No soy media naranja…

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Aunque si fuera fruta sería la naranja entera, quién habrá instaurado esa tontería de la media naranja afectiva, que alguien haga la prueba de partir una naranja en dos y dejarla al aire, lo poco que tarda en secarse, en empezar a arrugarse por las esquinas y convertirse en un fruto muy poco apetecible que, antes o después, acaba en el cubo de la basura –sección orgánicos.

Yo soy una mujer entera se mire por donde se mire. Nací completa, con todos los dedos en manos y pies y el listado de órganos pertinente sin faltar ni uno. Vine a este mundo con la misma capacidad que tantos otros bebés, con un cerebro que se fue desarrollando poquito a poco y un corazón que aprendió a incluir entre sus latidos palabras de amor. Pasé la infancia correteando por aquí y por allá –volviendo loca a mi madre, como está mandado-, aprendiendo las inanes enseñanzas del colegio de monjas y recitando como lorito ríos, reyes y preposiciones.

Mis huesos se estiraron al compás del calendario, los pulmones se ensancharon para respirar mejor, los ojos captaban cada vez más horizonte y mis manos aprendieron a modelar caricias. En mi interior se empezó a preparar el “nido” para futuros “pajarillos” y nadie jamás me dijo que me faltara algo, que estuviera incompleta.

Hasta que un día me di cuenta de que casi todas las mujeres de alrededor, crías como yo, jovencitas como otras y adultas de la edad de mi madre, esgrimían un concepto –como un baldón insoportable- que pronto pasó a formar parte de mi educación. Me refiero al hecho de no estar completas, de estar a falta de algo como mujeres… un algo que recibía muchos eufemismos como nombre, pero que al final se limitaba a seis puras letras: H O M B R E.

La mujer no estaba completa hasta que encontraba a un hombre. La media naranja de las narices. Ya podías estudiar tres carreras o ser la mejor en tu trabajo que todo el mundo buscaría a tu lado para ver a quien llevabas del brazo. Un novio, un marido, el padre de tus hijos.

Ellos, los hombres, no solían decir que buscaban a su “media naranja”, sino que se limitaban –en gran medida- a definirnos simplemente como “la contraria”. Hay que fastidiarse.

Pues yo no he sido nunca la media naranja de nadie –hombre o mujer- porque me “siento” como un ser humano COMPLETO desde siempre; no hay un vacío en mi interior que deba ser llenado por otra persona para hacerme creer que la necesito para poder caminar por la vida pisando fuerte y segura.

Aunque tenga pareja afectiva justo al lado, ahí es donde tiene que estar: al lado. Al alcance de mi mano, de mi corazón y de mi deseo, pero no metida “dentro” de mí, formando esa indisolubilidad ficticia de “dos que son uno” –hasta que el desamor les separe. Dos son dos, si quieres lo dejamos en “uno más uno”, pero ya estamos poniéndole puertas al campo…

Uno es lo que uno siente que es, indistintamente de las etiquetas que se empeñen los demás en colgarnos del cuello. Cuando me casé por primera vez, allá por el año 1976, alguien me dijo: “Ya eres la Señora de xxxxx” y casi me muero del susto (o de la rabia). Afortunadamente mi compañero de Libro de Familia no se sintió jamás como mi “dueño y señor” sino como un compañero ante la vida y como tal recorrimos un camino libremente elegido durante bastantes años.

¿Por qué nunca he necesitado tener a una pareja al lado para sentirme completa? O reformulo la pregunta: ¿Por qué se empeñaron en hacerme creer que nunca estaría completa sin alguien a mi lado, a ser posible un hombre?

Con ese legado educacional y con ese sambenito social hemos salido adelante las mujeres de mi generación. Intentando demostrar al mundo –después de haberlo comprendido nosotras mismas- que somos enteras, completas, únicas y felices…aunque no seamos la mitad de ninguna naranja.

En fin.

Visto en:http://blogs.diariovasco.com