OLVIDA LOS ERRORES DE TU VIDA

En mi opinión, cargamos de un dramatismo excesivo a los “errores” que cometemos a lo largo de la vida. A fin de cuentas, no son más que acciones que fueron –o que aparenta que fueron- desacertadas o equivocadas.

Y eso es casi inevitable. Dado que no nos educan expresamente para vivir y afrontar los inconvenientes que la vida conlleva, y que todos actuamos más con buena voluntad que con atinados conocimientos, la lógica hace que sean habituales los errores y los deberíamos entender como una parte del aprendizaje y nada más. Los niños se caen cuando están aprendiendo a andar y no pasa nada por eso. Ningún niño se traumatiza por sus errores a la hora de aprender a andar ni se pasa el resto de su vida reprochándose sus errores. Pero los mayores sí lo hacemos.

Lo útil de los errores está en el hecho de que si uno está atento a dónde estuvo el error y por qué ocurrió, y pone atención a partir de entonces, es muy posible que no se repita el mismo y es posible sacar un aprendizaje para otros asuntos similares. Y se acabó.

Lo que es contraproducente, autoagresivo, y del todo innecesario, es estancarse en el reproche por los errores, maltratarse por ello, declararse la guerra o una enemistad perpetua, denigrarse, bajar el nivel de autoestima, repetirse y recordarse miles de veces lo torpe que uno es, quedarse estancado en ello y no seguir adelante y con normalidad, o cometer el error de sobrevalorar los errores.

Lo que no veo nada interesante es que el hecho de cometer un error –que insisto en que es algo habitual y no debiera tener una gran trascendencia- sea el detonante de una mala relación con uno mismo, porque preservarse de cualquier tipo de agresividad y de una mala relación consigo mismo es un asunto primordial.

Partimos del supuesto de que aplicamos el principio de buena voluntad, o sea, que no hay mala intención ni para con uno mismo ni para con los otros cuando se comete un error, porque si hay mala intención en ello es más complicado de justificar la desproporcionada condena que generalmente se emite. Si uno actúa de cierto modo sabiendo que con ello causa un perjuicio, es lógico que después haya un arrepentimiento por lo hecho y que se considere un error en el sentido más peyorativo de la palabra. Pero si uno actúa y toma sus decisiones con la mejor de las voluntades –y esto sirve para todo- aunque después el resultado de esa acción no sea el que se deseaba, no ha lugar a represalias. El acto no ha de pasar de ser simplemente una experiencia que no dio el resultado apetecido. Y nada más.

No ha de ser el principio de una cadena de condenas, el inicio de una retahíla de regaños, ni un motivo que desencadene una depresión. Uno se equivoca, ¿Y qué pasa? Eso indica simple y claramente que uno es humano. Y como humano tiene derecho a equivocarse.

Dramatizamos demasiado los errores, por encima de su valor real de tasación justa, y lo hacemos a pesar de que ello se vuelve contra nosotros.

 Ya sé que cuesta cambiar. No sé si es porque se despierta algún recuerdo que nos hace creer que cada error se merece un suspenso o un castigo, pero persistimos en repetir la misma rutina cada vez, a pesar de que vemos que de ese modo no aprendemos y que, aunque no queramos reconocerlo, se crea un distanciamiento con nosotros mismos y se crea una seriedad innecesaria en la propia relación.

¿Y qué de bueno se gana con ello?

Nada. Nada bueno.

Sí, estoy convencido de que hay que olvidar los errores. Una vez aprendida la lección hay que desembarazarse de ellos, procurando además que no dejen ningún tipo de huella atormentada.

Es más agradable tratarse a sí mismo con dulzura, con cuidado; comprender que no siempre salen las cosas como uno desea pero que eso no es motivo suficiente para borrar la sonrisa de la cara y el optimismo de la vida. Hacerlo así ayuda mucho, sin duda. A fin de cuentas, uno tiene que seguir consigo mismo el resto de su vida y es mejor hacerlo de un modo amigable.

El amor propio, o sea, el amor a Uno Mismo, es primordial y no hay que abandonarlo nunca, bajo ningún concepto, y en ningún caso.

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