“Cómo afrontar una agresión”

La difícil comunicación entre las personas lleva en no pocas ocasiones a situaciones lindantes con lo puramente surrealista. Unas palabras dichas con poco fuste o fundamento o un despiste visual en el cruce entre dos calles, pueden ser interpretadas como una agresión o un desplante inadmisible.
Quizás es que estamos ya todos tan estresados, aceptamos de una manera tan natural el hecho de que vamos a ser objeto de cualquier agresión en el momento menos esperado, que nuestras “antenas” van captando la ofensa incluso antes de haber sido concebida. Todo nos agrede, todo nos ofende; por lo menos con el primer impacto, al que saltamos como empujados por un resorte incontrolable.
Vemos la agresión en el apabullamiento y en la indiferencia, en lo que se da por exceso y lo que se reprime por defecto. Si llamo mucho o no llamo casi nunca, todo es objeto de minucioso escudriñamiento para detectar el posible grado de “intención” de hacer daño. ¡Qué vulnerables nos hemos vuelto, qué susceptibles también!
Estoy aprendiendo últimamente que, ante supuestas “agresiones” hay tres maneras de reaccionar.
–       Cambiar 
–       Huir
–       Aceptar
Entendiendo por “agresión” también cualquier situación recurrente, que se alarga en el tiempo, produciendo malestar continuado y sin visos de solución aparente.
¿Cómo cambiar  una situación que nos resulta inconfortable si ya sabemos rotundamente que “al otro” no se le puede cambiar? Pues no queda otra que cambiar la PROPIA ACTITUD ante lo ocurrido y… ver qué pasa.
También está la muy común y no siempre práctica
 huida de la realidad. Como esos monos que se tapan los ojos, cierran sus oídos y amordazan su boca. Y que se supone que se mantienen en esa posición, impertérritos, años y más años, hasta que la muerte les llama a la puerta y se van sin haber tenido ni pena ni gloria en la jungla de la vida.
La aceptación de una situación que nos resulta dolorosamente agresiva para la dignidad y la paz interior tan sólo puede llevarse a buen fin si la persona tiene “madera de santo” y le importa bien poco en qué posición se halle su ombligo con respecto al resto del mundo. O tenga tan poca confianza en lo que se da en llamar dignidad o autoestima que sus fuerzas se han quedado igual que la tierra cuando se desborda el río: inservibles.
De estas tres posibilidades me quedo –una vez más- con la primera de ellas. De lo poco de lo que soy dueña es de mi propia actitud ante la vida, ante las gentes, ante las agresiones… Es la libertad primigenia y última que nunca nos ha sido quitada ni se nos quitará. En nuestras manos está utilizar este “comodín” tan efectivo como de difícil manejo.
En fin.

Visto en:http://blogs.diariovasco.com/apartirdelos50/page/10/

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