La lluvia también es hermosa

 

La lluvia a menudo tiene el inusitado poder de relajar nuestros sentidos y nuestras mentes. Nos embriaga con su petrichor, renueva la atmósfera, arranca destellos de colores a nuestras aburridas ciudades y nos invita a menudo a esa introspección serena, casi mágica donde tomar contacto con nosotros mismos a través de las gotas de lluvia…

Si bien es cierto que a menudo se dice aquello de que en la vida no se trata de esperar a que pase la tormenta sino de aprender a bailar bajo la lluvia, queda claro que no a todo el mundo le agrada. El estado del ánimo se relaciona siempre de forma íntima con la climatología, y más concretamente con el efecto de la luz en interacción con nuestro cerebro.

Sin embargo, la lluvia enciende en una buena parte de la población una serie de singulares procesos que se relacionan con el mundo emocional. Tiene mucho que ver con los sentidos, y en especial, con nuestra corteza olfativa y con ese vínculo casi mágico que tiene dicha estructura con el sistema límbico y el hipotálamo, áreas relacionadas con la memoria emocional.

Estamos seguros de que este tema te descubrirá aspecto muy interesantes.

El petrichor y el despertar de nuestros recuerdos

Hay olores que despiertan en nosotros un extraño placer. Nos cautivan, y a la vez se hienden en nuestra memoria como un enclave que despierta en nosotros agradables sensaciones. El olor de la hierba recién cortada, el las sábanas limpias, el cloro de la piscina en verano, el chocolate que nos preparaban nuestros abuelas o el olor de nuestros lápices nuevos cuando empezábamos el colegio, son sin duda rincones privilegiados donde esas fragancias se entremezclan a menudo con gratos recuerdos.

Ahora bien, entre todas esas fragancias hay una que las supera a todas: el petrichor. Que se diga de ella que es el olor más embriagador del mundo no es casualidad: aunque nos cueste creeerlo, el olor de la lluvia empapada en la tierra tiene una función muy concreta: guiarnos hasta donde hay agua. Algo esencial para nosotros en el pasado y en la actualidad para gran parte de los animales, quienes recorren grandes distancias guiados solo por esa sustancia química, la geosmina.

Lamentablemente, algo que todos sabemos es que el efecto de la contaminación a día de hoy deja huérfanas a muchas personas de este regalo vital de la Naturaleza. Un presente que, por extraño que nos parezca, tiene también el poder de “despertarnos”, de arrancarnos de nuestros letargos y de los cubículos de nuestras rutinas para invitarnos, simplemente, a relajarnos con un paseo después de la lluvia.

El petrichor es un término que se acuñó en 1964 por dos geólogos australianos. Hace referencia a un proceso fascinante y delicado que se da cuando las gotas de lluvia entran en contacto con superficies sedimentarias o porosas. Al instante, un tipo de actinobacterias generan una sustancia metabólica llamada geosmina, la cual, vuelve a la atmósfera como un aceite aromático de olor singular.

Curiosamente, cuanto más seco esté el suelo más perceptible será el petrichor, elevándose como un poderoso aerosol que guiará a los pájaros y otros animales hasta esa zona húmeda. Mientras que a nosotros, carentes ya de la necesidad de encontrar agua, nos animará a abrir las ventanas para aspirar con fuerza ese olor, mientras nos dejamos abrazar por los recuerdos, por el velo sutil de la nostalgia y la caricia de esas revoltosas emociones capaces de invitarnos a un placentero paseo.

La lluvia y su efecto relajante

A la mayoría nos encantan los días de sol, esos donde la piel agradece tal tibieza y nuestra mente tanta luminosidad. Algo que todos sabemos es que desde siempre, la luz se vincula con lo positivo, mientras que las nubes y esa penumbra plúmbea que suele acompañar a la lluvia, se ve con temor, incomodidad y negativismo. Todo tiene que ver con la relación entre la melatonina y al serotonina. La luz del sol mejora la neurotransmisión y el ánimo gracias a ese incremento natural de dicho neurotransmisor, la serotonina.

La lluvia no solo moja, también pinta el cielo de arco iris
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Sin embargo, la lluvia tiene en muchas personas un efecto diferente que se ajusta mucho a determinados patrones de personalidad. Los perfiles más introspectivos, por ejemplo,  suelen deleitarse en mayor grado de esos instantes de recogimiento, ahí donde recostar la cabeza en la ventana para ver cómo las ciudades se visten de singulares matices, semejantes a un lienzo impresionista.

A su vez, y como dato curioso, muchas personas con un alto nivel de ansiedad pueden hallar cierto descanso sensorial con el efecto de la lluvia. El sonido de las gotas al caer genera un “ruido blanco”, ese sonido constante y de ondas sonoras apaciguadoras que para muchos, es algo verdaderamente terapéutico.

De hecho, existe un estudio donde avala cómo el estímulo sonoro de la lluvia reduce hasta en un 23% la agitación de los ancianos en las residencias. No solo esa sonoridad regular apacigua la inquietud, sino que además abre la puerta a muchos de nuestros recuerdo. Permite que pasen a nuestras consciencias esos instantes vividos con olor a infancia, con la fragancia casi salvaje de esa tormenta de verano donde corríamos después de una tarde en la feria o de una noche en la playa.

La lluvia, por tanto, también es hermosa, y por curioso que parezca, también cura, también alivia y nos invita a conciliarnos con la tierra que pisamos.

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