Reconectar con nuestro niño interior nos permite sanar y volver a nuestra esencia

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Todos llevamos a nuestro niño interior como parte de nuestra esencia, algunos tratan de mantenerlo presente, mientras que otros asumen que esa etapa ya pasó y no queda sino uno que otro recuerdo de esa edad temprana, donde en la mayoría de los casos predominaban los sueños, los anhelos, la bondad y la alegría por la vida sin mayores pretensiones o prejuicios.

En la infancia todo tiene un valor peculiar, tenemos la capacidad de asombrarnos con las cosas sencillas y novedosas, queremos explorar, conocer, queremos aprender algo diferente todo el tiempo, podemos sentirnos frustrados en algunos momentos por no poder hacer algo, pero nos enfocamos en lo que queremos y hacemos lo posible por lograrlo… Así somos la mayoría en la infancia.

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A medida que vamos creciendo la mente se alimente de demasiados estímulos, la presión social, el ser aceptado por quienes nos rodean, la idea cada vez más latente de que los sueños probablemente se queden así, como sueños, que probablemente no se materializarán, perdemos la sonrisa espontánea, vemos una realidad marcada por satisfacer necesidades de otros, de encajar en patrones, nos creamos limitaciones en nuestra mente y así poco a poco, aquello que caracteriza la mente de un niño, se transforma, se pierde, se guarda.

Pero la verdad es que nuestro niño interior siempre está presente, siempre lo llevamos con nosotros y si queremos que nuestra vida sea más feliz, más plena, sin dolores acumulados, sin pesares, debemos atenderle, complacerle, es el niño con el que mayor responsabilidad tenemos.

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Es conveniente revisar las heridas que hayan podido ser generadas en el pasado, en la infancia, algún rechazo, la muerte de un ser querido, el abandono de los padres, los celos de algún hermano, burlas en el colegio, en fin, sin ánimos de torturarnos tratar de recordar aquello que nos pudo haber marcado y a partir de allí, desmontar las creencias que se han generado, por ejemplo: la gente que quiero me abandona, soy gordo y no soy aceptado, mis papás se separaron por mi culpa, no tuve el juguete que quería, etc, etc… y desde nuestra adultez calamar conscientemente las necesidades de ese pequeño, inclusive podemos hacer ejercicios en los cuales nos imaginemos pequeños y nos abracemos con nuestro yo en la actualidad, demostrándole todo el amor y la seguridad posible.

Una vez que el niño interior es reconocido, una vez le hemos hecho saber que todo está bien, que lo ha hecho maravillosamente bien, que nos sentimos orgullosos de todo lo vivido, que estamos dispuestos a sanar y enmendar cualquier dolor causado, nos damos la tarea de hacer algo por ese niño interior con la mayor frecuencia posible, si es preciso nos vemos al espejo y nos preguntamos qué queremos hacer, pensando justamente en la felicidad de ese pequeño.

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Actividades que hacen feliz a nuestro niño interior: jugar cualquier cosa, especialmente al aire libre, dibujar, hacer manualidades, cantar, bailar, en fin… busquemos las actividades que sepamos alegrarán a esa parte esencial de nosotros que muchas veces olvidamos y aseguramos que ha quedado en nuestro pasado, todas nuestras etapas están siempre con nosotros, pero la figura del niño es la que con mayor dedicación debemos cuidar y proteger.

 

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