Béisbol, barbacoas y teorías de la conspiración, la auténtica vida americana

En Conspiración, Mel Gibson daba vida a un taxista veterano de Vietnam que creía firmemente que el mundo estaba regido por infinidad de tramas invisibles que determinan la vida de los ciudadanos anónimos, viven ajenos a ellas. Jerry Fletcher, que así se llamaba el personaje, era considerado como un chalado por todos sus compañeros, pero la película terminaba dándole la razón cuando era secuestrado y torturado por unos agentes del Gobierno. Más allá de la mofa que el largometraje de Richard Donner hacía de las teorías de la conspiración, parece ser, según afirma el redactor jefe de la revista Reason, Jesse Walker, que acertaba en uno de los puntos sensibles de la mentalidad estadounidense. Según Walker, la tendencia de los americanos a creer en alambicadas conspiraciones no es nada excepcional ni, añade, nada nuevo.

La tesis expuesta por el periodista en The United States of Paranoia: a Conspiracy Theory (Harper), que se publica esta semana en Estados Unidos, es que si bien las teorías de la conspiración que aparecen en cada momento de la historia americana son falsas en la mayor parte de los casos, sintetizan como muy pocas otras cosas los miedos y ansiedades de los ciudadanos estadounidenses de cada momento histórico. En ese sentido, explica Walker, las conspiratorias son parte del folklore americano, de igual manera que lo eran los relatos orales, las canciones cantadas alrededor de la hoguera o las supersticiones de dichos pueblos. Como en las canciones folk, el origen de las teorías de la conspiración es difuso; su transformación, constante, y cada cierto tiempo, vuelve a haber un pequeño revival.

De las brujas de Salem al espionaje de la NSA

La paranoia conspirativa existía en Estados Unidos antes de que estos fuesen los Estados Unidos. ¿En qué momento hace esta acto de presencia en la historia americana? Quizá, como explica Walker, fue aquel en el que Cotton Mather señaló, durante los juicios a las brujas de Salem, a los aliados “terrenales” de las peligrosas brujas, entre ellos, franceses e indios, con los que conspiraban para acabar con Nueva Inglaterra. En aquel año de 1659, aún faltaban tres siglos para que el asesinato de John Fitzgerald Kennedy en Dallas diese lugar al mayor volumen de teorías conspirativas conocido hasta la fecha, pero la semilla ya estaba plantada. No se trata de un enfoque completamente innovador (muchas visiones históricas vinculan el caso de Salem a una expresión del terror causado por la amenaza india), pero nunca antes se habían abordado las conspiraciones como manifestación cultural.

Las autoridades americanas han sido, a menudo, paranoicasWalker distingue los cinco tipos de teoría de la conspiración que, según él, han definido la historia americana: el Enemigo Exterior, el Enemigo Interior, el Enemigo Superior, el Enemigo Inferior y la Conspiración Benevolente. Un ejemplo de este último grupo serían aquellas que dicen que estamos protegidos por unos alienígenas amistosos que vigilan al ser humano, o por organizaciones secretas (como la masonería) que tienen el fin de ayudar de manera invisible al ser humano. Ejemplo del Enemigo Inferior serían esas minorías étnicas y culturales (judíos, negros, inmigrantes) que son percibidos como una amenaza para la América superior, y el Club Bilderberg sería una manifestación del Enemigo Superior. Como matiza Walker, que una teoría de la conspiración sea cierta no hace que esta sea menos tal.

El que pretenda encontrar en el volumen la explicación a algunas de las teorías más célebres se sentirá decepcionado, pero sí encontrará un análisis antropológico (casi psicoanalítico) de los miedos de la sociedad americana a lo largo de su historia. Aquellos momentos en los que más teorías de la conspiración han surgido son, precisamente, aquellos en los que más amenazada se ha sentido la población: en el enfrentamiento con los indios que tuvo lugar hasta el siglo XIX, durante la Guerra Fría tras la Segunda Guerra Mundial, y después del 11 de septiembre. Por supuesto, también los Gobiernos pueden ser paranoicos (un término que el autor recuerda que mucha veces es sinónimo de “asustado”): como Walker aseguraba en una entrevista con Vice, actuaciones de espionaje como la de la Agencia Nacional de Seguridad descubierta por Edward Snowden son muestra de un pensamiento “paranoide” por parte de las organizaciones que las llevan a cabo.

Todos creen en conspiraciones (aunque no lo digan)

Si el nuevo volumen aporta una importante novedad a los estudios sobre la incidencia de las conspiraciones en nuestras vidas es que, al contrario de lo que han señalado otras fuentes (como el clásico de Richard Hofstadter The Paranoid Style in American Politics), la creencia en este tipo de ideas no es propiedad exclusiva de determinadas clases sociales, razas o minorías, sino que todos los estratos de la sociedad americana las suscriben en un grado u otro. “Las élites educadas también creen en teorías de la conspiración”, explica Walker en el libro. “Cuando digo que cualquier persona es capaz potencialmente de pensar de manera paranoica, me estoy refiriendo a todo el mundo, incluidos tú, yo y los padres fundadores. Es incluso posible ser paranoico de los paranoicos”.

Walker habla de ‘excitación semiótica’ para explicar por qué todos los signos parecen señalar inequívocamente hacia una conspiración¿Por qué estamos tan predispuestos a creer estas ideas que, analizadas a la luz del día, parecen totalmente absurdas? Porque, según Walker, como humanos estamos inclinados a buscar continuamente sentido en el mundo, aun de manera alambicada. Y ello nos conduce a diseñar complicadas teorías que resumen complejas realidades que, y este es un factor importante, gozan de cierta aceptación popular. Estas suposiciones dicen mucho de nuestra percepción del mundo: el conspirador no es jamás nuestro congresista preferido o el empresario que nos ha garantizado un aumento, sino el maligno político del partido contrario o el magnate opresor, imbuidos de características negativas que nosotros mismos les hemos atribuido.

Walker habla de “excitación semiótica” para referirse al procedimiento por el cual todo parece señalar hacia una (equivocada) teoría conspirativa. En el libro cita un ejemplo ocurrido en un pueblecito de Texas pocas semanas después de los ataques terroristas del 11 de septiembre, cuando un artefacto realizado con cables y cinta aislante fue encontrado en un buzón. Las autoridades, alarmadas, llamaron a los artificieros y evacuaron todo el barrio. Finalmente, se dieron cuenta de que el sospechoso objeto no era más que una linterna casera construida para un trabajo por un estudiante de primaria. Como señala Walker, “la forma prevalente de paranoia después del 11 de septiembre era una mentalidad que hacía pensar que un trabajo escolar de un niño de ocho años podía ser parte de la yihad”.

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