señala el psiquiatra Boris Cyrulnik implica no solo la evolución de la persona sino también el proceso de vertebración de su propia historia vital. De este modo existen algunos factores que si los fomentamos potenciarán nuestra capacidad de resiliencia y nos ayudarán a recoger nuestros pedazos rotos para reconstruirnos como:

  • La seguridad en uno mismo y en nuestra capacidad de afrontamiento.
  • Aceptar nuestras emociones y sentimientos.
  • Tener un propósito significativo de vida.
  • Creer que se puede aprender no solo de las experiencias positivas, sino también de las negativas.
  • Tener apoyo social.

Chica triste mirando hacia abajo

Además, como señalan Calhoun y Tedeschi, dos de los autores que más han investigado sobre el crecimiento postraumático, el sufrimiento y el dolor hacen que experimentemos cambios no solo a nivel individual, sino también en nuestras relaciones y filosofía de vida.

Afrontar experiencias de dolor nos asusta, pero escapar de ellas lo único que hace es prolongar nuestro sufrimiento, que mute en una forma más peligrosa. La verdadera valentía consiste en continuar a pesar del miedo, en seguir adelante cuando nuestro cuerpo tiembla y se hace pedazos por dentro.

En la vida aunque necesitemos un tiempo para asimilar lo sucedido y estar a solas con nuestro sufrimiento. En esta soledad nace la pausa que nos permite comprenderlo, se trata de seguir caminando a grandes pasos o a pasos pequeños. Porque no es más fuerte la persona que menos cae sino aquella que es capaz de levantarse fortalecida tras sus caídas.

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